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CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN LA BASÍLICA DE SANTA MARÍA LA MAYOR

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Viernes 8 de diciembre de 1978

 

1. Mientras cruzo el umbral de la basílica de Santa María la Mayor. por primera vez, como Obispo de Roma, se me presenta ante los ojos el acontecimiento que viví aquí, en este mismo lugar, el 21 de noviembre de 1964. Era la clausura de la III Sesión del Concilio Vaticano II, después de la solemne proclamación de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, que comienza con las palabras Lumen gentium (Luz de las gentes). Ese mismo día el Papa Pablo VI había invitado a los padres conciliares a encontrarse precisamente aquí, en el más venerado templo mariano de Roma, para manifestar el gozo y la gratitud por la obra terminada en aquel día.

La Constitución Lumen gentium es el documento principal del Conci­lio. documento "clave" de la Iglesia de nuestro tiempo, piedra angular de toda la obra de renovación que el Vaticano II emprendió y de la que trazó las directrices.

El último capítulo de esta Cons­titución lleva como título: "La Santísima Virgen María Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia". Pablo VI, hablando aquella mañana en la basílica de San Pedro, con el pensamiento fijo en la importancia de la doctrina expresada en el último capítulo de la Constitución Lumen gentium. llamó por primera vez a María "Madre de la Iglesia". La llamó así de modo solemne, y comenzó a llamarla con este nombre, con este título; pero, sobre todo, a invocarla para que participase como Madre en la vida de la Iglesia, de esta Iglesia que, durante el Concilio, tomó conciencia más profunda de su propia naturaleza y de su propia misión.

Para dar mayor realce a la citada expresión, Pablo VI, junto con los padres conciliares, vino precisamente aquí, a la basílica de Santa María la Mayor, donde desde hace tantos siglos María está rodeada de particular veneración y amor, bajo la advocación de Salus Populi romani.

2. También yo vengo aquí, siguiendo las huellas de este gran predecesor, que fue para mí un verdadero padre. Después del solemne acto de la plaza de España, cuya tradición se remonta al 1856, llego aquí secundando la cordial invitación que me hicieron el eminentísimo arcipreste de esta basílica, el cardenal Confalonieri, Decano del Sacro Colegio, y el cabildo entero.

Pero pienso que, juntamente con él, me invitan a venir aquí todos mis predecesores en la Cátedra de San Pedro: el Siervo de Dios Pío XII, el Siervo de Dios Pío IX; todas las generaciones de romanos; todas las generaciones de cristianos y todo el Pueblo de Dios. Parecen decirme: ¡Ve! Honra el gran misterio escondido desde la eternidad en Dios mismo. ¡Ve, y da testimonio de Cristo, Salvador nuestro, Hijo de María! Ve, y anuncia este momento tan especial; el momento que señala en la historia el rumbo nuevo de la salvación del hombre.

Este momento decisivo en la historia de la salvación es precisamente la "Inmaculada Concepción". Dios en su amor eterno eligió desde la eternidad al hombre: lo eligió en su Hijo. Dios eligió al hombre para que pueda alcanzar la plenitud del bien, mediante la participación en su misma vida: Vida divina, a través de la gracia. Lo eligió desde la eternidad, e irreversiblemente. Ni el pecado original, ni toda la historia de culpas personales y de pecados sociales han podido disuadir al Eterno Padre de este plan de amor. No han podido anular la elección de nosotros en el Hijo, Verbo consustancial al Padre. Porque esta elección debía tomar forma en la Encarnación y porque el Hijo de Dios debía hacerse hombre por nuestra salvación; precisamente por eso el Padre Eterno eligió para El, entre los hom­bres, a su Madre. Cada uno de nosotros es hombre por ser concebido y nacer del seno materno. El Padre Eterno eligió el mismo camino para la humanidad de su Hijo Eterno. Eligió a su Madre del pueblo al que, desde siglos, había confiado particularmente sus misterios y promesas. La eligió de la estirpe de David y al mismo tiempo de toda la humanidad. La eligió de estirpe real y a la vez de entre la gente pobre.

La eligió desde el principio, desde el primer momento de su concepción, haciéndola digna de la maternidad divina, a la que sería llamada en el tiempo establecido. La hizo la primera heredera de la santidad de su propio Hijo. La primera entre los redimidos con su Sangre, recibida de Ella, humanamente hablando. La hizo inmaculada en el momento mismo de la concepción.

La Iglesia entera contempla hoy el misterio de la Inmaculada Concepción y se alegra en él. Este es un día singular en el tiempo de Adviento.

3. La Iglesia romana exulta con este misterio y yo, como nuevo Obispo de esta Iglesia, participo por vez primera de tal alegría.

Por eso deseaba tanto venir aquí, a este templo, donde desde hace siglos María es venerada corno Salus Populi romani. Este título, esta advocación, ¿no nos dice, quizá, que la salvación (salus) ha sido herencia singular del Pueblo romano (Populi rornani)? ¿No es ésta, quizá, la salvación que Cristo nos ha traído y que Cristo, El sólo, nos trae constantemente? Y su Madre, que precisamente como Madre, ha sido redimida de modo excepcional "más eminente" (Pablo VI, Credo), por El, su Hijo, ¿no está llamada Ella, quizá —por El, su Hijo—, de modo más explícito, sencillo y poderoso a la vez, a participar en la salvación de los hombres, del Pueblo romano, de toda la humanidad?

María está llamada a llevar a todos al Redentor. A dar testimonio de El, aun sin palabras, sólo con el amor, en el que se manifiesta "la índole de la madre". A acercar incluso a quienes oponen más resistencia, para los que es más difícil creer en el amor; que juzgan al mundo como un gran campo "de lucha de todos contra todos" (como ha dicho uno de los filósofos del pasado). Está llamada para acercar a todos, es decir, a cada uno, a su Hijo. Para revelar el primado del amor en la historia del hombre. Para anunciar la victoria final del amor. ¿Acaso no piensa la Iglesia en esta victoria cuando nos recuerda hoy las palabras del libro del Génesis: "Este (el linaje de la mujer) aplastará la cabeza de la serpiente" (cf. Gén 3, 15)?

4. Salus Populi romani!

El nuevo Obispo de Roma cruza hoy el umbral del templo mariano de la Ciudad Eterna, consciente de la lucha entre el bien y el mal, que invade el corazón de cada hombre, que se desarrolla en la historia de la humanidad y también en el alma del "pueblo romano". He aquí lo que a este respecto nos dice el último Concilio: "Toda la historia humana está invadida por una tremenda lucha contra el poder de las tinieblas que, iniciada desde el principio del mundo, durará hasta el último día, como dice el Señor. Metido en esta batalla el hombre debe luchar sin tregua para adherirse al bien, y no puede conseguir su ínti­ma unidad sino a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de Dios" (Gaudium et spes, 37).

Y por esto el Papa, en los comienzos de su servicio episcopal en la Cátedra de San Pedro en Roma, desea confiar la Iglesia de modo particular a Aquella en quien se ha cumplido la estupenda y total victoria del bien sobre el mal, del amor sobre el odio, de la gracia sobre el pecado; a Aquella de quien dijo Pablo VI que es "inicio del mundo mejor", a la Inmaculada. El Papa confía a la Virgen su propia persona, como siervo de los siervos, y le confía a todos a quienes sirve y a todos los que sirven con él. Le confía la Iglesia romana, como prenda y principio de todas las Iglesias del mundo, en su universal unidad. ¡Se la confía y se la ofrece como propiedad suya!

Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia (Soy todo tuyo, y todas mis cosas tuyas son. Sé Tú mi guía en todo).

Con este sencillo y a la vez solemne acto de ofrecimiento, el Obispo de Roma, Juan Pablo II, desea reafirmar una vez más su propio servicio al Pueblo de Dios, que no puede ser otra cosa que la humilde imitación de Cristo y de Aquella que dijo de Sí misma: "He aquí a la sierva del Señor" (Lc 1, 38).

Sea este acto signo de esperanza, como signo de esperanza es el día de la Inmaculada Concepción sobre la perspectiva de todos los días de nuestro Adviento.


Palabras del Papa desde el balcón central de la basílica

Quiero agradecer al cardenal arcipreste de la basílica, Carlo Confalonieri la invitación que me ha hecho, y quiero deciros que me siento conmovido y os agradezco el que hayáis participado en este encuentro, no obstante la lluvia. Pero la lluvia está prevista por la liturgia misma del Adviento: Rorate coeli desuper... Menos mal que la mayoría tenéis paraguas.

Ahora una breve visita al Seminario Lombardo y luego regreso al Vaticano. Hasta la próxima vez. Alabado sea Jesucristo y la Virgen Inmaculada.

 

© Copyright 1978 - Libreria Editrice Vaticana

 

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