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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 8 de enero de 1984
1. Este domingo, al que se ha
trasladado, en muchos países, la solemnidad de la Epifanía del Señor, la
Iglesia, mientras celebra la manifestación luminosa del Salvador a las gentes y
la vocación universal a la salvación, contempla también a la Virgen Madre que
ofrece el Hijo a la adoración de los Magos. Efectivamente, a la Epifanía, desde
la antigüedad, se la considera un momento significativo de la Encarnación del
Salvador y, por lo mismo, también de la divina Maternidad de María. Pero, en el
acontecimiento que nos relata San Mateo (Mt 2, 11), María cuando presenta
el Hijo a los Magos, no realiza sólo un gesto suyo personal de Madre, sino que
es también figura de la Iglesia, la cual, en calidad de madre de todas las
gentes, en la persona de María, da comienzo a su obra de evangelización. Este
significado personal y eclesial de la Maternidad virginal de María en la
solemnidad de hoy, nos impulsa a meditar una vez más sobre la Virgen-Madre, para
profundizar en el valor eclesial de este misterio.
Efectivamente, María es prototipo de la
Iglesia en la Maternidad virginal, misterio esencial que la une a la Iglesia en
una común vocación y misión. Cristo, como dice el Concilio Vaticano II, nació de
la Virgen María por obra del Espíritu Santo, a fin de poder seguir naciendo y
creciendo siempre, de algún modo, en la Iglesia por obra del Espíritu Santo.
Ambas, María y la Iglesia, son templos
vivientes, santuarios e instrumentos por medio de los cuales se manifiesta el
Espíritu Santo. Engendran de manera virginal al mismo Salvador: María lleva la
vida en su seno y la engendra virginalmente; la Iglesia da la vida en el agua
bautismal y en el anuncio de la fe, engendrándola en el corazón de los fieles.
2. En el misterio de la Iglesia, que
justamente es llamada, a su vez, Madre-Virgen, la bienaventurada Virgen María
da, la primera y de modo eminente, el ejemplo de la virgen y de la madre. En
esta íntima relación tipológica, la Maternidad de María recibe luz y significado
de la maternidad de la Iglesia, de la que es miembro y figura, y la maternidad
de la Iglesia recibe luz y nace realmente de la Maternidad de María, en la que
se siente ya toda ella perfectamente realizada. Como María, también la Iglesia
es virgen y, al engendrar a los hijos de Dios, conserva íntegramente la fe, la
esperanza y la caridad.
La maternidad virginal, que María y la
Iglesia tienen en común, hace de Ellas una unidad indivisible e indisoluble,
como en un único sacramento de salvación para todos los hombres.
Alegrémonos, pues, hermanos y hermanas,
en este día tan significativo para nuestra salvación, en el que el Salvador, su
Iglesia y María se nos presentan íntimamente unidos
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1984 - Libreria
Editrice Vaticana
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