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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 18 de diciembre de 1983
1. En este último domingo de Adviento,
que nos prepara inmediatamente a la Santa Navidad, ¿qué inspiración mejor
podemos encontrar para nuestros sentimientos, que la de hacer nuestro lo que
experimentaba el corazón mismo de la Virgen María, mientras esperaba el
nacimiento del Señor? (cf. Aperite portas Redemptori, 6 enero de 1983, n.
9).
En la espera de esta Virgen "bendita
entre las mujeres" (Lc 1, 42), se resume toda la esperanza del Pueblo de
Dios, puesta en las promesas que el mismo Dios había hecho a sus Patriarcas, y,
a través del pueblo de Israel, se recoge la esperanza de toda la humanidad.
Tratemos nosotros también de hacer
nuestra esta conciencia de fe de María, tan profundamente insertada en la
historia de su pueblo y de toda la humanidad, de tal modo que podamos captar el
sentido esencial de su camino durante los siglos y milenios, como camino fundado
en la esperanza de una salvación que viene de Dios.
2. María es bienaventurada porque creyó
en el cumplimiento de las palabras del Señor (cf. Lc 1, 45), sabiendo que
Dios no defrauda en sus promesas. Es "bienaventurada" y, al mismo tiempo,
"bendita" de Dios. Los dos términos no se pueden disociar, y el primero es
efecto del segundo. La palabra de bendición, proferida por Dios, es siempre
manantial de vida y, por lo tanto, de bienaventuranza. Para la Escritura, la
bienaventuranza está en engendrar y comunicar la vida, física o espiritual Por
esto, el que es "bendito" por Dios, es "bienaventurado".
La espera de María es la espera de
engendrar la vida, pero una vida por la que Ella misma es, a la vez, salvada y
hecha bienaventurada, porque esa Vida es el mismo Hijo de Dios.
María, antes y más que todo otro
creyente, es portadora de la bendición de Dios, que se realizó en Cristo; y
antes y más que todo otro creyente es bendita en Cristo Jesús. A Ella se
acomodan de manera privilegiada y única las palabras de la Carta a los Efesios,
donde se dice que Dios "nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase
de bienes espirituales y celestiales" (1, 3)
Uniéndonos a la espera de María,
también nosotros participaremos de esta bendición divina que, viniendo del
Padre, se nos concede por Jesús que nos ha sido dado por María.
© Copyright 1983 - Libreria Editrice
Vaticana
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