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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

 Domingo 12 de febrero de 1995

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Siguiendo la reflexión sobre la misión de paz de la mujer, deseo presentar hoy el testimonio de santa Catalina de Siena.

Tiene algo de increíble la vida de esta mujer, que vivió sólo 33 años, y desempeñó un papel de primer plano en la Iglesia de su tiempo. El secreto de su personalidad excepcional era el fuego interior que la consumía: la pasión por Cristo y por la Iglesia.

A Catalina, en cuyo corazón ardía ese fuego, la situación de la cristiandad en ese período difícil de la segunda mitad del siglo XIV le parecía insoportable. Consideraba una desgracia que el Papa estuviera lejos de Roma, su sede natural. Le parecía escandaloso que algunos príncipes cristianos no lograran vivir en paz entre sí.

Por eso se hizo mensajera de paz. Su palabra ardiente corría en todas las direcciones. Era una palabra de timbre materno, caracterizada por una firmeza intrépida y una dulzura persuasiva. Alrededor de ella sucedía algo que parecía humanamente imposible: se ablandaba la dureza de los corazones, y todos volvían a gustar la alegría de familias o de comunidades enteras reconciliadas en la paz. La experiencia de Catalina de Siena es un caso ejemplar de cuanto he escrito en el Mensaje de comienzo de año: «Cuando las mujeres tienen la posibilidad de transmitir plenamente sus dones a toda la comunidad, cambia positivamente el modo mismo de comprenderse y organizarse la sociedad, llegando a reflejar mejor la unidad sustancial de la familia humana» (n. 9; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 9 de diciembre de 1994, p. 5).

2. La mujer, educadora para la paz. Son muy conocidas las emotivas palabras con que Catalina se dirigía al Papa Gregorio XI para alentarlo a hacerse promotor de paz entre los cristianos: «¡Paz, paz, paz, mi dulce padre, y no más guerra!» (Carta 218). Palabras parecidas a éstas escribía a soberanos y príncipes, y no dudaba en emprender también difíciles viajes para despertar en los contendientes sentimientos de reconciliación.

Ciertamente, es preciso reconocer que también ella era hija de su tiempo cuando, en su justo celo por la defensa de los santos lugares, hacia suya la mentalidad entonces dominante, según la cual esa tarea podía requerir incluso el recurso de las armas. Hoy tenemos que dar gracias al Espíritu de Dios, que nos ha llevado a comprender cada vez con mayor claridad que el modo apropiado, y a la vez el más acorde con el Evangelio, para afrontar los problemas que pueden surgir en las relaciones entre pueblos, religiones y culturas es el de un diálogo paciente, firme y respetuoso. Sin embargo, el celo de Catalina sigue siendo un ejemplo de amor valiente y fuerte, un estímulo para dedicar el propio esfuerzo a buscar todas las posibles estrategias de diálogo constructivo con vistas a edificar una paz cada vez más estable y vasta.

3. Invoquemos a María santísima, Reina de la paz, a fin de que la Iglesia llegue a ser, de forma cada vez más eficaz, sacramento de unidad para todo el género humano: unidad que hay que construir, ante todo, en las relaciones entre los discípulos de Cristo; unidad que hay que promover en todos los rincones del mundo probados por tensiones y guerras. Quiera Dios que ella suscite mujeres emprendedoras y valientes como Catalina de Siena, que sean artífices de unidad y paz en la Iglesia y en la sociedad.

 

© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

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