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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Solemnidad del Corpus Christi
Domingo 5 de junio de 1994

 

1. Mi pensamiento se dirige hoy, como es natural, a Siena, donde después de una semana de encuentros y de ritos litúrgicos, se clausura el Congreso eucarístico nacional, cuyo tema ha sido: De la comunión al servicio. Estaré presente espiritualmente, sobre todo esta tarde, durante la solemne concelebración eucarística.

¡Cuántos momentos de intensa oración y de reflexión ha habido durante esta semana extraordinaria de fe y devoción! Sé que muchas personas han participado en todos ellos, y esto me alegra. Una vez más el Señor nos ha colmado de su misericordia. De Él, pan de vida, tomamos la fuerza para amarnos unos a otros como Él nos ha amado, y para ponernos al servicio los unos de los otros.

Si se vive en profundidad la Eucaristía irradia todo su valor, incluso social, orientándonos hacia el espíritu de solidaridad y de entrega tan necesario para la construcción de la civilización del amor.

Deseo de corazón que los frutos del Congreso eucarístico nacional sean abundantes y duraderos, y pido al Señor que la Iglesia que está en Italia persevere en la gran oración, encaminándose con confianza hacia el ya próximo jubileo del año 2000.

2. La solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor que se celebra hoy en Italia, reviste gran importancia en el año litúrgico y en la piedad popular. En efecto, el misterio eucarístico constituye la fuente y el culmen de la vida de la Iglesia. Al celebrar la Eucaristía, la comunidad cristiana se reencuentra plenamente a sí misma, reencuentro su vocación y su misión, que consiste en ser «en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium, 1).

Con la institución de la Eucaristía, Jesús quiso hacer presente su sacrificio redentor en todos los tiempos y para todas las generaciones. En efecto, la Eucaristía es su «carne» entregada «para la vida del mundo» (Jn 6, 51). Al hacerse nuestro alimento y nuestra bebida, nos asimila a sí, conformándonos con su humanidad santa e insertándonos en el diálogo de su vida trinitaria. Quien se alimenta de Cristo, en cierto modo se transforma en Cristo. Al mismo tiempo la sagrada comunión aparta nuestra existencia del destino de la caducidad, poniendo en nosotros un principio de vida eterna. Cristo mismo nos lo asegura cuando dice: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre» (Jn 6, 51).

3. Sigamos el ejemplo de la Santísima Virgen, cuya vida fue una verdadera existencia eucarística. Se dejó plasmar totalmente por la presencia de su Hijo divino. En efecto, en ella se realizó un intercambio admirable de dones: mientras en su seno el Hijo de Dios tomaba forma humana, ella era plasmada interiormente por su perfección divina, transformándose en primicia y modelo de los salvados. Toda la vida de María fue, en cierto sentido, una procesión del Corpus Christi. Ella es la llena de gracia, el tabernáculo vivo del Verbo encarnado.

Mientras adoramos a Jesús, Señor presente en la Eucaristía, nos dirigimos con agradecimiento filial a María, que fue la puerta real para su entrada en el mundo.

Agradezcamos también a María, Salus populi romani, la procesión eucarística de Corpus Christi del jueves pasado. Agradezcámosle, una vez más, la elección providencial del Congreso eucarístico nacional italiano de Siena.

No debemos olvidar que Siena, mediante santa Catalina, está profundamente unida a la gran tradición dominicana, es decir, a santo Tomás de Aquino y a sus himnos eucarísticos, a su Adoro te devote, latens Deitas. Es un himno que hay que cantar, contemplando a Dios a través de toda la creación, a través de la encarnación del Verbo, a través de nuestra redención mediante la cruz. Hallamos todo esto en el Adoro te devote.

Podemos decir que Catalina de Siena, discípula fiel de santo Tomás expresó eso en sus Diálogos, presentándonos su diálogo con Dios que le dice: Tú eres la que no es; yo soy el que soy. Esas palabras son un eco de las que dijo en una ocasión a Moisés: Yo soy el que soy, y que le dieron la fuerza para liberar a los judíos de la esclavitud en Egipto. Son las mismas palabras que dieron a Jesús la fuerza divina para liberar de la esclavitud del pecado al pueblo de Dios de todos los tiempos.

Estamos unidos íntimamente a Siena también gracias a estos recuerdos históricos y eucarísticos que nos permiten profundizar más nuestra participación en el Congreso eucarístico nacional italiano, que se celebra en esa histórica y hermosa ciudad.

 

© Copyright 1994 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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