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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 30 de diciembre de 2001

 

1. Desde la cueva de Belén, donde en la Noche santa nació el Salvador, nuestra mirada se dirige hoy hacia la humilde casa de Nazaret, para contemplar a la Sagrada Familia de Jesús, María y José, cuya fiesta celebramos en el clima festivo y familiar de la Navidad.

El Redentor del mundo quiso elegir la familia como lugar donde nacer y crecer, santificando así esta institución fundamental de toda sociedad. El tiempo que pasó en Nazaret, el más largo de su existencia, se halla envuelto por una gran reserva: los evangelistas nos transmiten pocas noticias. Pero si deseamos comprender más profundamente la vida y la misión de Jesús, debemos acercarnos al misterio de la Sagrada Familia de Nazaret para observar y escuchar. La liturgia de hoy nos ofrece una oportunidad providencial.

2. La humilde morada de Nazaret es para todo creyente y, especialmente para las familias cristianas, una auténtica escuela del Evangelio. En ella admiramos la realización del proyecto divino de hacer de la familia una comunidad íntima de vida y amor; en ella aprendemos que cada hogar cristiano está llamado a ser una pequeña iglesia doméstica, donde deben resplandecer las virtudes evangélicas. Recogimiento y oración, comprensión y respeto mutuos, disciplina personal y ascesis comunitaria, espíritu de sacrificio, trabajo y solidaridad son rasgos típicos que hacen de la familia de Nazaret un modelo para todos nuestros hogares.

Quise poner de relieve estos valores en la exhortación apostólica Familiaris consortio, cuyo vigésimo aniversario se celebra precisamente este año. El futuro de la humanidad pasa a través de la familia que, en nuestro tiempo, ha sido marcada, más que cualquier otra institución, por las profundas y rápidas transformaciones de la cultura y la sociedad. Pero la Iglesia jamás ha dejado de "hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que, conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad; y a todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el propio proyecto familiar" (Familiaris consortio, 1). Es consciente de esta responsabilidad suya y también hoy quiere seguir "ofreciendo su servicio a todo hombre preocupado por el destino del matrimonio y de la familia" (ib.).

3. Para cumplir esta urgente misión, la Iglesia cuenta de modo especial con el testimonio y la aportación de las familias cristianas. Más aún, frente a los peligros y a las dificultades que afronta la institución familiar, invita a un suplemento de audacia espiritual y apostólica, convencida de que las familias están llamadas a ser "signo de unidad para el mundo" y a testimoniar "el reino y la paz de Cristo, hacia el cual el mundo entero está en camino" (ib., 48).

Que Jesús, María y José bendigan y protejan a todas las familias del mundo, para que en ellas reinen la serenidad y la alegría, la justicia y la paz que Cristo al nacer trajo como don a la humanidad.


Después del Ángelus

Mañana, a las seis de la tarde, en la basílica de San Pedro, presidiré la celebración de Vísperas con el solemne Te Deum de acción de gracias. Cada año entraña alegrías y sufrimientos, problemas y nuevas perspectivas. Invito a todos a concluir el 2001 con la acción de gracias a Dios, renunciando a toda enemistad, para iniciar el 2002 en el amor y en la paz de Cristo. Este es el deseo que expreso a todos, encomendándolo a la intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret.

© Copyright 2001 - Libreria Editrice Vaticana

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