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JUAN PABLO II

REGINA CAELI

S
olemnidad de Pentecostés
Domingo 18 de mayo de 1997

1. Hoy la Iglesia celebra y revive el extraordinario acontecimiento de Pentecostés, que marca el inicio de su misión universal de evangelización.

El evangelista san Juan afirma que Cristo resucitado, al aparecerse a los Apóstoles en el cenáculo la misma tarde de Pascua, «exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados" » (Jn 20, 22- 23). Cristo mismo pidió después a los Once que no se alejaran de Jerusalén, sino que esperaran la efusión del Espíritu, que el Padre enviaría «desde lo alto» (cf. Lc 24, 49). El acontecimiento que se verificó cincuenta días después de la Pascua es, por tanto, el cumplimiento del don de Cristo que murió, resucitó y subió al Padre; es el cumplimiento del misterio pascual.

2. De la misma manera que san Juan presenta a María al pie de la cruz, también san Lucas refiere su presencia en el cenáculo el día de Pentecostés, en oración con los Apóstoles. Este doble icono expresa plenamente el papel de María en el misterio de Cristo y de la Iglesia, como enseña el concilio ecuménico Vaticano II (cf. Lumen gentium, cap. VIII).

María es modelo de la Iglesia, que sabe escuchar en silencio la palabra de amor de Dios e invoca el don del Espíritu Santo, fuego divino que calienta el corazón de los hombres e ilumina sus pasos por los caminos de la justicia y la paz.

3. «Reine la paz en sus almas», canta precisamente hoy el himno «Veni, Creator». Dirijamos una ferviente súplica al Espíritu Santo, para que lleve su paz a las situaciones de conflicto, que aún son numerosas, y en particular a la población de Kinshasa, que asiste a la conclusión de una larga y dolorosa crisis del país. Oremos para que, en una transición ordenada y pacífica, esa comunidad civil se encamine hacia un futuro de libertad y prosperidad, en el respeto a los derechos de toda persona.

Que Dios ayude a todos a ver en el otro a un hermano, y a colaborar así en la construcción de una nación reconciliada en el amor.

Invoquemos al Espíritu Santo también para los prófugos ruandeses. Él es el «Padre de los pobres ». Que él abra los corazones, para que nadie permanezca insensible ante su trágico destino.

Encomendemos a todos a la protección materna de María santísima.


Después del Regina Caeli

Con la mirada dirigida a María, doy las gracias hoy a cuantos me han expresado sus felicitaciones por mi cumpleaños y me han asegurado una oración especial como signo de su afectuosa cercanía.

Pido a la Virgen que obtenga del Señor el don de la fidelidad para mí y para toda la Iglesia. «Totus tuus», repito hoy, confiando en la protección incesante de la Madre de Dios a fin de que, gracias a la contribución generosa de todos, el mensaje de la salvación llegue hasta los confines de la tierra.

A todos deseo una feliz fiesta de Pentecostés y les imparto de corazón una bendición apostólica especial.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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