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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 24 de octubre de 1993

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. La Jornada mundial de las misiones, que celebramos hoy, nos invita a dirigir nuestra atención a la multitud de hombres y mujeres a quienes no ha llegado aún el anuncio del Evangelio. A ellos, en particular, mira hoy la Iglesia, sintiéndose más apremiada que nunca por el mandato de Cristo: «Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación» (Mc 16, 15). ¡Cuántos misioneros, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos gastan su vida al servicio de la evangelización! Hoy nos sentimos muy cerca de cada uno de ellos.

En realidad, la tarea misionera universal no corresponde sólo a estos miembros elegidos de la Iglesia, sino también a todos los bautizados, a cada uno según su vocación peculiar. «Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos» (Redemptoris missio, 3).

En nuestros tiempos, además, resulta necesaria una nueva evangelización también para los pueblos de antigua tradición cristiana, atravesados por corrientes de secularismo y relativismo religioso, que amenazan las raíces mismas de la fe. Por consiguiente, la responsabilidad misionera de los hijos de la Iglesia es grande e implica no sólo el deber de anunciar el evangelio en el propio ambiente de vida, sino también la ayuda generosa a cuantos trabajan en las fronteras de la evangelización y por ello tienen derecho a sentirse apoyados por sus hermanos de fe mediante la oración, el sacrificio y la participación de sus recursos espirituales y materiales.

2. Una mayor conciencia misionera impone a los discípulos de Cristo, ante todo, el deber de la coherencia y del testimonio. Como recordé en la encíclica Veritatis splendor, la nueva evangelización «difunde toda su fuerza misionera cuando se realiza a través del don no sólo de la palabra anunciada sino también de la palabra vivida» (n. 107).

Se es misionero con la vida, antes que con las palabras. Así lo demuestra la experiencia: «Es la vida de santidad, que resplandece en tantos miembros del pueblo de Dios frecuentemente humildes y escondidos a los ojos de los hombres, la que constituye el camino más simple y fascinante en el que se nos concede percibir inmediatamente la belleza de la verdad, la fuerza liberadora del amor de Dios, el valor de la fidelidad incondicional a todas las exigencias de la ley del Señor, incluso en las circunstancias más difíciles» (ib.).

3. Contemplemos con confianza a María, Estrella de la evangelización, que, entregando al mundo al Salvador, fue la primera misionera y es modelo de la misión de todo el pueblo cristiano. Que Ella sostenga con su maternal intercesión a los misioneros y misioneras, especialmente a los que trabajan en condiciones difíciles, lejos de su patria, y suscite en todos los cristianos, en las familias y en las comunidades eclesiales, el propósito de renovar su esfuerzo generoso para anunciar a Cristo a los hombres de nuestro tiempo.

* * *

Después del Ángelus

Saludo con todo afecto a los integrantes de las Comunidades Neocatecumenales procedentes de Valencia (España) y de Latina (Italia), presentes en Roma para hacer su profesión de fe ante la tumba del Apóstol san Pedro.

Os encomiendo a la maternal protección de la Santísima Virgen y de corazón imparto a vosotros y  vuestras familias la bendición apostólica.


© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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