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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 1 de marzo de 1992
Queridos hermanos y hermanas:
1. El itinerario espiritual que estamos recorriendo, con
ocasión del V Centenario del descubrimiento y evangelización de América, nos
lleva hoy a la basílica-santuario nacional de la Inmaculada Concepción,
en Washington, capital de los Estados Unidos de América.
Solemnemente dedicado en 1959, este templo representa un
testimonio vivo del lugar relevante que la devoción mariana ocupa en la
tradición religiosa de los católicos norteamericanos. Efectivamente, el amor a
la Madre de Dios es un componente singular de la herencia espiritual
legada a ese noble e inmenso país por los evangelizadores y por los emigrantes
católicos que allí llegaron procedentes de diversas partes del mundo.
En 1792, hace precisamente dos siglos, el primer obispo católico,
mons. John Carroll, puso a la joven nación bajo la protección de la Santísima
Virgen. El Papa Pío IX, el año 1846, acogiendo la petición de los obispos
americanos reunidos en el VI Concilio provincial de Baltimore, proclamó a la
Inmaculada Concepción patrona de los Estados Unidos de América.
2. A los pies de la Virgen Inmaculada, en el espléndido
templo de majestuosas líneas arquitectónicas, abierto al culto en 1926, afluyen
constantemente peregrinos de los Estados Unidos y de todo el continente.
Particularmente, a la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe acuden
frecuentemente fieles de origen latinoamericano, que tan numerosos son en
los Estados Unidos y que constituyen objeto de especial atención pastoral por
parte de la Iglesia.
Como dije cuando tuve el gozo de visitar la basílica, el 7 de
octubre de 1979, «este santuario nos habla con la vez de toda América, con la
voz de todos los hijos e hijas de América, que llegaron aquí de diferentes
países del viejo mundo», para «unirse en torno al corazón de una Madre común».
3. Con ocasión de las celebraciones jubilares, también los
pastores de los Estados Unidos, uniendo su voz a la del Episcopado
latinoamericano, han invitado al pueblo cristiano a hacer que 1992 «sea un año
de nuevo compromiso para vivir y compartir, en el ámbito privado y público, el
Evangelio de Jesucristo». En su carta pastoral, que lleva el
significativo título de «Herencia y esperanza», los obispos afirman que es muy
importante tener presente «el papel crucial que la evangelización ha jugado en
la formación de la civilización actual de nuestro continente», de forma que, «al
reflexionar sobre el pasado, podamos enfrentar, con una conciencia renovada, los
retos de nuestro tiempo».
«Como Iglesia —recuerdan los obispos— somos una presencia
permanente del Evangelio de Cristo», todos llamados a trabajar «con renovado
afán por la evangelización, la justicia y la paz, así como también para dar
respuesta a las necesidades de los pobres».
En vísperas de la Cuaresma, pidamos a María Inmaculada que interceda
para que la presencia evangelizadora de la Iglesia sea cada vez más
influyente en todo el continente americano.
* *
Después del Ángelus
Saludo ahora muy cordialmente a los miembros de las Comunidades
Neocatecumenales de Murcia y Cartagena (España), que hacen su profesión de fe
ante la tumba del Apóstol San Pedro para ser corroborados en su catolicidad y
dar nuevo impulso a su dinamismo apostólico.
A todos encomiendo al cuidado materno de la Santísima Virgen, a cuyo santuario
de Loreto estáis peregrinando, y os imparto de corazón una especial Bendición
Apostólica, que extiendo complacido a vuestras familias y demás miembros del
camino neocatecumenal.
© Copyright 1992 - Libreria
Editrice Vaticana |