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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 21 de octubre de 1990

 

Queridísimos hermanos y hermanas:

1. Hoy la Iglesia celebra el Domingo mundial de las Misiones. Todas las comunidades cristianas, animadas por sus pastores, consagran este domingo a reflexionar, rezar y ofrecer su aportación a las misiones y los misioneros del mundo.

La actividad misionera trata de llevar hasta los últimos confines de la tierra el feliz anuncio de la salvación, que la Iglesia comenzó a divulgar el mismo día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre María y los Apóstoles reunidos en el Cenáculo. Al evangelizar a los pueblos, la Iglesia pone en práctica su propia vocación, puesto que existe para evangelizar (cf. Evangelii nuntiandi, 14).

Fruto del empeño misionero es el nacimiento, la formación de una humanidad nueva fundada en la civilización del amor: en efecto, el Evangelio es fermento de fraternidad, unidad y paz.

2. Todos los fieles, incorporados y asimilados a Cristo mediante el bautismo, la confirmación y la Eucaristía, tienen la obligación ineludible de cooperar en la misión evangelizadora de la Iglesia (cf. Ad gentes, 37). Por esta razón, el Domingo mundial de las Misiones constituye una cita comprometedora para la conciencia y la caridad de la Iglesia universal.

Necesidades urgentes y extremas llaman a la conciencia y al corazón de aquellos que, habiendo recibido el don de la fe en Cristo, deben ser sus testigos y mensajeros creíbles ante todo con su caridad. Como pastor de la Iglesia católica siento el deber de recordar a todos los fieles, y a todos los hombres de buena voluntad, que no deberá faltar la generosidad de su ayuda a los pobres del mundo y a los misioneros que están comprometidos en su promoción humana y en el anuncio del misterio de Cristo, Redentor de todos los hombres.

3. Hoy nos sentimos especialmente cercanos a los misioneros en el afecto y la oración. Ellos, dóciles a la llamada del Espíritu que los ha elegido y consagrado para anunciar el Evangelio a los que están lejos, prestan su valiente e incansable servicio en la vanguardia de la misión.

A ellos les manifiesto el agradecimiento y la afectuosa comunión de toda la Iglesia. Lo hago, en este Domingo mundial de las Misiones, unido de modo especial a los obispos presentes en Roma para el Sínodo sobre la formación de los sacerdotes. Estoy seguro de que, también de este sínodo, el Espíritu Santo, que es Espíritu de la misión sabrá suscitar un nuevo ímpetu misionero, capaz de renovar la formación y la actividad pastoral de los sacerdotes del mundo entero.

4. ¡Queridos misioneros y misioneras! No estáis solos en vuestra importante y difícil tarea de anunciar y llevar la luz y la gracia del Evangelio a los que no la han recibido aún. Os acompaña el Espíritu del Señor resucitado porque Él es el agente principal de la evangelización. Están con vosotros todas las comunidades cristianas, que os sostienen con su oración, sacrificio y caridad. Los jóvenes os miran con admiración, y de vuestro ejemplo sacan el estímulo para responder a la llamada del Señor consagrando su vida al servicio de Cristo y de los hermanos.

También está con vosotros María, Madre del Señor y la Madre de todas las personas, que os acompaña y protege en vuestro ministerio. A ella nos dirigimos ahora con la oración del Ángelus, y con fervor la invocamos para que sea siempre vuestra consoladora.

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

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