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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 13 de noviembre de 1994

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Deseo hoy dar gracias al Señor por la gran alegría que me ha dado la semana pasada, al permitirme firmar una declaración cristológica común con Su Santidad Mar Dinkha IV patriarca de la Iglesia asiria de Oriente. Quiero manifestar mi júbilo con las palabras de la santísima Virgen: Proclama mi alma la grandeza del Señor. Ciertamente, la ayuda maternal de María nos ha permitido llegar a este momento que, aunque no constituye aún la comunión plena, si la prepara de cerca, apartando de nuestro camino un malentendido que ha durado más de quince siglos.

En efecto la incomprensión recíproca se remonta a los primeros siglos de la historia cristiana, cuando la reflexión teológica se vio en la necesidad de definir el contenido exacto de la fe en Cristo. El concilio celebrado en Éfeso el año 431, al enseñar la legitimidad de la veneración de María como Theotókos, Madre de Dios, quiso destacar la convicción profunda de la Iglesia, según la cual «la humanidad de Cristo no tiene mas sujeto que la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya desde su concepción» en el seno de María (Catecismo de la Iglesia católica, n. 466). El diálogo sereno y profundo con los hermanos de la Iglesia asiria de Oriente ha permitido superar las incomprensiones que se verificaron con ocasión de ese concilio, y hoy compartimos la alegría de constatar que, por encima de los matices teológicos diferentes, es una sola nuestra fe en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y asimismo es grande nuestro amor a María, su Madre santísima.

2. El paso que se ha dado en estos días es muy significativo y esperanzador. Ha tenido lugar, providencialmente, en el momento en que la Iglesia está a punto de comenzar un amplio programa de iniciativas para prepararse adecuadamente al gran jubileo del año 2000. En efecto, precisamente mañana se promulgara la carta apostólica Tertio millennio adveniente, con la que invito a todos los hijos de la Iglesia a un compromiso común, profundo y lleno de entusiasmo, para que ese jubileo, bajo la acción del Espíritu de Dios, pueda producir grandes frutos de renovación para la fe y el testimonio cristiano. El centro de este compromiso deberá ser una renovada contemplación del misterio de Cristo. Partiendo de ahí, nos sentiremos impulsados a intensificar los esfuerzos ecuménicos, para cicatrizar las heridas infligidas a la unidad de la Iglesia tanto en el primer milenio como en el segundo, poniéndonos dócilmente a la escucha de la oración de Cristo: Padre, que sean uno.

3. La Virgen santísima, Madre de Cristo y de la Iglesia, nos acompañe y nos guíe. Ella es la virgen del Adviento y de la esperanza, pues fue su sí a la Encarnación lo que marcó el inicio de una nueva historia. Resuene ese sí en el compromiso generoso de todos los cristianos, llamados a vivir y a anunciar cada vez con mayor fidelidad el misterio inefable de Dios hecho hombre.


Después del Ángelus

Saludo ahora cordialmente a todos los peregrinos de lengua española; en particular, a los miembros de las Comunidades Neocatecumenales venidos de Alicante y Albacete (España). Que vuestra peregrinación a la tumba de San Pedro os haga sentir en comunión con la Iglesia universal a través de vuestro compromiso cristiano. Con afecto imparto a todos la Bendición Apostólica.

 

© Copyright 1994 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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