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JUAN PABLO II

REGINA COELI

Domingo 28 de abril de 1996

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Esta mañana he tenido la alegría de ordenar a treinta y ocho nuevos presbíteros de la diócesis de Roma. El don del Espíritu que han recibido es fruto de la Pascua. Y esta celebración, durante el tiempo pascual, muestra muy bien cómo precisamente el Resucitado conforma a sí mismo a los jóvenes generosos que acogen su llamada. Los hace jefes y pastores de su pueblo, con la tarea específica de anunciar y testimoniar con su propia vida su Resurrección.

Este es el misterio en el que estamos reflexionando durante nuestros encuentros dominicales. El Catecismo de la Iglesia católica presenta la resurrección del Señor como «un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas» (n. 639). Se trata de los testimonios inequívocos que nos brinda el Nuevo Testamento.

El primer dato que registran los evangelios es el de la tumba vacía. «No es en sí una prueba directa», pero se constata que «su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección» (ib., n. 640). Todos los relatos evangélicos insisten en esta noticia de la primera hora, históricamente sólida. Si hubiera carecido de fundamento, no habría sido difícil desmentirla.

2. Sin embargo, las apariciones de Cristo fueron la experiencia decisiva. Ciertamente, fue una experiencia singularísima, pero del todo creíble, dada la confianza que merecen todos los que se vieron implicados en ella. No sólo fueron Pedro y los demás Apóstoles, sino también un buen número de discípulos, hombres y mujeres, a quienes se les apareció el Resucitado en situaciones y circunstancias diversas, como testimonia también Pablo (cf. 1 Co 15, 4-8). Para excluir cualquier posibilidad de fraude, basta pensar en la santidad de su vida, que muchos terminaron con el martirio. Además, nada hace pensar que fueran víctimas de exaltación mística o de alucinación colectiva. Algunos de ellos, pescadores de Galilea, estaban acostumbrados a ser muy realistas, de modo que, ante las primeras noticias de la Resurrección, reaccionaron con comprensible escepticismo: es significativo el caso del apóstol Tomás. Por otra parte, ¿cómo se puede suponer un entusiasmo fácil en hombres desilusionados y postrados por el triste fin de su maestro? Sólo la evidencia de Cristo resucitado, que experimentaron sensiblemente, explica de modo adecuado cómo pudieron comprometerse en un anuncio tan provocador, destinado a suscitar la reacción violenta de sus enemigos. En efecto, ésta no tardará en manifestarse, obligándolos a sellar con su sangre su testimonio fiel.

3. La Virgen santísima, Madre del Señor resucitado, sostenga nuestra fe, como sostuvo el anuncio apostólico. Ella tiene una relación especialísima con el acontecimiento de la Resurrección: ¡el Resucitado es su hijo! Ese cuerpo que recobró la vida en el sepulcro, elevado a una condición de gloria, es el mismo que se había formado en su seno. Que María ayude a tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo a abrirse a este misterio, del que brotan vida y salvación para el mundo entero.

* * *

Después del Ángelus

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. En particular a los fieles de las parroquias de San José, de Madrid y del Pardo; San Braulio y San Felipe, de Zaragoza y San Juan Bautista, de Tarazona. Os invito en esta jornada vocacional a pedir al Buen Pastor que suscite en su Iglesia abundantes vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Con estos deseos os bendigo a todos de corazón.

 

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana

 

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