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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 9 de junio de 1993

 

La Eucaristía en la vida espiritual del presbítero

(Lectura:
1ra. carta de san Pablo a los Corintios, capítulo 1, versículos 15-17)

1. La mirada de los creyentes de todo el mundo se dirige en estos días hacia Sevilla, donde, como sabéis muy bien, se está celebrando el Congreso eucarístico internacional y a donde tendré el gozo de acudir el sábado y domingo próximos.

Al comienzo de este encuentro, en el que reflexionaremos sobre el valor de la Eucaristía en la vida espiritual del presbítero, os quiero dirigir una invitación paternal a uniros espiritualmente a esa grande e importante celebración, que nos llama a todos a una auténtica renovación de la fe y la devoción hacia la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Las catequesis que estamos desarrollando sobre la vida espiritual del sacerdote valen de manera especial para los presbíteros, pero se dirigen igualmente a todos los fieles, ya que conviene que todos conozcan la doctrina de la Iglesia acerca del sacerdocio y lo que ella espera de quienes, por su ordenación, han sido transformados según la imagen sublime de Cristo, eterno sacerdote y hostia santísima del sacrificio salvífico. Esa imagen quedó trazada en la Carta a los Hebreos y en otros textos de los Apóstoles y los evangelistas, y ha sido transmitida fielmente por la tradición de pensamiento y vida de la Iglesia. También hoy es necesario que el clero siga permaneciendo fiel a esa imagen, en la que se refleja la verdad viva de Cristo, sacerdote y hostia.

2. La reproducción de esa imagen en los presbíteros se realiza principalmente mediante su participación vital en el misterio eucarístico, al que está esencialmente ordenado y vinculado el sacerdocio cristiano. El concilio de Trento subrayó que el vínculo existente entre sacerdocio y sacrificio depende de la voluntad de Cristo, que dio a sus ministros "el poder de consagrar, ofrecer y administrar su cuerpo y su sangre" (cf. Denz-S. 1764). Eso implica un misterio de comunión con Cristo en el ser y en el obrar, que exige que se manifieste en una vida espiritual imbuida de fe y amor a la Eucaristía.

El sacerdote es plenamente consciente de que no le bastan sus propias fuerzas para alcanzar los objetivos del ministerio sino que está llamado a servir de instrumento para la acción victoriosa de Cristo, cuyo sacrificio, hecho presente en el altar, proporciona a la humanidad la abundancia de los dones divinos. Pero sabe también que, para pronunciar dignamente, en el nombre de Cristo, las palabras de la consagración: "Esto es mi cuerpo", "este es el cáliz de mi sangre", debe vivir profundamente unido a Cristo, y tratar de reproducir en sí mismo su rostro. Cuanto más intensamente viva de la vida de Cristo, tanto más auténticamente podrá celebrar la Eucaristía.

El concilio Vaticano II recordó que "señaladamente en el sacrificio de la misa, los presbíteros representan a Cristo" (Presbyterorum ordinis, 13) y que, por esto mismo, sin sacerdote no puede haber sacrificio eucarístico; pero también reafirmó que cuantos celebran este sacrificio deben desempeñar su papel en íntima unión espiritual con Cristo, con gran humildad, como ministros suyos al servicio de la comunidad: deben "imitar lo mismo que tratan, en el sentido de que, celebrando el misterio de la muerte del Señor, procuren mortificar sus miembros de vicios y concupiscencias" (ib.). Al ofrecer el sacrificio eucarístico, los presbíteros deben ofrecerse personalmente con Cristo, aceptando todas las renuncias y todos los sacrificios que exige la vida sacerdotal. También ahora y siempre con Cristo y como Cristo, sacerdos et hostia.

3. Si el presbítero siente esta verdad que se le propone a él y a todos los fieles como expresión del Nuevo Testamento y de la Tradición, comprenderá la encarecida recomendación del Concilio en favor de una "celebración cotidiana (de la Eucaristía), la cual, aunque no pueda haber en ella presencia de fieles, es ciertamente acto de Cristo y de la Iglesia" (ib.). Por esos años existía cierta tendencia a celebrar la Eucaristía sólo cuando había una asamblea de fieles. Según el Concilio, aunque es preciso hacer todo lo posible para reunir a los fieles para la celebración, es verdad también que aun estando solo el sacerdote, la ofrenda eucarística realizada por él en nombre de Cristo tiene la eficacia que proviene de Cristo y proporciona siempre nuevas gracias a la Iglesia. Por consiguiente, también yo recomiendo a los presbíteros y a todo el pueblo cristiano que pidan al Señor una fe más intensa en este valor de la Eucaristía.

4. El Sínodo de los obispos de 1971 recogió la doctrina conciliar, declarando: "Esta celebración de la Eucaristía, aun cuando se haga sin participación de fieles, sigue siendo, sin embargo, el centro de la vida de toda la Iglesia y el corazón de la existencia sacerdotal" (cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 12 de diciembre de 1971, p. 4).¡Gran expresión esta: "el centro de la vida de toda la Iglesia"! La Eucaristía es la que hace a la Iglesia, al igual que la Iglesia hace a la Eucaristía. El presbítero, encargado de edificar la Iglesia, realiza esta tarea esencialmente con la Eucaristía. Incluso cuando no cuenta con la participación de los fieles, coopera para reunir a los hombres en torno a Cristo en la Iglesia mediante la ofrenda eucarística.

El Sínodo afirma, también, que la Eucaristía es el corazón de la existencia sacerdotal. Eso quiere decir que el presbítero, deseoso de ser y permanecer personal y profundamente adherido a Cristo, lo encuentra ante todo en la Eucaristía, sacramento que realiza esta unión íntima abierta a un crecimiento que puede llegar hasta el nivel de una identificación mística.

5. También en este nivel, que han alcanzado muchos sacerdotes santos, el alma sacerdotal no se cierra en sí misma, precisamente porque en la Eucaristía participa de modo especial de la caridad de Aquel que se da en manjar a los fieles (Presbyterorum ordinis, 13); y, por tanto, se siente impulsada a darse a sí misma a los fieles, a quienes distribuye el Cuerpo de Cristo. Precisamente al nutrirse de ese Cuerpo, se siente estimulada a ayudar a los fieles a abrirse a su vez a esa misma presencia, alimentándose de su caridad infinita, para sacar del Sacramento un fruto cada vez más rico.

Para lograr este fin, el presbítero puede y debe crear el clima necesario para una celebración eucarística fructuosa: el clima de la oración. Oración litúrgica, a la que debe invitar y educar al pueblo. Oración de contemplación personal. Oración de las sanas tradiciones populares cristianas, que puede preparar, seguir y, en cierto modo, también acompañar la misa. Oración de los lugares sagrados, del arte sagrado, del canto sagrado, de las piezas musicales (especialmente con el órgano), que se encuentra casi encarnada en las fórmulas y los ritos, y todo lo anima y reanima continuamente, para que pueda participar en la glorificación de Dios y en la elevación espiritual del pueblo cristiano reunido en la asamblea eucarística.

6. El Concilio, además de la celebración cotidiana de la misa, recomienda también al sacerdote "el cotidiano coloquio con Cristo Señor en la visita y culto personal de la santísima Eucaristía" (Presbyterorum ordinis, 18). La fe y el amor a la Eucaristía no pueden permitir que Cristo se quede solo en el tabernáculo (cf. Catecismo de la Iglesia católica n. 1418). Ya en el Antiguo Testamento se lee que Dios habitaba en una tienda (o tabernáculo), que se llamaba "tienda del encuentro" (Ex 33, 7). El encuentro era anhelado por Dios. Se puede decir que también en el tabernáculo de la Eucaristía Cristo está presente con vistas a un coloquio con su nuevo pueblo y con cada uno de los fieles. El presbítero es el primer invitado a entrar en esta tienda del encuentro, para visitar a Cristo presente en el tabernáculo para un coloquio cotidiano.

Quiero, por último, recordar que el presbítero está llamado más que cualquier otra persona a compartir la disposición fundamental de Cristo en este sacramento, es decir, la acción de gracias, de la que toma su nombre. Uniéndose a Cristo, sacerdote y hostia, el presbítero comparte no sólo su oblación, sino también su sentimiento, su disposición de gratitud al Padre por los beneficios otorgados a la humanidad, a toda alma, al presbítero mismo, a todos los que en el cielo y en la tierra son admitidos a tomar parte en la gloria de Dios. Gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam...Así, a las expresiones de acusación y protesta contra Dios —que a menudo se escuchan en el mundo—, el presbítero opone el coro de alabanzas y bendiciones, que elevan quienes saben reconocer en el hombre y en el mundo los signos de una bondad infinita.

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Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Saludo ahora muy cordialmente a todos los peregrinos y visitantes de lengua española. En particular, a las religiosas Claretianas y de María Inmaculada aquí presentes, así como a la Hermandad de San Pedro, de Estepa (Sevilla) y a los integrantes de la peregrinación procedente de Panamá.

A todos imparto con gran afecto la bendición apostólica

 

 

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