 |
JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 28 de septiembre de 1986
1. En el camino de preparación a la
Jornada ecuménica e interreligiosa de Oración en Asís, ya cercana, quisiera
detenerme con vosotros durante esta breve meditación antes del Ángelus
dominical, para reflexionar un momento en el compromiso de las Iglesias y de las
religiones por la paz.
Somos bien conscientes del hecho que
"la guerra puede ser decidida por pocos, la paz supone el empeño solidario de
todos" (Homilía del 25 de enero de 1986, en San Pablo Extramuros:
L'Osservatore Romano, Edición en lengua española, 2 de febrero de 1986, pág.
11). La acción paciente y tenaz para la construcción de la paz es, por lo tanto,
obra de todos: hombres de Estado y de Gobierno, parlamentarios, diplomáticos,
Organismos internacionales públicos y grupos de todo género. Pero también a
hombres y mujeres de la calle, personas privadas, sobre las cuales normalmente
caería del modo más grave el enorme peso de la guerra; y también los jóvenes,
que tan ardientemente aspiran al entendimiento recíproco y a la fraternidad.
Pero el compromiso por la paz debe ser
obra sobre todo de los creyentes. He aquí porqué las Iglesias cristianas y las
grandes religiones del mundo consideran el trabajo por la paz como una de sus
tareas específicas. Para los creyentes en Dios, después, en un Dios "que ama
la vida" (Sab 11, 26), la mutua aceptación en el respeto recíproco y en
la solidaridad es una de las más lógicas consecuencias de su servicio a Dios y a
los hombres. La conciencia de la dimensión ultraterrena de los aconteceres
humanos no deja indiferentes ante los problemas que se plantean sobre la tierra.
La palabra de Cristo es clara a este propósito. Al proclamar las
bienaventuranzas, Él enumera también a "los pacíficos -obviamente aquí en la
tierra-, porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mt 5, 9).
2. Como "hijos de Dios" y para serlo
cada vez más realmente, nosotros hombres y mujeres de fe, queremos por lo tanto
comprometernos en favor de la paz.
Y esto, lo queremos hacer juntos.
Sí, nuestras diferencias son muchas y profundas. Y en el pasado han sido con
frecuencia causa de dolorosos enfrentamientos.
Ahora el Señor nos hace comprender
mejor que, más allá de nuestras verdades y divergencias, está el hombre, está la
mujer, están los niños de este mundo, a los que todos queremos dar lo mejor que
tenemos, nuestra fe que puede transformar el mundo. La fe común en Dios tiene un
valor fundamental. Ella, al hacernos reconocer que todas las personas son creaturas de Dios, nos hace descubrir la hermandad universal.
Por este motivo queremos iniciar un
camino común con nuestro encuentro en Asís. La acción política, diplomática,
técnica, no es misión nuestra, no cae en nuestra competencia. Lo nuestro es
sobre todo la oración, es la invocación del nombre de Dios, es la súplica
humilde y ferviente que transforma los corazones.
Y estamos seguros de que el estar juntos para orar, no dejará de tener, por don
de Dios, un verdadero y hondo influjo sobre el drama presente de la humanidad,
la cual aspira profundamente a la paz.
Después del Ángelus
Dirijo mi mas cordial saludo al grupo de familias de Arenys de Mar de España,
que han participado con nosotros en estas plegaria dedicada a la Madre del
Salvador. Como recuerdo de esta peregrinación al sepulcro de San Pedro, os
aliento a seguir viviendo con ilusionada generosidad la plena dimensión del amor
cristiano, tan necesario al hombre y a la sociedad actual.
Con esta esperanza, os imparto la Bendición Apostólica, que extiendo complacido
a las demás personas de lengua española presentes en este Encuentro.
© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana
|