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FUNERAL DEL CARDENAL JEAN VILLOT,
SECRETARIO DE ESTADO
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD JUAN PABLO II
Martes 13 de marzo de 1979
Queridísimos hermanos e hijos:
1. Estamos aquí reunidos en torno al féretro de nuestro hermano. Se ha ido así
inesperadamente. Apenas hace una semana era difícil pensar que habría de
dejarnos, que su hora estuviese tan cercana. Era difícil pensarlo. Parecía aún
lleno de vida y de fuerzas —claro está, en la medida de su edad—, pero parecía
lleno... Nos sentimos muy apenados cuando supimos por los médicos que, a pesar
de estas apariencias, el organismo estaba agotado e indefenso.
Nos ha dejado. Lo ha llamado el Señor de la vida. "Dios para quien todo
vive...".
En este momento, ante su féretro, nos unimos en torno al altar. Celebramos el
Santísimo Sacrificio. Nosotros que hemos vivido cada día tan cercanos a él.
Nuestra liturgia presente, esta concelebración es, en cierto sentido, una
continuación de todos los días pasados con él, de todos los encuentros, de las
conversaciones, de la colaboración.
2. Los cardenales y yo recodarnos bien todavía cuanto él, como Camarlengo de la
Santa Iglesia Romana, nos dijo en dos circunstancias solemnes, durante la
celebración de la Misa votiva del Espíritu Santo pro eligendo Summo Pontifice.
Dos veces: primero, después de la muerte del Papa Pablo VI y, luego,
transcurridas apenas pocas semanas, después de la muerte del Papa Juan Pablo
I. Habló aquí, en este mismo lugar. Recordemos lo que él decía:
«En este momento importante y delicado, padres eminentísimos, la sagrada
liturgia nos reúne a todos y nos hace orar por la elección del Papa, a la que
vamos a proceder con la ayuda del Señor. Sabemos que, según su inefable promesa,
Jesús está en medio de nosotros... Viene espontáneamente el pensamiento,
padres eminentísimos, de que Jesús se dirige de forma particular a nosotros en
esta hora solemne del Cónclave, como lo hizo con los Apóstoles reunidos en el
Cenáculo; de que fija su mirada en nuestros ojos, en cada uno de nosotros,
pidiéndonos correspondencia total (dentro de los límites, claro está, de
nuestra debilidad humana) a su voluntad, a su amor preveniente, mediante una
unión más profunda con El, una caridad fraterna más auténtica entre nosotros, y
sobre todo una fidelidad de convencidos en la realización de la tarea que nos
ha sido encomendada».
Y de nuevo el 14 de octubre siguiente, comentando la palabra de Jesús:
«Nadie
tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15, 13), él
observaba: «Reflexionemos, hermanos, que la vida, todos nosotros
—ciertamente— pero de modo especialísimo el que elegiremos, tenemos que darla
por la multitud de los redimidos "para que se hagan amigos de Cristo". Toda la
misión mística de la Iglesia está encerrada en este concepto; y dado que Dios se
sirve de los hombres como instrumentos ordinarios, claramente se ve qué
espíritu debe animar a los que El escoge para ejercitar una función de Pastor y
de Guía, y dar a conocer por vez primera el mensaje evangélico. Nosotros
mismos, que con todas nuestras imperfecciones queremos considerarnos amigos
suyos, lo seremos sólo y exclusivamente en virtud de su muerte».
Preparó dos veces el Cónclave juntamente con todo el Colegio de Cardenales.
Fue Secretario de Estado del Papa Pablo VI, y a continuación de Juan Pablo I.
Después de mi elección, él manifestó su propia disponibilidad para dejar este
cargo. Pero le pedí que permaneciera al menos por algún tiempo, y se quedó. Ha
servido a la Iglesia con su experiencia, con su consejo, con su competencia.
Por esto le estoy agradecido. Y no puedo menos de expresar mi pesar porque
esta cooperación se haya interrumpido de improviso.
3. En este momento es difícil considerar toda la vida del difunto. Nuestros
encuentros frecuentes arrancan del tiempo del Concilio Vaticano II, en el que
fue muy activo en su calidad de subsecretario. A raíz de la muerte de su
predecesor, fue llamado a la sede arzobispal de Lión, e ingresó además en el
Colegio de Cardenales. Después del Concilio le fue dirigida la invitación para
entrar al servicio directo de la Santa Sede como Prefecto de la Sagrada
Congregación para el Clero. En mayo de 1969 el Papa Pablo VI lo llamó a la
función de Secretario de Estado.
Llevó a este puesto-clave la experiencia pastoral de obispo, y antes aún la de
sacerdote, madurada en largos años de servicio a la Iglesia en Francia, que se
gloría con el título de "hija primogénita de la Iglesia universal".
Los biógrafos nos mostrarán en el futuro la vida y la obra del cardenal
Jean Villot en toda su plenitud. Hoy nos sea permitido repetir sólo las palabras
del Evangelio: «Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará
también mi servidor; si alguno me sirve, mi Padre le honrará» (Jn 12, 26).
Precisamente así. Sólo esto es lo único importante, más aún, esto es lo
esencial. Ha seguido a Cristo. Fue siempre allá adonde le llamó. Ha servido.
La medida de toda su vida está en este servicio.
4. La medida de la vida. Sí. Esta vida tiene ya su medida. Ya se ha cumplido, ha
llegado a su término. Nosotros nos encontrarnos en presencia de este
cumplimiento. Y en esto consiste la grandeza del momento que ahora vivimos; la
dignidad de este encuentro en el que se cumplen para nuestro hermano las
palabras del Señor: «Si el grano de trigo cae en tierra... y muere, llevará
mucho fruto» (Jn 12, 24). Sólo entonces. Cuando muere... Es preciso morir
para que la vida del hombre dé fruto pleno. Ha llegado la hora en que la vida
del cardenal Jean Villot puede producir su fruto pleno en Dios. Nunca la vida
del hombre, en sus dimensiones terrestres, puede dar fruto semejante; y es un
fruto que supera la vida, exclamando: «Yo sé que mi Redentor vive», así como
exclamó Job en su prueba (cf. Job 19, 25).
5. La muerte es siempre la experiencia última del hombre, y es inevitable. Una
experiencia difícil, frente a la cual el alma humana siente miedo. ¿No dijo el
mismo Cristo: «Ahora mi alma se siente turbada. ¿Y qué diré? ¿Padre, líbrame de
esta hora?». Y añadió enseguida: «¡Mas para esto he venido yo a esta hora!
Padre, glorifica tu nombre» (Jn 12, 27-28)?
¡Padre, glorifica!
¡Queda aquel último grito del alma, tan contrastante con la experiencia de la
muerte, con la experiencia de la destrucción del cuerpo, en el que «la creación
entera hasta ahora gime y sufre» (Rom 8, 22)! Sin embargo, gimiendo y sufriendo
los dolores de la muerte, no deja de esperar «con impaciencia la manifestación
de los hijos de Dios» (ib., 8, 19). Y sabemos «que los padecimientos del tiempo
presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en
nosotros» (ib., 8, 18).
También nosotros, pues, ante este féretro, en el espíritu de la particular
comunión que nos unía, demos expresión a estos deseos:
¡Padre, perdona! ¡Padre, absuelve! ¡Padre, purifica! Purifica en la medida de
la santidad de tu rostro.
Y finalmente: ¡Padre, glorifica!
Con esta humildad, pero al mismo tiempo con todo el realismo de nuestra fe y
esperanza, elevamos esta plegaria junto al féretro de nuestro hermano, cardenal
Jean Villot, Secretario de Estado.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice
Vaticana
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