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JUAN PABLO II

REGINA COELI

Domingo 2 de mayo de 1993


 

Queridos hermanos y hermanas:

1. Hoy se celebra la Jornada mundial de oración por las vocaciones, instituida por mi predecesor Pablo VI durante los primeros meses de su pontificado. Este año ha llegado ya a su trigésima edición.

Se trata esencialmente de una jornada de oración. La comunidad cristiana está invitada este día a reunirse para pedir al Señor el don de las vocaciones y la gracia de una generosa disponibilidad del corazón a la acción divina.

Te lo ha dado todo: Éste tema, elegido para la celebración de hoy, trata de proponer a la reflexión de los creyentes el gran anuncio del amor de Dios, fuente de todo bien y origen de toda misión. De la aceptación de la iniciativa divina gratuita nace en el hombre la exigencia de responder con la mayor generosidad posible al Señor, que nos ha amado por encima de toda medida.

2. En este contexto asume importancia especial otro acontecimiento que interesa directamente a la diócesis de Roma: se trata del don precioso de los veintinueve nuevos presbíteros, que yo mismo he tenido la alegría de ordenar hace poco en la basílica vaticana. Su vida que deberán gastar totalmente por el Evangelio, constituirá una gran riqueza para la comunidad diocesana y redundará en beneficio de todo el pueblo cristiano.

Queridos hermanos y hermanas, mientras formulo mis mejores deseos a estos jóvenes llamados al servicio del altar, os exhorto a dar las gracias, junto conmigo, a sus familias, que los acompañan en este día de alegría, y a pedir al Señor que conceda a la Iglesia de Roma, que en el Sínodo está buscando nuevos y valientes caminos de evangelización, la gracia de una vida auténticamente cristiana y de un testimonio generoso del Evangelio.

3. Que María santísima, a quien está dedicado de modo especial el mes de mayo recién comenzado, acoja y proteja a estos nuevos presbíteros. Ella «la criatura que más ha vivido la plena verdad de la vocación, porque nadie como ella ha respondido con un amor tan grande al amor inmenso de Dios» (Pastores daba vobis, 36), asista y acompañe hoy y siempre a los sacerdotes en su ministerio cotidiano.

Que su poderosa intercesión obtenga del Señor para la Iglesia universal una nueva primavera de vocaciones, que lleve a una mies abundante de frutos espirituales en el pueblo cristiano y favorezca la paz y el progreso de toda la humanidad.

¡María, Madre de la Iglesia y Madre de los sacerdotes, ruega por nosotros!

 

© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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