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CARTA APOSTÓLICA DEL
SANTO PADRE JUAN PABLO II EN EL XVII CENTENARIO DEL BAUTISMO DEL PUEBLO
ARMENIO
1. "Dios,
admirable y siempre providente, según tu presciencia, has dado inicio a la
salvación de los armenios".
El antiguo himno litúrgico, que canta la iniciativa de Dios en la evangelización
de vuestro noble pueblo, amadísimos hermanos y hermanas, brota de mi corazón
colmado de gratitud en este feliz aniversario, en el que celebráis el XVII
centenario del encuentro de vuestros antepasados con el cristianismo. La Iglesia
católica entera se alegra al recordar el providencial baño bautismal, gracias
al cual vuestra noble y querida nación comenzó definitivamente a formar parte
del grupo de pueblos que han acogido la vida nueva en Cristo.
"Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo" (Ga
3, 27). Estas palabras del apóstol san Pablo revelan la singular novedad que da
al cristiano el hecho de haber recibido el bautismo. En efecto, en este
sacramento el hombre es incorporado a Cristo, de forma que puede afirmar con
confianza: "Ya no soy yo quien vivo, sino que es Cristo quien vive en
mí" (Ga 2, 20). Este encuentro personal e irrepetible regenera,
santifica y transforma al ser humano, haciéndolo un perfecto adorador de Dios y
templo vivo del Espíritu Santo. El bautismo, injertando al discípulo en la
verdadera vid que es Cristo, lo convierte en un sarmiento capaz de producir
fruto. Hecho hijo en el Hijo, llega a ser heredero de la felicidad eterna
preparada desde el origen del mundo.
Por consiguiente, todo bautismo es un acontecimiento marcado por el encuentro de
amor entre Cristo Señor y la persona humana, en el misterio de la libertad y de
la verdad. Es un acontecimiento que entraña una dimensión eclesial, como
sucede en todos los sacramentos: la incorporación a Cristo conlleva también
la incorporación a la Iglesia, Esposa del Verbo, Madre inmaculada y afectuosa.
Al respecto afirma el apóstol san Pablo: "En un solo Espíritu hemos
sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo" (1 Co 12,
13).
Esta incorporación a la Iglesia resulta especialmente evidente en la historia
de algunos pueblos, para los que la conversión ha sido un hecho comunitario,
vinculado a acontecimientos o circunstancias particulares. Cuando sucede eso, se
habla de "bautismo de un pueblo".
2. Hace diecisiete siglos, amadísimos hermanos y hermanas del pueblo
armenio, tuvo lugar para vosotros esta conversión común a Cristo. Ese evento
marcó profundamente vuestra identidad; no sólo la identidad personal, sino
también la comunitaria, pues con razón se puede hablar de "bautismo"
de vuestra nación, aunque en realidad la penetración del cristianismo en
vuestra tierra había comenzado mucho tiempo antes. La tradición atribuye sus
inicios a la predicación y a la labor de los mismos apóstoles san Tadeo y san
Bartolomé.
Con el "bautismo" de la comunidad armenia, comenzando por sus
autoridades civiles y militares, nació una identidad nueva del pueblo, que
llegaría a ser parte constitutiva e inseparable del mismo ser armenio. Desde
entonces ya no será posible pensar que, entre los componentes de esa identidad,
no figure la fe en Cristo, como constitutivo esencial. Más aún, la misma
cultura armenia recibirá del anuncio del Evangelio un impulso de extraordinario
vigor: la "armenidad" dará una connotación profundamente
característica a ese anuncio y, al mismo tiempo, este anuncio será una fuerza
propulsora para un desarrollo sin precedentes de la misma cultura nacional.
También la invención del alfabeto armenio, hecho determinante para la
estabilidad y definitividad de la identidad cultural del pueblo, estará íntimamente
vinculada al "bautismo" de Armenia y, antes que como un instrumento de
comunicación de conceptos y noticias, será querida y concebida como un auténtico
medio de evangelización. El nuevo alfabeto, obra de san
Mesrop-Masthoc", en colaboración con el santo Catholicós Sahak,
permitió a los armenios aprovechar las mejores líneas de la espiritualidad, de
la teología y de la cultura de los sirios y los griegos, y fundir todo ello de
modo original con la aportación de la especificidad de su genio.
3. La conversión de Armenia, que tuvo lugar en los albores del siglo IV y
que tradicionalmente se sitúa en el año 301, dio a vuestros antepasados la
conciencia de ser el primer pueblo oficialmente cristiano, mucho antes de que el
cristianismo fuera reconocido como religión propia del imperio romano.
Fue sobre todo el historiador Agatángelo quien, en un relato lleno de
simbolismo, narra detalladamente los hechos que la tradición coloca en el
origen de esa conversión de todo vuestro pueblo. El relato comienza con el
encuentro providencial y dramático de dos héroes que están en la raíz de los
acontecimientos: Gregorio, hijo del parto Anak, criado en
Cesarea de Capadocia, y el rey armenio Tirídates III. En realidad,
al inicio se trató de un enfrentamiento: Gregorio, a quien el rey ordenó
ofrecer un sacrificio a la diosa Anahit, se negó radicalmente,
explicando al soberano que uno solo es el creador del cielo y de la tierra, el
Padre de nuestro Señor Jesucristo. Gregorio, sometido por ello a crueles
tormentos y asistido por la fuerza de Dios, no se doblegó. El rey, al ver su
inquebrantable constancia en la confesión cristiana, mandó que lo arrojaran a
un pozo profundo, un lugar estrecho y oscuro, infestado de serpientes, donde
antes nadie había sobrevivido. Pero Gregorio, alimentado por la Providencia a
través de la mano piadosa de una viuda, permaneció muchos años en ese pozo
sin morir.
El relato prosigue refiriendo los intentos que mientras tanto realizaba el
emperador romano Diocleciano para seducir a la santa virgen Hrip'sime, la
cual, para evitar el peligro, huyó de Roma con un grupo de compañeras,
buscando refugio en Armenia. La belleza de la joven atrajo la atención del rey
Tirídates, que se enamoró de ella y quiso hacerla suya. Frente al obstinado
rechazo de Hrip'sime, el rey se enfureció y mandó que la mataran a ella
y a sus compañeras con crueles suplicios. Según la tradición, como castigo
por ese horrendo delito, Tirídates se transformó en un jabalí salvaje, y ya
no pudo recuperar su figura humana, salvo cuando, obedeciendo a una indicación
del cielo, liberó a Gregorio del pozo en el que había permanecido durante
trece años. Obtenido el prodigio de volver a tener figura humana por la
oración del santo, Tirídates comprendió que el Dios de Gregorio era el
verdadero y decidió convertirse, juntamente con su familia y el ejército, y
promover la evangelización del país entero. Así los armenios fueron
bautizados y el cristianismo se impuso como religión oficial de la nación.
Gregorio, que mientras tanto había recibido en Cesarea la ordenación
episcopal, y Tirídates recorrieron el país, destruyendo los lugares de culto
de los ídolos y construyendo templos cristianos.
A raíz de una visión del Hijo unigénito de Dios encarnado, se construyó
luego una iglesia en Vagharshapat, que, por ese prodigioso evento, tomó
el nombre de Echmiadzin, es decir, lugar donde "el Unigénito
descendió". Los sacerdotes paganos fueron instruidos en la nueva religión
y se convirtieron en ministros del nuevo culto, mientras que sus hijos
constituyeron el núcleo del clero y del sucesivo monacato.
Gregorio se retiró pronto al desierto para llevar vida eremítica, y el hijo más
joven Aristakes fue ordenado obispo y constituido cabeza de la Iglesia
armenia. En calidad de tal, participó en el concilio de Nicea. El historiador
armenio conocido con el nombre de Moisés de Corene define a Gregorio
"nuestro progenitor y padre según el Evangelio"(1) y, para mostrar la
continuidad entre la evangelización apostólica y la del Iluminador, refiere la
tradición según la cual Gregorio habría tenido el privilegio de ser concebido
cerca de la sagrada memoria del apóstol Tadeo.
Los antiguos calendarios de la Iglesia aún indivisa lo celebran, tanto en
Oriente como en Occidente, el mismo día como apóstol incansable de verdad y
santidad. San Gregorio, padre en la fe de todo el pueblo armenio, también hoy
intercede desde el cielo para que todos los hijos de vuestra gran nación puedan
reunirse finalmente en torno a la única mesa preparada por Cristo, divino
Pastor de la única grey.
4. Esta narración tradicional, junto con aspectos legendarios, incluye
elementos de gran significado espiritual y moral. La predicación de la buena
nueva y la conversión de Armenia se fundan, ante todo, en la sangre de los
testigos de la fe. Los sufrimientos de Gregorio y el martirio de Hrip'sime
y de sus compañeras atestiguan que el primer bautismo de Armenia fue
precisamente un bautismo de sangre.
El martirio constituye un elemento constante en la historia de vuestro pueblo.
Su fe permanece indisolublemente unida al testimonio de la sangre derramada por
Cristo y por el Evangelio. Toda la cultura e incluso la espiritualidad de los
armenios están impregnadas de un sano orgullo por el signo supremo del don de
la vida en el martirio. Se escuchan los ecos de los gemidos por el sufrimiento
padecido en comunión con el Cordero inmolado por la salvación del mundo. Su
emblema es el sacrificio de Vardan Mamikonian y de sus compañeros que,
en la batalla de Avarayr (año 451) contra el sasánida Iazdegerd II,
que quería imponer al pueblo la religión mazdea, dieron la vida a fin de
permanecer fieles a Cristo y defender la fe de la nación. Como narra el
historiador Eliseo, en vísperas del enfrentamiento, a los soldados los
exhortaron a defender la fe con estas palabras: "Quienes creían que
el cristianismo era para nosotros como un vestido, ahora sabrán que no podrán
arrebatárnoslo, como no nos pueden quitar el color de la piel"(2). Se
trata de un testimonio elocuente del valor de esos creyentes: morir por
Cristo significaba para ellos participar en su pasión, afirmando los derechos
de la conciencia. No podía permitirse renegar de la fe cristiana, que el pueblo
consideraba como el bien supremo.
Desde entonces episodios análogos se han repetido muchas veces, hasta las
matanzas sufridas por los armenios en los últimos años del siglo XIX y
primeros del siglo XX, que culminaron en los trágicos acontecimientos de 1915,
cuando el pueblo armenio sufrió violencias inauditas, cuyas dolorosas
consecuencias son aún visibles en la diáspora a la que se han visto obligados
muchos de sus hijos. Es un recuerdo que no puede perderse. En diversas
ocasiones, durante el siglo que acaba de concluir, mis predecesores quisieron
rendir homenaje a los cristianos de Armenia, que perdieron la vida de forma
violenta(3). Yo mismo he querido recordar los sufrimientos padecidos por vuestro
pueblo: son los sufrimientos de los miembros del Cuerpo místico de Cristo
(4).
Los acontecimientos sangrientos, además de marcar profundamente el alma de
vuestro pueblo, han modificado muchas veces incluso la geografía humana, obligándolo
a continuas migraciones en todo el mundo. Es digno de admiración el hecho de
que, dondequiera que se han establecido los armenios, han llevado la riqueza de
sus valores morales y de sus estructuras culturales, indisolublemente unidas a
las eclesiales. Los cristianos armenios, guiados por la certeza de la ayuda
divina, han sabido repetir constantemente la oración de san Gregorio de Narek:
"Si mis ojos contemplan el espectáculo del doble riesgo en el día de la
miseria, ¡que vea tu salvación, oh próvida Esperanza! Si dirijo mi mirada a
las alturas, hacia el sendero terrible que lo abarca todo, ¡que me salga al
encuentro con dulzura tu ángel de paz!"(5). De hecho, la fe cristiana,
incluso en los momentos más trágicos de la historia armenia, ha sido el estímulo
que ha marcado el inicio del renacimiento del pueblo probado.
Así la Iglesia, siguiendo a sus hijos peregrinos por el mundo en busca
de paz y serenidad, ha constituido para ellos la verdadera fuerza moral,
llegando a ser, en muchos casos, la única institución a la que podían
hacer referencia, el único centro autorizado que sostuvo sus esfuerzos e inspiró
sus pensamientos.
5. Un segundo elemento de gran valor en vuestra atormentada historia,
queridos hermanos y hermanas armenios, es la relación entre evangelización y
cultura. El apelativo "Iluminador", con que se designa a san Gregorio,
pone muy bien de relieve su doble función en la historia de la conversión de
vuestro pueblo. En efecto, en el lenguaje cristiano, "iluminación" es
el término tradicional para indicar que, mediante el bautismo, el discípulo,
llamado por Dios de las tinieblas a su luz admirable (cf. 1 P 2, 9), está
inundado por el esplendor de Cristo, "luz del mundo" (Jn 8,
12). En él el cristiano encuentra el íntimo significado de su vocación
y de su misión en el mundo.
Pero el término "iluminación", en la acepción armenia, se enriquece
con un ulterior significado, pues indica también la difusión de la cultura a
través de la enseñanza, encomendada en particular a los monjes-maestros,
continuadores de la predicación evangélica de san Gregorio. Como subraya el
historiador Koriun, la evangelización de Armenia entrañó la victoria
sobre la ignorancia(6). Con la difusión de la alfabetización y del
conocimiento de las normas y de los mandatos de la sagrada Escritura, por fin el
pueblo pudo construir una sociedad gobernada de modo sabio y prudente. También Agatángelo
destaca que la conversión de Armenia implicó la emancipación de los cultos
paganos, que no sólo ocultaban al pueblo las verdades de la fe, sino que además
lo mantenían en una situación de ignorancia(7).
Por esta razón, la Iglesia armenia siempre ha considerado parte integrante de
su misión la promoción de la cultura y de la conciencia nacional y se ha
esforzado para que esa síntesis permanezca viva y fecunda.
6. La narración tradicional de los hechos vinculados a la conversión de
los armenios nos ofrece un motivo más de reflexión. En san Gregorio el
Iluminador y en las santas vírgenes resplandece la gran fuerza de la fe, que
impulsa a no ceder ante las tentaciones del poder y del mundo, y capacita para
resistir a los sufrimientos más atroces así como a las lisonjas más
seductoras. En el rey Tirídates se pueden ver las consecuencias que provoca el
alejamiento de Dios: el hombre pierde su dignidad, embruteciéndose, de
forma que queda prisionero de sus propios instintos. De todo el relato se
desprende una verdad importante: no existe una sacralidad absoluta del
poder, y de ninguna manera se puede admitir que quede justificado todo lo que
hace. Al contrario, se debe reconocer la responsabilidad personal de las propias
opciones: si estas son equivocadas, permanecen tales, aunque sea un rey
quien las realice. La humanidad se reconstituye en su integridad cuando la fe
desenmascara el pecado y el inicuo se convierte y vuelve a encontrar a Dios y su
justicia.
En los edificios cristianos, construidos en el lugar donde se rendía culto a
los ídolos, se refleja la verdadera identidad del cristianismo: recoge lo
que hay de naturalmente válido en el sentido religioso de la humanidad y, al
mismo tiempo, sabe proponer la novedad de una fe que no admite componendas. De
ese modo, edificando el pueblo santo de Dios, contribuye también a suscitar una
nueva civilización en la que se subliman los valores más auténticos del
hombre.
7. Mientras tienen lugar las celebraciones del XVII centenario de la
conversión de Armenia, mi pensamiento se eleva al Señor del cielo y de la
tierra, al que deseo expresar la gratitud de toda la Iglesia por haber suscitado
en el pueblo armenio una fe tan sólida y valiente, y por haber sostenido
siempre su testimonio.
De buen grado me uno a esta feliz conmemoración, para contemplar juntamente con
vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, el innumerable ejército de santos
que ha surgido en esa tierra bendita y ahora resplandece en la gloria del Padre.
Se trata de figuras que constituyen un rico tesoro para la Iglesia: son mártires,
confesores de la fe, monjes y monjas, hijos e hijas renacidos de la fecundidad
de la palabra de Dios. Entre esas figuras ilustres, quiero recordar aquí a san
Gregorio de Narek, que sondeó las profundidades tenebrosas de la
desesperación humana y vislumbró la luz fulgurante de la gracia, que también
en ella resplandece para el creyente, y a san Nerses Shnorhali, el
Catholicós que conjugó un extraordinario amor a su pueblo y a su tradición
con una clarividente apertura a las demás Iglesias, en un esfuerzo ejemplar de
búsqueda de la comunión en la plena unidad.
Al pueblo armenio quiero manifestar ante todo mi gratitud por su larga historia
de fidelidad a Cristo, fidelidad que ha conocido la persecución y el martirio.
Los hijos de la Armenia cristiana han derramado su sangre por el Señor, pero
toda la Iglesia ha crecido y se ha robustecido en virtud de su sacrificio. Si
hoy Occidente puede profesar libremente su fe, se debe en parte a los que se
inmolaron, haciendo de su cuerpo una defensa para el mundo cristiano, hasta sus
últimos confines. Su muerte fue el precio de nuestra seguridad: ahora
resplandecen vestidos con vestiduras blancas y cantan al Cordero el himno de
alabanza en la felicidad del cielo (cf. Ap 7, 9-12).
El patrimonio de fe y de cultura del pueblo armenio ha enriquecido a la
humanidad con tesoros de arte e ingenio, que ahora se hallan esparcidos por todo
el mundo. Mil setecientos años de evangelización hacen de esa tierra una de
las cunas de la civilización cristiana hacia la que se dirige, con gran
admiración, la veneración de todos los discípulos del Maestro divino.
Los armenios, embajadores de paz y laboriosidad, han recorrido el mundo y, con
el duro trabajo de sus manos, han dado una valiosa contribución para
transformarlo y hacerlo más cercano al proyecto de amor del Padre. El pueblo
cristiano se alegra de su presencia generosa y fiel, y les desea que encuentren
siempre simpatía y comprensión en todo el mundo.
8. Un pensamiento particular quiero dedicar, también, a cuantos están
comprometidos para que Armenia resurja del sufrimiento de tantos años de régimen
totalitario. El pueblo espera signos concretos de esperanza y solidaridad, y
estoy seguro de que el recuerdo agradecido de sus orígenes cristianos es para
todo armenio motivo de consuelo y de estímulo. Ojalá que la memoria viva de
los prodigios realizados por Dios entre vosotros, amadísimos fieles armenios,
os ayude a redescubrir en plenitud la dignidad del hombre, de todo hombre, de
cualquier condición, y os impulse a apoyar en bases espirituales y morales la
reconstrucción del país.
Formulo fervientes votos para que los fieles prosigan con valentía su
compromiso y sus ya notables esfuerzos, de forma que en la Armenia del futuro
vuelvan a florecer los valores humanos y cristianos de la justicia, la
solidaridad, la igualdad, el respeto, la honradez, la hospitalidad, que
están en la base de la convivencia humana. Si eso sucede, el jubileo del
pueblo armenio habrá producido plenamente su fruto.
Estoy seguro de que la celebración del XVII centenario del bautismo de vuestra
amada nación será un momento significativo y singular para continuar con empeño
el camino del diálogo ecuménico. Las ya cordiales relaciones entre la
Iglesia apostólica armenia y la Iglesia católica han recibido, en los últimos
decenios, un decisivo impulso también gracias a los encuentros de las más
altas autoridades de esa Iglesia con el Papa. No podemos olvidar, en este
contexto, las memorables visitas al Obispo y a la comunidad cristiana de Roma
que realizó Su Santidad Vazken I en 1970, el inolvidable Karekin I en
1996 y 1999, y la reciente de Karekin II. Además, la entrega a Su
Santidad Karekin II, en presencia del patriarca armenio-católico, de la
reliquia del padre de la Armenia cristiana, que yo mismo tuve la alegría de
realizar recientemente para la nueva catedral de Erevan, constituye una
confirmación ulterior del profundo vínculo que une a la Iglesia de Roma con
todos los hijos de san Gregorio el Iluminador.
Es un camino que debe continuar con confianza y valentía, para que todos seamos
cada vez más fieles al mandato de Cristo: ut unum sint! Desde esta
perspectiva, la Iglesia armenio-católica debe dar su decisiva contribución
"con la oración, con el ejemplo de vida, con la escrupulosa fidelidad a
las tradiciones orientales, con un mejor conocimiento mutuo, con la colaboración
y estima fraterna de las cosas y de los espíritus"(8).
Con los armenios y para los armenios presidiré dentro de pocos días una
solemne eucaristía de alabanza para dar gracias a Dios por el don de la fe que
han recibido, orando para que el Señor "congregue en la unidad a todos los
pueblos en su santa Iglesia, construida sobre el cimiento de los Apóstoles y de
los Profetas, y la conserve inmaculada hasta el día de su regreso"(9). En
esa celebración estarán presentes en la única mesa del Pan de vida los
hermanos y hermanas que ya viven en comunión plena con la Sede de Pedro y de
ese modo enriquecen a la Iglesia católica con su aportación insustituible.
Pero tengo un vivo deseo de que ese sagrado rito de acción de gracias abrace
idealmente a todos los armenios, dondequiera que se encuentren, para expresar
con una única voz la gratitud de cada uno a Dios por el don de la fe, en el
beso santo de la paz.
9. Mi pensamiento se dirige a la "Madre de la Luz, María, la Virgen
santísima, que engendró según la carne a la Luz que procede del Padre, y se
convirtió en la aurora del Sol de justicia"(10). Venerada con profundo
afecto con el título de Astvazazin (Madre de Dios), se encuentra
presente en todos los momentos de la atormentada historia de ese pueblo. Sobre
todo los textos litúrgicos y homiléticos abren de par en par los tesoros de la
devoción mariana que, a lo largo de los siglos, ha marcado la devoción filial
de los armenios a la Esclava del gran misterio de la salvación. Además de
hacer memoria diariamente en la divina liturgia y en todas las horas del Oficio
divino, la oración de la Iglesia prevé fiestas a lo largo del año que
recuerdan su vida y sus principales misterios. A ella los fieles se dirigen con
confianza, para pedirle que interceda ante su Hijo: "Templo de la Luz
sin sombras, tálamo inefable del Verbo, tú, que destruiste la triste maldición
de la madre Eva, implora a tu Hijo unigénito, que nos ha reconciliado con el
Padre, que aparte de nosotros cualquier turbación y conceda la paz a nuestras
almas"(11). María, Virgen del Perpetuo Socorro, es venerada como la Reina
de Armenia.
Fúlgida gloria, en el ejército de los santos armenios que han cantado a la
Madre de Dios, es sin duda san Gregorio de Narek, el gran Vardapet
(doctor) mariano de la Iglesia armenia, al que yo quise recordar también en la
encíclica Redemptoris Mater(12). Saluda a la santísima Virgen como
"Sede escogida de la voluntad de la Divinidad increada"(13). Que, con
sus palabras, se eleve la súplica de la Iglesia en fiesta, para que este
jubileo del bautismo de Armenia sea motivo de renacimiento y de alegría:
"Acoge
el canto de bendición de nuestros labios, y dígnate conceder a esta Iglesia los
dones y las gracias de Sion y de Belén, para que seamos dignos de participar
en la salvación, en el día de la gran manifestación de la gloria
indestructible del inmortal Salvador e Hijo tuyo, el Unigénito"(14).
Sobre
todo el pueblo armenio y sobre sus próximas celebraciones invoco la plenitud de
las bendiciones divinas, haciendo mía la expresión del historiador Agatángelo:
«Que ellos, dirigiendo estas palabras al Creador, digan: "tú eres
el Señor, Dios nuestro" y que él les diga: "Vosotros sois mi
pueblo"»(15), para gloria de la santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu
Santo. Amén.
Vaticano, 2 de febrero de 2001
Notas
1.
Historia de Armenia, Venecia
1841, p. 265.
2. Historia
de Vartan y de la guerra de los armenios contra los persas, cap. V,
Venecia 1840, p. 121.
3. Cf.
Benedicto XV, Discurso con ocasión del sagrado Consistorio (6 de diciembre de
1915): AAS VII (1915) 510; Carta a los gobernantes de los
pueblos beligerantes (1 de agosto de 1917): AAS IX (1917)
419; Pío XI, Discurso en el Consistorio para la beatificación de los
venerables Juan Bosco y Cosme de Carboniano (21 de abril de 1929): Discorsi
II, 64; carta encíclica Quinquagesimo ante (23 de diciembre de 1929):
AAS XXI (1929) 712; Pío XII, Discurso a los fieles armenios (13 de
marzo de 1946): Discorsi e messaggi VIII, 5-6.
4. Homilía
durante la liturgia divina en rito armenio (21 de noviembre de 1987), n. 3:
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de noviembre de
1987, p. 2; Discurso en la inauguración de la exposición Roma-Armenia (25 de
marzo de 1999), n. 2: L'Osservatore Romano, edición en
lengua española, 9 de abril de 1999, p. 5; Discurso con ocasión de la visita
de Su Santidad Karekin II (9 de noviembre de 2000): L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 17 de noviembre de 2000, p. 8.
5.
El libro de la lamentación, Palabra II, b, ed. Studium 1999, pp. 164-165.
6. Cf. Historia
de la vida de san Mesrob y del inicio de la literatura armenia, Venecia
1894, pp. 19-24.
7. Cf.
Agatángelo, Historia, 2, Venecia 1843, pp. 196-198.
8. Decreto
Orientalium Ecclesiarum del concilio Vaticano II sobre las Iglesia
orientales, 24.
9. Antiguo
"Cántico para todas las fiestas de santa María Virgen", en Laudes
et hymni ad SS. Mariae Virginis honorem ex Armeniorum Breviaro excerpta,
Venecia 1877, XVII, 118.
10. Catholicós
Isaac III, Himno para la fiesta de la santa Cruz, en Laudes et hymni
ad SS. Mariae Virginis honorem ex Armeniorum Breviaro excerpta, Venecia
1877, XIII, 88-89.
11. San
Nerses Shnorhali, Himno en honor de santa María Virgen, en tiempo de
Cuaresma, en Laudes et hymni ad SS. Mariae Virginis honorem ex Armeniorum
Breviaro excerpta, Venecia 1877, IX, 81.
12. Cf. Redemptoris
Mater, 31: AAS 79 (1987) 404.
13. Discurso
panegírico a la Bienaventurada Virgen María, Venecia 1904, pp. 16 y 24.
14. Ib.
15. Historia,
2, Venecia 1843, p. 200.
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