Amadísimos hermanos y hermanas:
1. El gran jubileo no tiene pausas ni siquiera en el corazón del verano. Ayer,
entre los numerosos peregrinos que acudieron a la plaza de San Pedro, se
encontraban los del movimiento Cursillos de cristiandad, nacido en España hace
cincuenta años y difundido en muchos países del mundo.
La característica de los Cursillos, como de otros movimientos eclesiales
análogos, es la nueva evangelización de los adultos. El mensaje cristiano se
propone a través de momentos de intensa experiencia espiritual, que pueden
llevar a descubrir la belleza de encontrarse con Cristo y de ser Iglesia, así
como la alegría de la fraternidad y del servicio recíproco, impregnando de
espíritu cristiano toda la existencia.
2. La exigencia de un cristianismo integral, que no busque componendas cuando
se trata de la verdad y que al mismo tiempo sepa confrontarse con la historia y
la modernidad, caracterizó todo el siglo pasado y se manifestó con fuerza en el
concilio ecuménico Vaticano II.
La Iglesia ha comprendido cada vez con mayor claridad, en la sucesión de los
acontecimientos a veces dramáticos de los decenios pasados, que su tarea es la
solicitud y la responsabilidad por el hombre, no "abstracto", sino real,
"concreto" e "histórico", al que ha de ofrecer incesantemente a Cristo, su único
Redentor. En efecto, sólo en Cristo -y no se cansa de repetirlo, especialmente
durante este Año jubilar- el ser humano puede encontrar el sentido verdadero y
pleno de su existencia. Por tanto, el cristianismo no puede reducirse a doctrina,
ni a simples principios, porque Cristo, centro del cristianismo, está vivo y su
presencia constituye el acontecimiento que renueva constantemente a las
criaturas humanas y el cosmos. Es preciso proclamar hoy con vigor esta
verdad de Cristo, tal como la defendieron valientemente en el siglo XX numerosos
testigos de la fe e ilustres pensadores cristianos, entre los cuales me agrada
recordar hoy a Vladímir Sergeevic Soloviev, de cuya muerte se celebra en estos
días el centenario.
Al recordar a esta personalidad rusa de extraordinaria profundidad, que
también percibió con gran claridad el drama de la división entre los cristianos
y la necesidad urgente de su unidad, quisiera invitaros a orar para que los
creyentes en Cristo de Oriente y de Occidente restablezcan cuanto antes su
comunión plena. Para que esto suceda, es indispensable que todos se conviertan a
Cristo vivo, ayer, hoy y siempre, y, viviendo sin componendas su Evangelio,
lleguen a ser levadura de una humanidad nueva. Esta es la oración que elevamos
hoy al cielo, sostenidos por María santísima, Sede de la Sabiduría divina, a
quien ahora nos dirigimos con confianza.
Después de la plegaria mariana, el Santo Padre dijo en español:
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, especialmente al grupo
de la Obra de la Iglesia. Os invito a cada uno a vivir con entrega vuestra
vocación cristiana, para que la palabra de Dios sembrada en vuestro corazón dé
fruto abundante.
A continuación pronunció la condena de los actos de terrorismo en España:
Ante la ola de terrorismo que azota en estos días España, y que ayer se
cobraba una nueva víctima, deseo expresar mi profundo dolor, así como mi
solidaridad y cercanía a las familias de las víctimas.
Renuevo una vez más la condena más enérgica a estos actos contra el derecho a
la libertad y a la vida, reafirmando que ninguna idea o concepción social o
política puede imponerse por la violencia. Pido al Señor que el querido pueblo
español pueda gozar siempre de una pacífica convivencia y armonía social.
Luego, hablando en italiano, prosiguió:
Deseo, además, invitar a todos a unirse espiritualmente a la vigilia de
oración con motivo de la fiesta de la Transfiguración, que, como respuesta a la
invitación del patriarca de Constantinopla Bartolomé I, se celebrará la tarde
del sábado 5 de agosto en la patriarcal basílica de San Juan de Letrán, para
dar gracias a Dios que en Cristo se manifestó plenamente cuando afirmó:
"Este es mi Hijo predilecto, escuchadle" (Mt
17, 5).
© Copyright 2000 - Libreria Editrice Vaticana