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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Castelgandolfo
Domingo 4 de
agosto de 1996
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Un gran elemento de unidad entre el cristianismo de Oriente y el de
Occidente es la veneración común a los Padres de la Iglesia. Con esta
expresión se indica a los santos de los primeros siglos, en su mayoría también
pastores que, con su predicación y su reflexión teológica, defendieron la fe de
las herejías y desempeñaron un papel decisivo en el encuentro entre el mensaje
evangélico y la cultura de su tiempo. La Iglesia los considera testigos
cualificados de la tradición. Algunos de ellos son auténticos gigantes en la
historia del pensamiento cristiano y de la cultura universal.
La fascinación de la época de los Padres se debe también al fecundo
intercambio que se realizó entonces entre Oriente y Occidente.
Una gran influencia tuvieron, en particular, dos escuelas, que surgieron en
Oriente: en Alejandría de Egipto y en Antioquía de Siria. En una, la exégesis de
las Escrituras se realizaba principalmente según el método alegórico; en la
otra, por el contrario, se prefería el método histórico-literal. En
consecuencia, las dos escuelas desarrollaron puntos de vista complementarios en
la reflexión sobre las verdades de la fe, en particular sobre el misterio de la
Encarnación. En Alejandría, donde dejó un signo imperecedero el genio de
Orígenes, se ponía el acento en la gloria del Verbo hecho hombre; en Antioquía
se subrayaba la verdadera humanidad que él había asumido. Ambas perspectivas
son esenciales para captar la identidad de Jesucristo, tal como la profesa la fe
eclesial.
2. Gran parte de ese pensamiento llegó al Occidente cristiano, suscitando un
intercambio vital entre las comunidades orientales y latinas. Por eso, sería
difícil hacer una distinción neta entre ambas tradiciones durante esos siglos;
más aún, contraponiéndolas, se las forzaría. La Iglesia se enriquece de ambas.
Entre las grandes figuras de Oriente baste recordar a los tres santos
«jerarcas»: san Basilio Magno, san Gregorio Nacianceno y san Juan Crisóstomo.
Dieron una contribución inestimable a la profundización de la visión cristiana
de Dios, subrayando que, por su naturaleza inefable, está por encima de todos
nuestros pensamientos, pero, al mismo tiempo, es aquel que vino a nosotros, en
la historia de la salvación, abriéndonos los secretos de su vida trinitaria, y
dándose en el Verbo encarnado y en la efusión de su Santo Espíritu. Era una
reflexión sobre Dios y, al mismo tiempo, una reflexión sobre la dignidad del
hombre, formado a imagen del Creador y llamado a vivir, en Cristo, como hijo en
el Hijo.
Los grandes padres y doctores de Occidente, desde san Ambrosio, pasando por san
Agustín y san Jerónimo, hasta san Gregorio Magno, prosiguieron el camino,
llegando a ser igualmente beneméritos en la penetración del misterio. Eran
voces diversas, pero convergentes, al servicio de la única verdad cristiana. El
pensamiento patrístico fue verdaderamente una gran sinfonía de pensamiento y
de vida.
3. Amadísimos hermanos y hermanas, dejémonos guiar por la Virgen santa para
descubrir este patrimonio inmenso y siempre actual. Los Padres nos hablan
todavía, y merecen que los valoremos cada vez más en la teología y en la
formación cristiana. Verdaderos imitadores de la Madre de Dios, nos brindan el
ejemplo de una inteligencia que nunca fue especulación árida, sino que se
conjugó con la oración y la santidad. Siguiendo su escuela, nos resultará más
fácil secundar el Espíritu de Dios, que llama con fuerza a los creyentes a
realizar la perspectiva de la plena unidad eclesial.
Después del Ángelus
Saludo cordialmente a los peregrinos de diversos países de lengua española
presentes en esta plegaria mariana. Que la Virgen María os proteja, os ayude a
crecer continuamente en la vida de gracia y os guíe al encuentro salvador con
su Hijo. A vosotros y a vuestros seres queridos os imparto con afecto la
bendición apostólica.
© Copyright 1996 - Libreria
Editrice Vaticana
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