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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 5 de diciembre de 1993

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. «Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas» (Mc 1, 3).

Esta invitación del Bautista, que nos propone la liturgia de hoy, se halla vinculada al anuncio gozoso del Dios que viene. El Precursor inaugura el momento culminante de la historia de la salvación. Dios, «que muchas veces y de muchos modos había hablado en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas» (cf. Hb 1, 1), está ahora a punto de pronunciar su palabra definitiva por medio de su Hijo. Él viene a vivir entre nosotros para «bautizarnos» en su Espíritu (cf. Mc 1, 8), para hacer de cada uno de nosotros su casa: «Si alguno me ama —nos dice Jesús—, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23).

La conversión, que el Bautista nos pide, como lo pidió a los judíos de su tiempo a la orilla del Jordán, va encaminada a ese encuentro.

2. La invitación a la conversión nos afecta personalmente en nuestros comportamientos privados y públicos. También aquí hay caminos por preparar, sendas por enderezar. Y la urgencia es hoy mayor que nunca.

Con todo, en la perspectiva inminente del Año de la familia quisiera indicaros en particular la institución familiar como una especial senda del Señor.

Hace diez años, en noviembre de 1983 la Iglesia propuso al mundo una Carta de los derechos de la familia, que sigue siendo hoy plenamente válida y actual.

Por desgracia también la familia se ve cada vez más minada por la crisis moral que afecta a toda la sociedad. Pero ¿qué quedaría, si se derrumbara también este dique, tras la pérdida de tantos valores fundamentales de la existencia? Se corre el peligro de tomar conciencia demasiado tarde, tal vez cuando se tenga que hacer frente al sobresalto producido por comportamientos absurdos, que ven implicados en ocasiones a los más jóvenes.

Urge, pues, redescubrir las sendas de Dios y en particular el camino de Dios en la familia, para aceptar su plan, que hace de ella la célula de la sociedad, la primera e insustituible comunidad de amor.

3. Pidamos a María que sostenga, con su intercesión, nuestros propósitos de conversión.

En su corazón de madre, la venida del Señor no encontró obstáculo alguno. Al contrario, su vida fue la senda privilegiada que Dios escogió para venir a morar entre nosotros.

La Virgen santa bendiga nuestras familias, y nos ayude a enderezar los caminos de nuestro corazón, en la espera sincera y activa del Dios que viene.

* * *

Después del Ángelus

Mi saludo afectuoso a los organizadores, colaboradores y voluntarios del Congreso Eucarístico Internacional de Sevilla —que tuve el gozo de presidir el pasado mes de julio—
los cuales han querido testimoniar su gratitud al Sucesor de Pedro con esta peregrinación a Roma.

En esta hora del Ángelus, me postro espiritualmente ante la Virgen de los Reyes, vuestra Patrona, e imploro su maternal protección sobre todos vosotros y vuestras familias en España.

Saludo ahora muy cordialmente a los integrantes de las Comunidades Neocatecumenales procedentes de Madrid y Valencia, España, presentes en Roma para hacer su profesión de fe ante la tumba del Apóstol san Pedro.

Os encomiendo a la maternal protección de la Santísima Virgen, a cuyo santuario de Loreto os dirigís, mientras os imparto complacido la bendición apostólica.

 

© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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