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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 26
de enero de 1997
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Muchas personas, reflexionando sobre la situación de nuestro
mundo, se sienten consternadas y, a veces, incluso angustiadas. Las perturba
constatar conductas individuales o de grupo que muestran una desconcertante
ausencia de valores. Nuestro pensamiento va, naturalmente, a ciertos
sucesos, algunos recientes, que, a quien los observa con atención, le producen
un escalofriante sentido de vacío.
¿Cómo no interrogarse sobre las causas, y cómo no sentir la
necesidad de alguien que nos ayude a descifrar el misterio de la vida,
permitiéndonos mirar con esperanza al futuro?
En la Biblia, los hombres que tienen esta misión se llaman
profetas. Son hombres que no hablan en nombre propio, sino en nombre de
Dios, movidos por su Espíritu.
También Jesús fue un profeta ante los ojos de sus
contemporáneos que, impresionados, reconocieron en él «un profeta poderoso en
obras y palabras» (Lc 24, 19). Con su vida, y sobre todo con su muerte y
resurrección, se acreditó como el profeta por excelencia, pues es el Hijo mismo
de Dios. Es lo que afirma la carta a los Hebreos: «Muchas veces y de muchos
modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en
estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Hb 1, 1-2).
2. El misterio del profeta de Nazaret no deja de interpelarnos.
Su mensaje, recogido en los evangelios, permanece siempre actual a lo largo de
los siglos y los milenios. Él mismo dijo: «El cielo y la tierra pasarán, pero
mis palabras no pasarán» (Mc 13, 31). En Jesús, su Hijo encarnado,
Dios ha dicho la palabra definitiva sobre el hombre y sobre la historia, y
la Iglesia vuelve a proponerla siempre con nueva confianza, sabiendo que es la
única palabra capaz de dar sentido pleno a la vida del hombre.
Muchas veces la profecía de Jesús puede resultar molesta, pero
es siempre saludable. Cristo es signo de contradicción (cf. Lc 2,
34), precisamente porque llega al fondo del alma, obliga a quien lo escucha a
replantearse su vida y le pide la conversión del corazón.
3. Ojalá que el camino hacia el jubileo sea para los creyentes
un constante redescubrimiento de Cristo. He querido subrayar esta
urgencia enviando el evangelio de Marcos a todas las familias romanas.
Espero que esta iniciativa y otras semejantes se multipliquen en la Iglesia.
Que la Virgen santísima nos ayude a abrirnos dócilmente a la
escucha de la palabra de Jesús y a ser sus heraldos y testigos valientes y
entusiastas.
* * *
Después del Ángelus
Saludo con afecto a los fieles de lengua española y, en
particular, a los grupos de Madrid y Gran Canaria. Que la peregrinación a la
tumba de Pedro afiance vuestra fe, para seguir fielmente a Jesucristo y
contribuir generosamente a la transformación del mundo, según el espíritu del
Evangelio. A todos vosotros y a vuestros seres queridos os bendigo de corazón.
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
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