JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 25 de marzo de 1990
¡Queridísimos hermanos y hermanas!
1. Hoy estamos invitados a
alegrarnos, como en otro tiempo María en el momento de la Anunciación. Ella
fue la primera a la que el ángel dirigió la invitación: Kàire, "Alégrate"
(Lc 1, 28) y María pudo experimentar todo el gozo que se le ofrecía
porque supo cooperar plenamente con Dios, realizando a la perfección la misión
que se le confiaba.
Al dar gracias a María por haber sido
cooperadora perfecta de Dios, le pedimos que nos ayude también a nosotros
a seguir este camino. Y puesto que se acerca la fecha del Sínodo sobre la
formación sacerdotal, invoquémosla a fin de que, gracias también a este
evento eclesial, los que están llamados al sacerdocio sean formados en la
comprometedora tarea de colaboradores de Dios. Efectivamente, el sacerdote está
llamado a vivir de modo particularmente intenso esta cooperación.
2. San Pablo era consciente de esto
cuando escribía: "Somos colaboradores de Dios" (1 Co 3, 9).
Subrayaba el deber de fidelidad que derivaba de ello. Se consideraba como
administrador de la obra divina, un administrador que debía dirigir esta
obra según las intenciones de Dios con total docilidad, pero que se empeñaba
también personalmente en ella, uniendo su acción a la acción divina. En
la cooperación él utilizaba todos los recursos y todas las cualidades de que
disponía.
Cristo quiso para su Iglesia
cooperadores con la responsabilidad de pastores, colaboradores que empleen
todas sus fuerzas en el servicio al Reino que Él fundó en la tierra. No quiso
hacer de estos pastores simples instrumentos de su soberanía; deseó que
ellos ofreciesen una auténtica cooperación, ejercitando sus facultades de
inteligencia y de voluntad, su ingenio, todas sus capacidades de trabajo, su
creatividad. Con la gracia de la ordenación, el sacerdote es elevado a la
altura de esta cooperación con Dios.
3. Por tanto, es necesario que el
futuro sacerdote sea formado en todas las disposiciones más íntimas requeridas
para esta cooperación, debe habituarse a una docilidad y a una
fidelidad sin reservas a las inspiraciones divinas; debe cultivar en sí
mismo el deseo de empeñar en el servicio de Cristo todo su ser. Y, más
particularmente, debe ser formado a aceptar los sacrificios y las renuncias
que comporta la cooperación generosa en los proyectos divinos.
La actitud de María en el momento de la
Anunciación nos recuerda la importancia de la cooperación con Dios, ya que de su
asentimiento responsable dependió la venida del Salvador a la tierra. Incluso el
futuro de la Iglesia en el mundo está vinculado, en gran parte, a la generosidad
de la cooperación sacerdotal.
¡Qué nuestra plegaria a María obtenga
para la Iglesia muchos colaboradores de Dios!
* * * *
Palabras del Santo Padre sobre la cuestión lituana
En la cripta de la basílica de San
Pedro se halla la capilla lituana, un signo del vínculo plurisecular de la
Iglesia y de la nación lituana con la Sede Apostólica.
En el año 1987 dimos gracias a la
Santísima Trinidad por los seiscientos años del bautismo de Lituania, y tres
años antes encomendamos este país a la protección de san Casimiro, patrono de
Lituania, con ocasión del 500 aniversario de su muerte, acaecida en el año 1484:
ambos aniversarios (centenarios) congregaron ante el altar de la basílica de San
Pedro a los representantes de los Episcopados de toda Europa.
No me fue posible entonces participar
en esas celebraciones en tierra lituana.
Hoy Lituania ocupa el centro de interés
de Europa y del mundo. En nombre de ese vínculo plurisecular, rogamos a la
Divina Providencia para que la cuestión lituana halle una justa y pacífica
solución mediante un diálogo sincero y en el marco del ordenamiento
internacional.
Que Dios dé luz y fuerza a todos
aquellos de los que depende esta solución.
* * * *
Llamamiento en favor de la población de Eritrea
Todos conocen la dramática situación en
que se encuentra desde hace años Eritrea, atormentada por la guerra, el hambre y
las enfermedades.
Ya en el discurso que dirigí el 13 de
enero pasado al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Sede Apostólica, atraía la
atención de la comunidad internacional sobre las penosas condiciones en que se
encuentran aquellas poblaciones, tan cercanas al corazón del Papa.
Ahora, al agravarse la situación, sobre
todo en la ciudad de Asmara, siento el imperioso deber de lanzar un llamamiento
a todos los responsables de la vida pública en ese territorio, a fin de que
permitan el envío de los socorros a esos hermanos nuestros, ya tan probados por
enormes sufrimientos.
Invito, asimismo, a todos los presentes
a rogar a María, Reina de la Paz, para que terminen pronto las luchas
fratricidas que ensangrientan aquellas regiones y Eritrea pueda encontrar el
camino de la reconciliación y de la concordia.
© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana
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