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CARTA APOSTÓLICA
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II SOBRE LA SITUACIÓN EN LÍBANO
A todos los obispos de la Iglesia católica sobre la situación en el Líbano
1. Una vez más, con la misma confianza pero todavía más entristecido, deseo solicitar vuestra
solidaridad fraterna para nuestros hermanos del Líbano, que siguen siendo
víctimas de una violencia despiadada, sin que haya causa alguna que lo
justifique.
Ante los repetidos dramas, que cada uno de los habitantes de esa tierra conoce,
nosotros somos conscientes del extremo peligro que amenaza la existencia misma
del país: el Líbano no puede ser abandonado a su soledad.
2.
Desde el año 1975, el Papa Pablo VI, el Papa Juan Pablo I y yo mismo, desde el
comienzo de mi pontificado, no hemos escatimado esfuerzo alguno para alertar a
la opinión pública sobre el valor único del Líbano y de su patrimonio humano
y espiritual, para aliviar y animar a sus habitantes sometidos a toda clase
de violencias, para favorecer una solución negociada a las divergencias
existentes entre las partes en conflicto y para implorar del Señor la gracia de
una paz pacientemente edificada y duradera.
3. A lo largo de estos últimos meses, profundamente impresionado por la
degradación de la situación, y por el recrudecimiento de sangrientos combates,
he querido señalar, a través de mis numerosas llamadas, el deber que nos
incumbe a todos de no olvidar al Líbano y de no acostumbrarnos a las crueles
tribulaciones que esa nación soporta desde hace mucho tiempo. No he dudado en
llamar a todas las puertas para que se ponga término a lo que justamente se
podría llamar la matanza de todo un pueblo. Es conveniente que la Iglesia
conozca los esfuerzos llevados a cabo para la salvación de un país en trance de
desaparecer.
Así, el pasado 15 de mayo, he dirigido un mensaje a numerosos Jefes de Estado
y a los Responsables de Organizaciones Internacionales. Me pareció necesario
recordar ciertas exigencias éticas a las que la Comunidad Internacional está
obligada con respecto a un miembro de pleno derecho, y también miembro fundador
de la Organización de las Naciones Unidas y de la liga de Estados Árabes. A esta
iniciativa se han añadido múltiples contactos bilaterales entre la Santa Sede y
los Gobiernos de aquellos países que afirman ser amigos del Líbano o que
mantienen tradicionalmente con él relaciones estrechas. Algunos de estos
contactos se continúan aún hoy.
4. Ciertamente, no atañe al Papa proponer soluciones técnicas, pero,
preocupado por el bien espiritual y material de todos los hombres sin distinción
alguna, siente el deber categórico de insistir sobre determinadas
obligaciones que incumben a los Responsables de las naciones. Ignorarlas
puede conducir a debilitar completamente el orden de las relaciones
internacionales y, una vez más, a entregar al hombre al mero poder del hombre.
No se pueden despreciar impunemente los derechos, los deberes y los mecanismos
que los protagonistas de la vida internacional han elaborado y han suscrito, sin
que las relaciones entre los pueblos sufran las consecuencias, sin que la paz no
se sienta amenazada, sin que el hombre termine por convertirse en esclavo o
víctima de las ambiciones y de los intereses de los más fuertes. Esa es la razón
por la que yo he querido -y lo repito hoy públicamente a toda la Iglesia- que el
derecho de gentes y las instituciones que lo garantizan constituyan referencias
irreemplazables y defiendan la idéntica dignidad de los pueblos y de las
personas.
5.
Pero he hablado sobre todo como Pastor de la Iglesia universal en favor de los cristianos y, naturalmente, de modo particular en favor de
los católicos, que, al lado de sus hermanos musulmanes, viven y dan en el Líbano
testimonio de su fe.
No podemos olvidar, queridos hermanos en el Episcopado, los lazos de comunión
espiritual que nos unen a estos hermanos que, en la historia pasada y reciente,
han mantenido su fe cristiana a menudo a costa de heroicos sacrificios. Por
ello, hoy asediados por la violencia de las armas y de la palabra, toda la
Iglesia tiene el deber de "movilizarse".
Ante todo para hablar. Ante una información a menudo parcial o superficial, debemos nosotros dar
a conocer las ricas y seculares tradiciones de la colaboración entre cristianos
y musulmanes en ese país. Se trata de uno de los rasgos característicos de la
sociedad libanesa que, hasta hace poco tiempo, constituía un ejemplo. Un mejor
conocimiento recíproco y el ejercicio de un diálogo mutuo para un mejor servicio
del hombre son las condiciones indispensables de la libertad, de la paz y del
respeto de la dignidad de la persona. Este pluralismo consentido y vivido es un
valor fundamental que ha presidido a lo largo de la historia del Líbano. Este es
el motivo por el que, si este país desapareciera, sería la misma causa de la
libertad la que sufriría una dramática pérdida.
En segundo lugar para rezar. Nosotros, los creyentes, no tenemos otra arma que la súplica que elevamos
desde el fondo de nuestra miseria a Aquel que nos "ha llamado de las tinieblas a
su admirable luz" (1 Pe 2, 9). A Dios, Padre de todos los hombres, en
estos momentos trágicos en los que una parte de la familia humana y cristiana
está amenazada y es víctima de violencias injustificables, no podemos sino
presentar los gritos de miedo y, a veces, de desesperación de estos hermanos,
que muy a menudo tienen la sensación de haber sido abandonados a su suerte,
cuando su país está amenazado de aniquilación.
6.
Es ésta la razón, queridos hermanos, por la que yo deseo invitaros -y a través
de vosotros también a todos los hijos de la Iglesia católica- a una jornada
universal de plegaria por la paz en el Líbano. En Italia tendrá lugar el
próximo día 4 de octubre, fiesta litúrgica de San Francisco de Asís, el Santo
inerme y pacificador, que continúa invitando a todos los hombres a convertirse
en "instrumentos de paz", para que "allí donde hay odio, pongamos amor". Cada
Iglesia local tendrá la oportunidad de escoger el día más apropiado para esta
plegaria comunitaria, teniendo en cuenta el hecho de que el 22 de noviembre se
celebra la Fiesta nacional del Líbano.
Así, pues, junto a cuantos tendrán a bien unirse a nuestra iniciativa, la
Iglesia entera será una Iglesia en oración que implorará al Padre celestial la
paz y la salvación para el Líbano. Yo mismo, continúo encomendando al Señor la
realización de la visita pastoral que tengo la firme intención de llevar a
cabo a ese país, como ya anuncié el pasado 15 de agosto.
Cumpliendo esta acción espiritual, la Iglesia desea manifestar al mundo que el
Líbano es algo más que un país; es un mensaje de libertad y un ejemplo de
pluralismo tanto para Oriente como para Occidente.
7.
Quiero manifestar la solidaridad en la plegaria de todos sus hermanos a aquellos hijos de la Iglesia católica llamados hoy a vivir su fe y a dar
testimonio en un país devastado por pruebas tan crueles. Para ellos y con ellos
nosotros no solicitamos privilegio alguno; pedimos que continúe a asegurarse
para ellos el derecho no sólo de creer según la voz de su conciencia, sino
también de practicar su fe y de ser fieles a sus tradiciones culturales, al
igual que sus hermanos musulmanes, sin temer exclusión o discriminación alguna
en la misma patria.
Que todos los católicos compartan mi plegaria para pedir al Señor que inspire a
las partes en conflicto sinceros pensamientos de paz.
Queridos hermanos en el Episcopado, confío a vuestra solicitud pastoral la
preparación y la organización de esta jornada de oración por el Líbano. La
Iglesia no habrá permanecido en silencio. El Papa y los fieles habrán rezado,
hablado y actuado para que no sean cercenadas las raíces de la vida social y de
la cooperación entre los diversos grupos del Líbano.
La desaparición del Líbano, sin lugar a dudas, sería uno de los grandes
remordimientos del mundo. Su salvaguardia es una de las tareas más urgentes y
más nobles que el mundo actual debe asumir.
8. A Nuestra Señora de Harissa confiamos nuestras angustias y esperanzas.
¡Que Ella sostenga a los afligidos! ¡Que dé valor a los que trabajan por la
causa de la paz! ¡Que interceda ante su Hijo para que se encuentren soluciones
justas y equitativas a los problemas de los demás pueblos del Oriente Medio,
ellos también en busca de una vida segura de acuerdo con sus aspiraciones!
Al daros cita, queridos hermanos en el Episcopado, al igual que a los fieles
confiados a vuestro cuidado pastoral, para la plegaria comunitaria en favor del
Líbano y de todos sus hijos, suplico al "Dios de toda consolación, que nos
consuela en toda tribulación nuestra para poder nosotros consolar a los que
están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos
consolados por Dios» (2 Co 1, 3-4). Con mi bendición apostólica.
Vaticano, 7 de septiembre de 1989.
JOANNES PAULUS PP. II
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