1. Celebramos hoy la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la santísima
Virgen María, fiesta tan querida para el pueblo cristiano. Se inserta muy bien
en el clima de Adviento e ilumina con resplandor de luz purísima nuestro
itinerario espiritual hacia la Navidad.
Contemplamos hoy a la humilde joven de Nazaret preservada, con privilegio
extraordinario e inefable, del contagio del pecado original y de toda culpa,
para poder ser digna morada del Verbo encarnado. En María, nueva Eva, Madre del
nuevo Adán, el originario y admirable designio de amor del Padre se restablece
de modo más admirable aún. Por eso, la Iglesia aclama con gratitud: "Por ti,
Virgen inmaculada, hemos recobrado la vida que habíamos perdido, ya que diste a
luz para el mundo al Salvador que habías recibido del cielo" (Liturgia de la
Horas, memoria de Santa María en sábado, antífona del Benedictus).
2. La liturgia de hoy nos vuelve a proponer el relato evangélico de la
Anunciación. La Virgen, respondiendo al ángel, proclama: "He aquí la esclava del
Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). María manifiesta su
consentimiento total de mente y de corazón a la divina y arcana voluntad, y se
dispone a acoger, primero en la fe y después en su seno virginal, al Hijo de
Dios.
"He aquí". Su pronta adhesión a la voluntad divina constituye un modelo para
todos nosotros, creyentes, a fin de que tanto en los grandes acontecimientos
como en los hechos ordinarios nos encomendemos totalmente al Señor.
Con el testimonio de su vida, María nos anima a creer en el cumplimiento de las
promesas divinas. Nos invita al espíritu de humildad, actitud interior propia de
la criatura hacia su Creador; nos exhorta a poner nuestra esperanza segura en
Cristo, que realiza plenamente el designio salvífico, incluso cuando los
acontecimientos parecen oscuros y son difíciles de aceptar. Como Estrella
resplandeciente, María guía nuestros pasos hacia el encuentro con el Señor que
viene.
3. Amadísimos hermanos y hermanas, dirijamos nuestra mirada hacia la Inmaculada
toda santa y toda hermosa. María, Abogada nuestra, Madre del "Rey de la paz",
que aplasta la cabeza de la serpiente, nos ayude a los hombres y mujeres del
tercer milenio a resistir a las seducciones del mal; reavive en nuestro corazón
la fe, la esperanza y la caridad para que, fieles a nuestra llamada, sepamos ser,
a costa de cualquier sacrificio, testigos intrépidos de Jesucristo, Puerta santa
de salvación eterna.
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, de modo particular
al grupo de "La obra de la Iglesia". La celebración de la fiesta de la
Inmaculada Concepción, tan arraigada en España y América Latina, invita a seguir
poniendo la mirada en María y a imitarla. A ella, a la que hoy contemplamos
gozosos como "concebida sin pecado", confío vuestros proyectos y esperanzas, así
como vuestros hogares y familias.
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