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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 19 de junio de 1994
Queridísimos hermanos y hermanas:
1. Al reanudar la reflexión, que empezamos el domingo pasado,
sobre la ley natural inscrita por Dios en el corazón de todo ser humano, deseo
abordar hoy el tema de la familia, a la que la Iglesia y la sociedad han
dedicado en este año una atención especial. La familia es la célula primaria de
la sociedad. Está apoyada en la sólida base del derecho natural, que une a todos
los hombres y todas las culturas. Urge tomar conciencia de este aspecto, que me
propongo seguir tratando los próximos domingos.
En efecto, con frecuencia se interpreta equivocadamente la
insistencia de la Iglesia en la ética del matrimonio y de la familia, como si la
comunidad cristiana quisiera imponer a toda la sociedad una perspectiva de fe
válida sólo para los creyentes. Esto se ha visto, por ejemplo, en algunas
reacciones al desacuerdo que manifesté abiertamente, cuando el Parlamento
europeo pretendió legitimar un nuevo tipo de familia, caracterizada por la unión
de personas homosexuales.
En realidad, el matrimonio, como unión estable de un hombre y de
una mujer que se comprometen a entregarse recíprocamente y se abren a la
generación de la vida, no es sólo un valor cristiano, sino también un valor
originario de la creación. Perder esta verdad no sólo es un problema para los
creyentes, sino también un peligro para toda la humanidad.
2. Hoy, por desgracia, se difunde un relativismo que lleva a
dudar incluso de la existencia de una verdad objetiva. Se escucha el eco de la
conocida pregunta que Pilato hizo a Jesús: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38). A
partir de este escepticismo, se llega a una falsa concepción de la libertad, que
pretende eximirse de todo límite ético y reformular según su arbitrio, los datos
más evidentes de la naturaleza.
Ciertamente el hombre descubre siempre la verdad de modo
limitado y puede definirse peregrino de la verdad. Pero esto es muy diferente
del relativismo y del escepticismo. En efecto, la experiencia muestra que
nuestra mente, aunque esté ofuscada y debilitada por muchos condicionamientos,
es capaz de captar la verdad de las cosas, por lo menos cuando se trata de los
valores fundamentales que hacen posible la existencia de los individuos y de la
sociedad. Dichos valores se imponen a la conciencia de cada uno y son un
patrimonio común de la humanidad. ¿No apela a ese patrimonio la conciencia común
cuando condena los crímenes contra la humanidad, aun cuando estén respaldados
por algún legislador? En realidad, la ley natural, precisamente porque Dios la
esculpió en el corazón, es anterior a cualquier ley promulgada por los hombres y
es la medida de su validez.
3. La Virgen santísima guíe a todas las familias del mundo hacia
una profunda conciencia del designio de Dios. El año de la familia sea para
ellas un tiempo de reflexión y renovación. Ojalá que se beneficien sobre todo
los niños, que tienen derecho a gozar del calor de familias dignas de este
nombre, y lo necesitan hoy más que nunca.
© Copyright 1994 - Libreria Editrice Vaticana
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