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CARTA APOSTÓLICA
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
CON OCASIÓN DEL CENTENARIO
DE LA OBRA DE SAN PEDRO APÓSTOL

 

Venerables hermanos, queridos hijos e hijas:

¡Saludo y bendición apostólica!

1. En estos tiempos en que las Iglesias de reciente fundación ven que numerosos jóvenes responden a la llamada del Señor y se disponen a recibir la ordenación sacerdotal, es justo que todo el Pueblo de Dios celebre, en la alegría y en la acción de gracias, el centenario de la fundación de la Obra de San Pedro Apóstol para la promoción del clero autóctono y el desarrollo de los seminarios en las Iglesias locales de las tierras de misión.

En efecto, gracias a la colaboración de innumerables hermanos y hermanas llamados a trabajar para esta Obra, un gran número de vocaciones sembradas en las jóvenes Iglesias han podido germinar y producir frutos de gracia y salvación. Han sido construidos y equipados pequeños y grandes seminarios, así como casas de formación para la vida religiosa a fin de responder a los deseos de aquellos que querían consagrar radicalmente su vida a la proclamación del Evangelio.

¡Qué bellas páginas de la historia de la Iglesia han escrito en los diversos continentes los socios de la Obra de San Pedro Apóstol! ¡Cuántos sacerdotes, religiosos y religiosas han tenido, gracias a esta Obra, la alegría de seguir su vocación! Durante mis visitas pastorales a las Iglesias locales, es para mí motivo de alegría reunirme con los sacerdotes y seminaristas, los religiosos y las religiosas provenientes de estas comunidades.

2. El Concilio Vaticano II ha expresado acertadamente el sentimiento de la Iglesia ante esta realidad alentadora, en el documento que contiene las orientaciones esenciales para todos aquellos que participan en la actividad misionera: "La Iglesia agradece con inmenso gozo el don inestimable de la vocación sacerdotal que Dios ha concedido a tantos jóvenes entre los pueblos convertidos recientemente a Cristo. Porque la Iglesia echa raíces cada vez más firmes en cada grupo humano cuando las varias comunidades de fieles tienen de entre sus miembros los propios ministros de la salvación en el Orden de los Obispos, de los presbíteros y de los diáconos al servicio de los hermanos" (Ad gentes, 16).

Para que el Pueblo de Dios pueda dar testimonio ante la humanidad entera de la salvación de Jesucristo, muerto y resucitado por todos, es necesario que, en todas partes, los miembros de su Cuerpo estén unidos a su Cabeza por el ministerio de los obispos y de los sacerdotes. Aquellos que están al servicio de "Cristo, Maestro, Sacerdote y Rey, de cuyo ministerio participan, por el que la Iglesia se edifica incesantemente aquí, en la tierra, como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo" (Presbyterorum ordinis, 1).

El centenario que celebramos atrae de nuevo nuestra atención hacia el papel irreemplazable de los sacerdotes. Gracias a su ministerio, toda la comunidad funda su cohesión en la participación en el Sacrificio redentor de la Eucaristía, los dones misericordiosos del perdón y de la reconciliación se conceden en el sacramento de la penitencia, y los administradores de los misterios de Dios, unidos a los obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro, conducen a la asamblea de los fieles.

En la diversidad de las culturas y la unidad fundamental de toda la Iglesia, el ministerio sacerdotal puede ejercerse ahora del modo más apto a la idiosincrasia de cada pueblo. Queda aún mucho camino por recorrer para que el conjunto de las diócesis pueda disponer de suficientes sacerdotes autóctonos, y la presencia de los misioneros extranjeros es aún indispensable. Pero yo sé que estos últimos favorecen activamente la formación de sacerdotes de origen local, cuyo desarrollo es la mejor recompensa de sus esfuerzos apostólicos.

Otro signo estimulante que querría subrayar aquí es la gran disponibilidad de muchas jóvenes Iglesias, no sólo por ocuparse de su propia vida pastoral gracias a los sacerdotes llamados de entre sus hijos, sino también para participar a su vez en la misión de evangelización en el exterior, puesto que no dudan en enviar a otras tierras sacerdotes y religiosos o religiosas autóctonos de las primeras generaciones.

Es necesario subrayar aquí la parte que corresponde a la Obra de San Pedro Apóstol en este desarrollo. En efecto, desde el siglo pasado ha trabajado eficazmente para que todas las Iglesias puedan beneficiarse del ministerio de aquellos hijos que el Señor ha llamado. La Obra, aportando un apoyo espiritual y material a los pioneros del clero local, ha desempeñado un papel de primer plano, gracias a la participación generosa de innumerables fieles.

3. ¿Cómo no evocar, en este contexto, la figura de las dos fundadoras de la Obra, Jeanne Bigard y su madre Stéphanie, mujeres de gran corazón a quienes el Espíritu Santo hizo ver claramente la necesidad de un clero autóctono para la implantación de la Iglesia? Ellas comprendieron la llamada de Dios para consagrar sus recursos, sus energías, y toda su vida a la promoción del Evangelio por medio de la formación de los sacerdotes así como de hombres y mujeres consagrados, y supieron forjar con entusiasmo y tenacidad un instrumento apto para la realización de este noble propósito.

Jeanne Bigard, en particular, que se había ofrecido en holocausto a la voluntad de Dios, conoció en el curso de los años el misterio de la cruz que había presentido: "Sufriré mucho —escribía en 1903— pero si a este precio la pequeña semilla de mostaza debe germinar y crecer, yo sería culpable si lo rechazara". Desde luego, su generoso sacrificio ha sido fecundo. La Obra de San Pedro Apóstol le debe mucho, pues ella pudo desempeñar su papel y favorecer realmente el crecimiento del número de las vocaciones en las Iglesias jóvenes.

Me complace subrayar aquí el afecto de las señoras Bigard hacia la Sede Apostólica. Incluso el nombre que eligieron para la Obra naciente manifiesta su fidelidad hacia la Iglesia de Cristo. Desde León XIII, mis predecesores no han dejado de animar la Obra y con agrado han dado su bendición a las fundadoras y a todos los asociados, pues ellos apreciaban en esta iniciativa una cooperación preciosa para su misión pastoral de evangelización.

4. El Papa Pío XI, a quien se dio el título de "Papa de las Misiones", quiso consolidar aún más los fundamentos espirituales de la Obra, atribuyéndole una Patrona especial: proclamó protectora perpetua de la Obra de San Pedro Apóstol a Santa Teresa del Niño Jesús y del Santo Rostro, el 23 de julio de 1925, el mismo año de su canonización y dos años antes de declararla Patrona principal de las misiones de todo el mundo junto con San Francisco Javier.

La intuición fue profundamente precisa: por su testimonio y por su intercesión, Teresa puede inspirar y sostener esta Obra de gran importancia para el desarrollo de las Iglesias de reciente fundación.

La joven carmelita de Lisieux, cuando medita el sentido de su vocación, escribe: "A pesar de mi pequeñez, quisiera irradiar luz a las almas..., yo tengo la vocación de ser apóstol... Quisiera ser misionera... hasta la consumación de los siglos" (Manuscritos autobiográficos, B, 3). La Santa, para la que el "amor comprende todas las vocaciones" (Manuscritos autobiográficos, B, 3), solicita sin cesar la gracia de amar a Dios a fin de hacerlo amar. A un hermano espiritual, futuro misionero, confía con simplicidad su oración y su deseo más profundo: "Yo rezo por todas las almas que le serán confiadas... Desearía hacer en el cielo lo mismo que en la tierra: amar a Jesús y hacerlo amar" (Correspondencia general, carta al Abad Bellière, 220; pág. 952).

Teresa no pudo partir a tierras lejanas para cumplir su sueño misionero, pero, en la soledad del Carmelo, "ama por sus hermanos que combaten" (Manuscritos autobiográficos, B, 4); suplica al Señor "que todos aquellos que no están iluminados por la llama de la fe, finalmente puedan verla resplandecer" (Manuscritos autobiográficos, C, 6). Por eso quisiera que su sacrificio fuera total, y "acepta comer... el pan del dolor" (Manuscritos autobiográficos, C, 6).

Este día que la Iglesia celebra a Santa Teresa del Niño Jesús, en este año del centenario de la Obra de San Pedro Apóstol, quisiera animar a todos aquellos que se asocian a ella a meditar sobre la espiritualidad misionera de la Santa Patrona y a darla a conocer a los numerosos hermanos y hermanas cuya generosidad es necesaria para proseguir la labor.

Ellos responderán también a las orientaciones esenciales que da el Concilio Vaticano II en el preámbulo del decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia: "Este santo Concilio... desea delinear los principios de la actividad misional y reunir las fuerzas de todos los fieles para que el Pueblo de Dios, caminando por el estrecho sendero de la cruz, extienda por todo el mundo el Reino de Cristo, Señor, que preside los siglos (cf. Si 36, 19) y prepare los caminos a su venida" (Ad gentes, n. l).

5. Cien años después de su fundación, la Obra de San Pedro Apóstol está lejos de haber acabado su misión. Si las jóvenes Iglesias ven aumentar felizmente el número de las vocaciones sacerdotales y religiosas surgidas en su seno, el grito oído por el Apóstol Pablo: "Pasa a Macedonia y ayúdanos" (Hch 16, 9), no dejará de resonar entre los ministros del Evangelio, de todas partes del mundo, mientras el número de los bautizados no crezca al mismo ritmo que la población del globo.

La invitación de Cristo nos concierne a todos y nos interpela con fuerza. El Vaticano II ha subrayado claramente el carácter comunitario de la misión por la cual Cristo pidió que se rezara al Señor de la viña: "La comunidad local no debe fomentar sólo el cuidado de sus propios fieles, sino preparar también, imbuida de celo misional, para todos los hombres, el camino hacia Cristo" (Presbyterorum ordinis, 6).

Teniendo en cuenta la amplitud de la tarea que compete a los sacerdotes y a los religiosos en el mundo actual, y considerando las múltiples dificultades que encuentran en el apostolado, es preciso cultivar, consolidar y formar las vocaciones suscitadas por Dios. Y esta labor corresponde sobre todo a los seminarios menores y mayores. Estas instituciones tienen necesidad de la cooperación generosa de todos los fieles para poder dar a los candidatos al sacerdocio la formación equilibrada que necesitan. El crecimiento del clero autóctono podría detenerse a causa de la insuficiencia de los recursos disponibles. Según el testimonio de numerosos obispos de los países de misión, más de una diócesis hoy día correría el peligro de ver reducida su esperanza de contar con un clero autóctono, si no gozara de la ayuda aportada por la Obra de San Pedro Apóstol. No cerremos nuestro corazón: ¡lo que hemos recibido de su bondad, démoslo también nosotros con alegría!

6. Espero que se lleven a cabo iniciativas encaminadas a despertar la atención y el interés del Pueblo de Dios sobre el don de la fe que se transmite de generación en generación en la Iglesia por la gracia de Dios y el testimonio de los fieles.

En este campo conviene mencionar, para rendirles el homenaje que se merecen, a las numerosas mujeres de todas las condiciones —solteras, madres de familia, viudas o abuelas— que desempeñan un papel primordial no sólo en la transmisión de la fe sino también en la continuidad de la Obra hoy, pues son las principales colaboradoras y frecuentemente gracias a ellas se perpetúa el sentido de la Iglesia misionera en las familias cristianas.

Por su parte, los jóvenes de todo el mundo, que superan fácilmente las fronteras, y que saben actuar como hermanos, han de aportar la contribución de su sentido de la solidaridad y de la comunidad; han de descubrir y hacer descubrir a sus mayores lo que la vitalidad de la Iglesia debe al sacerdocio en cada pueblo.

El centenario de la Obra de San Pedro Apóstol debe ser un llamamiento lanzado a toda la Iglesia para que reconozca la grandeza de la vocación sacerdotal y religiosa, y también la urgente necesidad de ministros de Dios preparados para entregar generosamente su vida entera al anuncio del Evangelio, con la fe y la disponibilidad de la Virgen María, "la estrella de la evangelización", porque Ella es la "Sierva del Señor". Desde sus comienzos, la Obra de San Pedro Apóstol pedía a sus miembros que invocaran cada día a la Virgen bajo la advocación "María, Reina de los Apóstoles". En este nuevo Adviento de la Iglesia que se encamina hacia su tercer milenio, como Santa Teresa del Niño Jesús, sigamos orando a la Virgen María bajo la misma advocación, para que suscite en la Iglesia muchos apóstoles y discípulos de su Hijo Jesús.

¡Que la bendición de Dios sea la recompensa para todos aquellos que se asocian a la Obra de San Pedro Apóstol y para todos aquellos cuya vocación favorece!

Dado en el Vaticano, el 1 de octubre de 1989, festividad de Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, en el undécimo año de mi pontificado.

IOANNES PAULUS PP. II

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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