JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo
15 de febrero de
1987
1. La aplicación concreta de las
directrices del Concilio sobre el laicado católico ―como subrayé el domingo
pasado― ha hecho más incisiva la presencia eclesial en nuestro tiempo. Manifesté
entonces los aspectos positivos y estimulantes del fenómeno.
Hoy quisiera, sin embargo, indicar las
sombras, que no han faltado junto a las luces.
Un examen objetivo de la situación en
su conjunto atestigua que las dificultades mayores y ciertas polarizaciones,
referentes tanto a la doctrina como a la aplicación de los documentos
conciliares, han derivado de visiones parciales, de interpretaciones
fragmentarias y equivocas, muchas veces contrarias al espíritu del Concilio y al
margen de las precisiones que el Magisterio eclesial ha ido ofreciendo
puntualmente.
2. La consecuencia ha sido que, junto a
intuiciones y propuestas interesantes y válidas, han surgido también
interpretaciones discutibles, que han creado confusión sobre la naturaleza
auténtica de la vocación laical.
Se han acentuado algunos aspectos en
perjuicio de otros: esto ha engendrado extremismos de signo opuesto, bien
situando la función laical exclusivamente dentro de las estructuras jerárquicas,
bien desvinculando el compromiso cultural y social del laico de la fe religiosa,
de forma que ha quedado así herida la vitalidad de todo el organismo de la
Iglesia.
Pero hay que reconocer que en ello ha
influido también la novedad misma de la orientación pastoral surgida del
Concilio. El impacto con fórmulas de larga tradición no ha estado exento de
complicaciones. Se ha hablado a veces incluso de "crisis de identidad".
Repercusiones especialmente agudas se
han manifestado en el modo de concebir la relación de la Iglesia con el mundo,
con dolorosas concesiones a ese espíritu del mundo sobre el que pesa la condena
del Señor, que Pablo ha traducido en la severa advertencia: "No os ajustéis a
este mundo" (Rom 12, 2).
3. Sin embargo, los fermentos positivos
prevalecen ampliamente sobre los impulsos negativos. La Asamblea sinodal, que se
reunirá en octubre, constituirá un "lugar" particularmente cualificado para
examina la situación tal como se ha ido desarrollando. A la luz del Concilio, y
teniendo pues las exigencias sucesivas, los obispos podrán hacer una valoración
global de la cuestión, tomando en cuenta las realizaciones verdaderamente
acertadas, pero sin cerrar los ojos ante las situaciones ambiguas o erradas,
buscando así la respuesta justa a los distintos problemas e intentando estimular
al mundo católico en una renovada fecundidad. También en esa perspectiva la
próxima celebración sinodal adquiere un valor de gran actualidad.
Que María Santísima, a la que invocamos
con el dulce título de "Auxilio de los cristianos", os sostenga en esta urgente
tarea.
© Copyright 1987 - Libreria Editrice Vaticana
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