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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María
Miércoles 8  de diciembre de 1993

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. Tota pulchra es Maria! ¡Toda hermosa eres María!

La fiesta de la Inmaculada Concepción nos invita a contemplar el esplendor de Dios, reflejado en el rostro de la santísima Virgen, la nueva Eva, la Madre del Redentor.

En ella se realiza plenamente el plan de Dios, tal como lo describe el apóstol Pablo: «Nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (Ef 1, 4-5).

El proyecto eterno fue alterado por la culpa original, pero «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5, 20). En el misterio pascual se nos ofrece de nuevo la amistad de Dios, y el hombre que acoge a Cristo puede llegar a ser, en Él y a través de Él, «hijo de Dios» (cf. Jn 1, 12).

Ése es, amadísimos hermanos y hermanas, el horizonte en que se coloca la solemnidad de hoy. María se encuentra en el centro de este misterio como la primera de los salvados y la Iglesia la venera como Inmaculada, es decir, absolutamente exenta de cualquier mancha de pecado, porque la redención manifiesta en ella una fuerza salvífica proveniente y permanente. La Virgen, llamada a ser el seno del Redentor, fue como plasmada por el fruto divino de su seno en virtud de esa fuerza salvífica que, en la previsión de Dios, brotó con anticipación del sacrificio de Cristo. Así, es Madre del Redentor y primicia de los redimidos.

2. Os saludo con especial alegría, queridos peregrinos que habéis venido de todos los rincones del mundo en esta fiesta de nuestra Madre celestial.

Contemplar la Inmaculada significa embriagarnos de luz. Y en nuestro tiempo, marcado por tantas dificultades y problemas, tenemos mucha más necesidad de su luz.

La Inmaculada es anuncio de un Dios misericordioso, que no se rinde ante el pecado de sus hijos; es el modelo que mira la Iglesia para convertirse cada vez más en comunidad de santos; es «signo de esperanza cierta y de consuelo» (Lumen gentium, 68) para el pueblo de Dios y para toda la humanidad, a la que ella acompaña con ternura de Madre.

3. Virgen santa, acepta nuestros sentimientos filiales. Estamos aquí, delante de ti, con nuestras penas y nuestros buenos propósitos.

Mira a todas las naciones del mundo, en especial a las que se hallan devastadas por la guerra, e inspira en nuestra atormentada familia humana pensamientos y sentimientos de paz. Mira a los jóvenes, y sostén su esperanza, impulsándolos a trabajar en la construcción de un mundo mejor. Mira, sobre todo, a las familias, ahora que está a punto de comenzar el Año dedicado a ellas, para que encuentren en el plan de Dios el sentido de su misión. En tu intercesión ponemos toda nuestra confianza, oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.

* * *

Después del Ángelus

Deseo ahora saludar con todo afecto a los peregrinos y visitantes de lengua española aquí presentes y a cuantos se unen espiritualmente al rezo del Ángelus a través de la radio o la televisión.

La fiesta de la Inmaculada Concepción de María se celebra en muchos pueblos y ciudades de España y de América Latina; de modo especial en Nicaragua, que la honra como su Patrona.

Mientras imploro sobre vosotros la maternal protección de Nuestra Señora, os imparto complacido mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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