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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 15 de septiembre de 2002
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. A la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que celebramos
ayer, sigue hoy la memoria de la Virgen de los Dolores. Estas dos
celebraciones litúrgicas nos invitan a realizar una peregrinación espiritual
hasta el Calvario. Nos estimulan a unirnos a la Virgen María en la
contemplación del misterio de la cruz.
La cruz es el símbolo principal del cristianismo.
Dondequiera que el Evangelio ha echado raíces, la cruz indica la presencia de
los cristianos. En las iglesias y en los hogares, en los hospitales, en las
escuelas y en los cementerios la cruz se ha convertido en el signo por
excelencia de una cultura que recibe del mensaje de Cristo verdad y libertad,
confianza y esperanza.
En el proceso de secularización, que caracteriza a
gran parte del mundo contemporáneo, es muy importante que los creyentes fijen
su mirada en este signo central de la Revelación y capten su significado
originario y auténtico.
2. También hoy, siguiendo la doctrina de los
antiguos Padres, la Iglesia presenta al mundo la cruz como "árbol de la
vida", en el que se puede descubrir el sentido último y pleno de cada
existencia y de toda la historia humana.
Desde que Jesús la convirtió en instrumento de la
salvación universal, la cruz ya no es sinónimo de maldición, sino, al
contrario, de bendición. Al hombre atormentado por la duda y el pecado, la
cruz le revela que "Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo único,
para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna"
(Jn 3, 16). En una palabra, la cruz es el símbolo supremo del
amor.
Por eso, los jóvenes cristianos la llevan con orgullo
por los caminos del mundo, confiando a Cristo todas sus preocupaciones y todas
sus expectativas de libertad, de justicia y de paz.
3. Queridos peregrinos de lengua francesa que os
unís a la plegaria mariana, os dirijo mi saludo cordial. En este primer día
de la semana consagrado al Señor, abrid cada vez más vuestro corazón a
Cristo, para seguirlo. Os imparto de buen grado la bendición apostólica.
Confiando en la protección amorosa de la Virgen de los
Dolores, cuya fiesta celebramos hoy, encomiendo a los visitantes y peregrinos
de lengua inglesa a su intercesión materna. Saludo en particular a los fieles
de la diócesis de Cloyne, Irlanda, acompañados de su obispo. Sobre todos
vosotros invoco abundantes bendiciones divinas.
Saludo cordialmente a los peregrinos y visitantes de
los países de lengua alemana. Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne,
habita entre nosotros y confiere a nuestra vida un sentido profundo.
Que su presencia nos ayude y nos santifique. Dios os
bendiga a todos con su amor y su gracia.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Cultivad
sentimientos de reconciliación y perdón, como Cristo ha enseñado, siendo así
artífices y mensajeros de paz.
Saludo también, con deseos de felicidad, paz y gracia
en el Señor, a cuantos me escuchan de lengua portuguesa. Invito a todos a
meditar en las recomendaciones de perdón y de amor que Jesús nos dejó, y a
estimular el espíritu de misericordia en vuestras familias y comunidades.
Saludo a los peregrinos que han venido de Polonia: de Gniezno, la parroquia del beato Bogumil; de Sosnowiec, la parroquia de San
Simeón y San Judas Tadeo; de Katowice, de Bydgoszcz y de Cracovia. Hoy me
dirijo espiritualmente a los santuarios de la Virgen de los Dolores en la
iglesia de los franciscanos en Cracovia, en Staniatki y en Limanowa. Con el
pensamiento me dirijo también a Mogila para adorar la cruz milagrosa de Jesús.
Saludo a los peregrinos de lengua italiana, en
particular a los seminaristas de la diócesis de Mantua, encabezados por su
obispo; a los fieles de las parroquias de San Pablo Stagnana, en Prato, y de
San Cosme y San Damián, en Tarento; a un grupo de salesianos; al numeroso
grupo de motociclistas que han venido de Rávena a Roma y se han dado cita en
la plaza de San Pedro.
Saludo también al grupo de Religiosas Pías Discípulas
del Divino Maestro, que han concluido sus ejercicios espirituales.
4. Al pie de la cruz la Virgen María,
perfectamente unida a su Hijo, pudo compartir de modo singular la profundidad
de dolor y de amor de su sacrificio. Nadie mejor que ella puede enseñar a
amar la cruz. A la Virgen de los Dolores encomendamos a los jóvenes y a las
familias, a las naciones y a la humanidad entera. De modo especial, le pedimos
por los enfermos y los que sufren, por las víctimas inocentes de la
injusticia y la violencia, y por los cristianos perseguidos a causa de su fe.
La cruz gloriosa de Cristo sea para todos prenda de esperanza, de rescate y de
paz.
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