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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 28 de febrero de 1993

 


Queridísimos hermanos y hermanas:

1. Ha comenzado la Cuaresma. En este tiempo de penitencia la Iglesia nos invita a cruzar el desierto, como el antiguo pueblo de la alianza, que llevó a cabo su éxodo de la esclavitud de Egipto hacia la libertad de la tierra prometida. Se trata de la prefiguración de un éxodo mucho más profundo y definitivo, de una alianza nueva y eterna realizada en el misterio pascual.

La pedagogía eclesial nos sugiere para ese itinerario de salvación tres compromisos: la oración, el ayuno y la caridad, realidades íntimamente relacionadas entre sí. Con la oración nos ponemos a la escucha de Dios y cultivamos nuestra amistad con él. Con el ayuno nos apartamos de las tentaciones y, a veces, de la esclavitud de la abundancia, para liberar nuestro corazón. Con la caridad nos hacemos prójimos de cuantos están necesitados, convirtiéndonos para ellos en testigos vivos de la ternura de Dios. Con esta disposición interior, sostenidos por la fuerza de la palabra del Señor, podemos emprender sin demora el camino cuaresmal «para vencer las seducciones del maligno y llegar a la Pascua en la alegría del Espíritu» (de la liturgia de hoy).

2. Hoy, primer domingo de Cuaresma, comienza en las diócesis de España y América Latina un jubileo especial, que he concedido con el breve pontificio Fidelis sui divini Conditoris, para poner de relieve el inestimable don que representó para el nuevo mundo la llegada del mensaje de Jesucristo el año 1493, cuando los primeros misioneros, provenientes de España, comenzaron a predicar el Evangelio en aquellas tierras benditas que luego se llamarían América. Como recuerdo de este providencial acontecimiento en todas las catedrales españolas e iberoamericanas, así como en algunos santuarios determinados por los obispos, los fieles podrán lucrar la indulgencia plenaria, en la forma acostumbrada.

El jubileo durará hasta la próxima solemnidad de Pentecostés y tiene como finalidad dar gracias al Señor por el don de la fe recibida y promover la nueva evangelización, compromiso prioritario de todas las comunidades eclesiales en la perspectiva del tercer milenio del cristianismo.

Deseo ardientemente que estos meses, dedicados a celebrar y a vivir más profundamente el misterio de la redención, constituyan una particular oportunidad de conversión y de gracia para cada uno de los creyentes, llamado a adherirse con mayor ardor a Cristo, para ser decidido y perseverante evangelizador entre sus hermanos.

3. Queridos hermanos y hermanas: Esta tarde, como todos los años empezare loa ejercicios espirituales con mis colaboradores de la Curia romana, interrumpiendo durante algunos días las actividades ordinarias de mi ministerio. Os pido que me acompañéis con vuestra oración, y ojalá encontréis también vosotros, en el clima penitencial de la Cuaresma, algún momento de silencio regenerador, para prepararos mejor a la celebración de la Pascua. Encomendamos todo esto a la intercesión de María, en cuyo corazón la semilla de la palabra de Dios no cayó nunca en vano.

María, mujer de la escucha y santuario de la presencia divina, ruega por nosotros.


© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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