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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 3 de octubre de 1999

 

1. Al final de esta solemne celebración, os saludo con afecto a todos vosotros, queridos peregrinos, que habéis venido de varias partes de Italia y de Europa para rendir homenaje a los nuevos beatos. En particular, saludo a los peregrinos que han venido de Bolonia; a los de la diócesis de Brescia; a los del Lacio y los Abruzos; y a los de Cerdeña. Extiendo, asimismo, mi saludo a los participantes en el primer congreso nacional de la Divina Misericordia, que se ha celebrado durante estos días en Roma.

Gracias por vuestra presencia y vuestra oración. Junto con vosotros, quisiera dirigir ahora un pensamiento devoto y una ferviente oración a María, Reina de todos los santos. En su escuela los seis nuevos beatos aprendieron a seguir a Cristo, renovando diariamente su «sí» incondicional al designio de amor de Dios.

A la Madre celestial de la Iglesia y a estos testigos fieles de Cristo queremos encomendar en particular los trabajos de la II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos, que se inauguró hace dos días. Amadísimos hermanos y hermanas, acompañad a los padres sinodales con vuestra oración y, especialmente, con el rezo del santo rosario, que la Iglesia recomienda durante este mes de octubre.

2. Saludo a los peregrinos que han venido para la beatificación del presbítero Eduardo Poppe, y en particular a sus compatriotas de Bélgica. El nuevo beato tenía una gran devoción a la Virgen María. Los exhorto a tomarlo como guía en su vida cristiana. Invito a los sacerdotes a redescubrir su vida y su mensaje, para ser instrumentos de la llamada de Dios a los jóvenes a servirlo en el sacerdocio o en la vida consagrada. Oremos con fervor al Señor, para que envíe obreros a su viña.
Encomendemos estas intenciones a la intercesión de Nuestra Señora.

 

© Copyright 1999 - Libreria Editrice Vaticana

 

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