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JUAN PABLO II

REGINA CAELI

Domingo 9 de mayo de 1999

 

1. «Bendito sea el nombre del Señor, ahora y siempre, por los siglos de los siglos».

Con las palabras del himno conclusivo de la divina liturgia, deseo elevar al Señor una ferviente acción de gracias por el momento de gozosa fraternidad e intensa oración que acabamos de vivir.

¡Pueblo rumano, bendice el nombre del Señor! Desde el inicio de su evangelización jamás ha dejado de alabar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. También en los tiempos más oscuros de su historia ha seguido confiando en Dios, según las palabras del salmista: «De día el Señor me hará misericordia, de noche cantaré la alabanza del Dios de mi vida» (Sal 42, 9).

Pienso en los tesoros de espiritualidad y santidad que han enriquecido la historia secular de Rumanía. Recuerdo con veneración el testimonio que dieron durante las persecuciones innumerables cristianos, ilustres y desconocidos, que permanecieron firmes en la fe y siguieron difundiendo el Evangelio, a veces a costa de su vida. Su fidelidad constituye un signo de esperanza para todos los discípulos del Señor. En efecto, la comunión entre los cristianos de diversas confesiones, real aunque imperfecta, se confirma en el martirio por Cristo y se perfecciona en la comunión de los santos.

2. Entre los numerosos testigos de Cristo que han florecido en Rumanía deseo recordar al monje de Rohia, Nicolae Steinhardt, figura excepcional de creyente y hombre de cultura, que percibió de manera especial la inmensa riqueza del tesoro común de las Iglesias cristianas.

En particular, doy gracias al Señor por la fe y la esperanza que han testimoniado en Rumanía los miembros de la Iglesia ortodoxa y de la Iglesia católica a lo largo de este difícil siglo. Gracias a ellos, las persecuciones y los sufrimientos se han convertido en ocasiones valiosas de santificación y evangelización en esta región.

¡Ojalá que se eleve en la Iglesia ortodoxa rumana y en la Iglesia católica un único canto de alabanza al nombre del Señor! Que forme una sinfonía de voces, que expresen la fraternidad cordial de las relaciones recíprocas e imploren la comunión plena de todos los creyentes. La Iglesia ortodoxa rumana y la católica, fundadas en la sucesión apostólica, tienen la misma palabra del Señor, que se halla en las sagradas Escrituras, y los mismos sacramentos. En particular, conservan el mismo sacerdocio y celebran el único sacrificio de Cristo, por medio del cual él construye y hace crecer su Iglesia.

3. Bendito sea el nombre del Señor por todo lo que se está realizando en obediencia al mandato de Cristo. Pienso en el diálogo internacional entre la Iglesia católica y la ortodoxa en su conjunto, y en el diálogo entre la Iglesia grecocatólica y la ortodoxa rumana. Mi pensamiento va, asimismo, a la respetuosa colaboración pastoral entre los fieles ortodoxos y los católicos, que está aumentando en diferentes niveles y produce frutos prometedores también entre los jóvenes, así como a los esfuerzos por realizar una traducción interconfesional de la Biblia. Quiera Dios que las relaciones mutuas estén siempre libres de toda forma de miedo y sospecha, y muestren que toda acción pastoral tiene como objetivo ayudar a cada uno a crecer en la fidelidad al único Señor.

Dentro de pocos meses celebraremos el bimilenario del nacimiento de Jesucristo. Se trata de un jubileo extraordinario e importante para los cristianos y para la humanidad entera, en medio de la cual el cristianismo ha tenido una gran trascendencia durante estos dos milenios. Por eso, con razón, los miembros de la Iglesia católica, junto con los cristianos de las diversas confesiones, celebrarán este aniversario dando gracias a Dios por el don de la redención.

El gran jubileo del año 2000 invita a los cristianos a mirar al futuro con mayor conciencia de los desafíos que les plantea la llegada del nuevo milenio. Entre éstos, se impone la búsqueda de la unidad de todos los creyentes en Cristo. Expreso mi gran deseo de que el tercer milenio cristiano nos encuentre, si no del todo unidos, al menos mucho más próximos a la comunión plena.

4. Bendito sea el nombre del Señor, en fin, por la amabilidad y la cortesía con que me habéis acogido durante estos días.

Deseo manifestar mi profunda y cordial gratitud ante todo a Su Beatitud, el patriarca Teoctist, al Santo Sínodo, al clero y a los fieles de la Iglesia ortodoxa de Rumanía, que me han abierto sus brazos y su corazón.

El Señor bendiga a esta antigua e ilustre Iglesia en el cumplimiento de su misión pastoral, e impulse a todos los creyentes a dar al mundo un renovado y gozoso testimonio de comunión plena entre sí y de valiente fidelidad al Evangelio.

Un saludo afectuoso y paterno dirijo a los fieles de la Iglesia católica. Dios me ha concedido la alegría de ver vuestro rostro y orar con vosotros. Como dijo san Pablo a los ancianos de Mileto, yo os digo a vosotros: «Ahora os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia» (Hch 20, 32).

Invoco la protección de María, la gloriosa Madre de Dios, sobre todos los ciudadanos de la amada Rumanía. Ojalá que sus hijos, que a lo largo de la historia han aprendido a confiar en su poderosa intercesión, encuentren siempre en ella la guía segura para caminar hacia un futuro de prosperidad y paz, y contribuyan a la construcción de una patria más justa y fraterna. Amén.

 

© Copyright 1999 - Libreria Editrice Vaticana

 

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