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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
JORNADA DEL PERDÓN
Domingo 12 de marzo de 2000
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. En la basílica de San Pedro he presidido esta mañana un sugestivo y
solemne acto penitencial. En este primer domingo de Cuaresma, obispos y
comunidades eclesiales de las diversas partes del mundo, en nombre del entero
pueblo cristiano, se han arrodillado en presencia de Dios para implorar su
perdón.
El Año santo es tiempo de purificación: la Iglesia es santa porque Cristo es su
Cabeza y su Esposo, el Espíritu es su alma vivificante, y la Virgen María y los
santos son su manifestación más auténtica. Sin embargo, los hijos de la Iglesia
conocen la experiencia del pecado, cuyas sombras se reflejan en ella,
oscureciendo su belleza. Por eso, la Iglesia no deja de implorar el perdón de
Dios por los pecados de sus miembros.
2. No se trata de un juicio sobre la responsabilidad subjetiva de los
hermanos que nos han precedido: esto compete sólo a Dios, que, a diferencia de
nosotros, seres humanos, es capaz de "escrutar el corazón y la mente" (cf. Jr
20, 12). El acto que hemos realizado hoy es un sincero reconocimiento de las
culpas cometidas por los hijos de la Iglesia en el pasado remoto y en el
reciente, y una humilde súplica de perdón a Dios. Esto ayudará a despertar
las conciencias, permitiendo a los cristianos entrar en el tercer milenio
más abiertos a Dios y a su designio de amor.
A la vez que pedimos perdón, perdonamos. Esto es lo que decimos cada día
rezando la oración que nos enseñó Jesús: "Padre nuestro, (...) perdona nuestras
ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden" (Mt
6, 12). Quiera Dios que el fruto de esta Jornada jubilar sea para todos los
creyentes el perdón recíprocamente dado y acogido.
Del perdón florece la reconciliación. Esto es lo que deseamos para cada
comunidad eclesial, para todos los creyentes en Cristo y para el mundo entero.
3. Los cristianos, perdonados y dispuestos a perdonar, entran en el tercer
milenio como testigos más creíbles de la esperanza. Al cabo de siglos
marcados por violencias y destrucciones, y después del último tan dramático, la
Iglesia ofrece a la humanidad, en el umbral del tercer milenio, el evangelio del
perdón y la reconciliación, como presupuesto para construir la auténtica paz.
¡Ser testigos de esperanza! Éste es también el tema de los ejercicios
espirituales que comenzaré esta tarde con mis colaboradores de la Curia
romana. Ya desde ahora doy las gracias a cuantos quieran acompañarme con su
oración, e invoco a la Virgen, Madre de la divina Misericordia, para que nos
ayude a todos a vivir con provecho el tiempo cuaresmal.
© Copyright 2000 - Libreria Editrice Vaticana
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