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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 10 de noviembre de 1996

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

Junto con gran número de hermanos —cardenales, obispos y sacerdotes—  acabamos de concluir, en la basílica de San Pedro, una celebración eucarística de singular intensidad espiritual, en la que hemos dado gracias a Dios por el don del sacerdocio, que recibimos hace cincuenta años.

Para mí es motivo de ulterior alegría encontrarme ahora con vosotros, en el escenario de esta estupenda plaza, imagen sugestiva de la Iglesia abierta al mundo. ¡Gracias a todos vosotros por haber venido! Saludo también a cuantos nos siguen mediante la radio y la televisión, con un pensamiento especial para nuestros hermanos sacerdotes y obispos que celebran este año el jubileo sacerdotal y no han podido estar aquí con nosotros. Amadísimos hermanos, siento viva vuestra cercanía espiritual y quisiera manifestar a cada uno de vosotros, junto con mi más cordial felicitación, la seguridad de mi recuerdo constante en la oración.

En este momento pienso en todos los sacerdotes del mundo. En los sacerdotes ancianos y enfermos: voy a visitarlos idealmente y me detengo junto a ellos, con afecto y participación fraterna. Pienso en los sacerdotes jóvenes, que viven sus primeros años de ministerio, y los aliento en su impulso apostólico. Pienso en los párrocos, que son como los «padres de familia» en sus respectivas comunidades. Pienso en los misioneros, dedicados en los cinco continentes a anunciar a Cristo, revelador de Dios y salvador del hombre. Pienso en los sacerdotes que sufren alguna dificultad espiritual o material, y también en cuantos, por desgracia, han abandonado el compromiso asumido.. Para todos imploro del Señor apoyo y ayuda.

Queridos sacerdotes esparcidos por el mundo, os abrazo a todos, mientras os encomiendo a María, Madre de Cristo, sumo y eterno sacerdote, y Madre de la Iglesia y de nuestro sacerdocio.

Al concluir la manifestación, el Papa saludó y dio las gracias a los organizadores y participantes, con estas palabras:

Amadísimos hermanos y hermanas:

Al final de esta hermosa manifestación, quisiera repetir mi vivo agradecimiento a cada uno de los que han intervenido: a los señores cardenales, a los obispos y sacerdotes presentes, a los religiosos y religiosas, al igual que a los peregrinos que se han unido a la alegría de este día.

Mi gratitud se dirige a la Radio-televisión italiana, a su coro, a su orquesta y a todos los artistas, que han dado esplendor a este momento de fiesta. Doy las gracias también a las bandas musicales de los carabineros y de la policía, así como a todos los que, de diversas maneras, han contribuido al éxito de esta jubiloso. manifestación.

Los sentimientos que me habéis querido expresar así son, en cierto sentido, un himno de gratitud a Dios, en el umbral de un nuevo milenio cristiano, por el sacerdocio ministerial que él ha dado a su pueblo hasta el fin de los siglos. Es un himno de gratitud que ha encontrado digna expresión en el solemne y grandioso Te Deum, interpretado magistralmente hace pocos instantes.

Agradezco cordialmente a mis colaboradores y en primer lugar a la Congregación para el clero, que ha trabajado con esmero para organizar estos días de fiesta no sólo por mí, sino también por cuantos, junto conmigo, han celebrado sus bodas de oro sacerdotales.

Por último, doy las. gracias a todos vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, que de todas las partes del mundo habéis querido renovarme vuestro afecto y vuestra fiel adhesión. Mi agradecimiento se extiende asimismo a los que están unidos a nosotros por medio de la radio y la televisión.

Dios os bendiga a todos, mientras también yo de corazón envío a cada uno una bendición apostólica especial. ¡Alabado sea Jesucristo!

 

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana

 

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