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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE
SAN JOSÉ
EN EL BARRIO "FORTE BOCCEA"
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Domingo 18 de marzo de 1979
1. «La casa de mi Padre».
Hoy Cristo pronuncia estas palabras en el umbral del templo de Jerusalén.
Se presenta sobre este umbral para "reivindicar" frente a los hombres la casa de
su Padre, para reclamar sus derechos sobre esta casa. Los hombres hicieron de
ella una plaza de mercado. Cristo los reprende severamente; se pone
decididamente contra tales desviaciones. El celo por la casa de Dios lo devora
(cf. Jn 2, 17), por esto El no duda en exponerse a la malevolencia de los
ancianos del pueblo judío y de todos los que son responsables de lo que se ha
hecho contra la casa de su Padre, contra el templo.
Es memorable este acontecimiento. Memorable la escena. Cristo, con las palabras
de su ira santa, ha inscrito profundamente en la tradición de la Iglesia la ley
de la santidad de la casa de Dios. Pronunciando esas palabras misteriosas que
se referían al templo de su cuerpo: «Destruid este templo, y en tres días lo
levantaré» (Jn 2, 19), Jesús ha consagrado de una sola vez todos los templos del
Pueblo de Dios. Estas palabras adquieren una riqueza de significado totalmente
particular en el tiempo de Cuaresma cuando, meditando la pasión de Cristo y su
muerte —destrucción del templo de su cuerpo—, nos preparamos a la solemnidad de
la Pascua, esto es, al momento en que Jesús se nos revelará todavía en el templo
mismo de su cuerpo, levantado de nuevo por el poder de Dios, que quiere
construir en él, de generación en generación, el edificio espiritual de la
nueva fe, esperanza y caridad.
2. Vengo hoy a la parroquia de San José y deseo expresar a todos vosotros aquí
presentes, junto con un saludo cordial, mi profunda alegría porque también este
barrio tiene su templo, su casa de Dios.
No lo tuvo enseguida, en el momento de la erección canónica de la parroquia,
realizada el 19 de junio de 1961. Debieron pasar algunos años antes de que se
pudiera llegar, exactamente el 18 de mayo de 1970, a la consagración e
inauguración del nuevo templo, de esta iglesia vuestra, que ahora, con su
airosa nave, se eleva hacia el cielo para cantar la gloria de Dios.
Quiero decir una palabra cordial de aplauso al párroco y a los sacerdotes
josefinos, a quienes está confiada la parroquia. Ellos terminan este año las
celebraciones con motivo del primer centenario de la fundación de su
benemérita congregación, nacida del corazón apostólico del Venerable Giuseppe
Marello, obispo de Asti. Esta nueva iglesia es un testimonio elocuente del celo
y de la generosidad de sus hijos espirituales. Imagino fácilmente las fatigas y
sacrificios, las renuncias que debe haber comportado para ellos llevar a término
este edificio sagrado, tan acogedor, funcional y devoto, como también la
terminación de los locales parroquiales adosados a él. Vaya a ellos mi
alabanza y gratitud.
Extiendo, además, como es justo, la expresión de mi aprecio sincero a todos los
fieles, sin cuya aportación constante y generosa ciertamente no habría sido
posible llevar adelante, año tras año, hasta feliz término una empresa tan
compleja y costosa.
Me es grato, por otra parte, aprovechar esta ocasión para manifestar al señor
cardenal Vicario, aquí presente con nosotros, la gran estima que tengo por el
interés que pone en la obra de la construcción de nuevas iglesias, esto es, en
favorecer el surgir de una casa del Señor adecuada en los nuevos barrios que se
van formando poco a poco. El edificio material, en el que se reúne el pueblo
fiel para escuchar la Palabra de Dios y participar en la celebración de los
misterios divinos, representa un coeficiente de importancia primaria para el
crecimiento y la consolidación de esa comunidad de fe, esperanza y amor, que es
la parroquia.
A este propósito también debo reservar una palabra de reconocimiento y
gratitud al Excmo. obispo auxiliar mons. Remigio Ragonesi, a quien está
confiado el sector Oeste de la diócesis, al que pertenece también vuestra
parroquia. El va realizando con dedicación y celo admirables la visita
pastoral de esta zona, y el objeto de su visita entre vosotros es percatarse
del trabajo realizado, coordinar las iniciativas de apostolado, consolidar el
consenso en el interior de la familia parroquial, despertar el sentido de
responsabilidad en todos los fieles. Acoged, pues, sus enseñanzas y
orientaciones con ánimo abierto y dócil.
He sabido con satisfacción que hay en el territorio de la parroquia nada menos
que 14 institutos religiosos, entre ellos un monasterio de carmelitas de
estricta observancia. A todas estas almas que siguen al Señor en la práctica de
los consejos evangélicos, va el saludo del Papa, que cuenta mucho con su
aportación a la vida de la comunidad. Sea cual fuere su inmediata finalidad
específica —la educación de la juventud, la atención a los enfermos, la
asistencia a los ancianos, la vida de contemplación y penitencia— siempre debe
estar viva en sus ánimos la conciencia de la relación estrecha que media entre
su compromiso institucional y la vida de la parroquia, ya que ésta es el lugar
concreto en el que la Iglesia universal se hace, de modo más completo, visible y
palpable para los habitantes de cada uno de los barrios.
No puede faltar, en este momento, una palabra de saludo y exhortación dirigida
expresamente a los laicos, sobre todo a los que con disponibilidad generosa se
unen a los Pastores para tomarse con ellos la responsabilidad de la
evangelización. Hojeando la relación que se me ha presentado, he observado que
en la parroquia se está realizando un programa intenso de catequesis, con
encuentros bien distribuidos durante la semana, frecuentados por un gran número
de muchachos y adultos. Dirijo a todos mi elogio al que añado el estímulo para
continuar con constancia, gracias también al reclutamiento de nuevas fuerzas
entre los jóvenes.
No me ha pasado inadvertida la presencia de otros numerosos grupos que se
proponen animar cristianamente sectores importantes de la vida comunitaria, como
el sector misionero, el familiar, el caritativo, el recreativo, el
deportivo, etc. A todos un cordial "¡muy bien!" y la invitación apremiante a
perseverar con impulso generoso, a pesar de las inevitables dificultades.
Vosotros trabajáis por el Reino de Cristo, que es Reino de amor, de solidaridad,
de paz, que es, por tanto, Reino hacia el que aspira el corazón de cada ser
humano. Esta conciencia os conforte y os estimule en la participación
eficaz de las distintas iniciativas pastorales promovidas por la parroquia.
3. El centro de todo este esfuerzo apostólico, de esta obra evangelizadora, es la
casa de Dios, la casa del Padre. En torno a esta casa se han multiplicado las
casas en que habitan los hombres, cada una de las familias. La importancia de la
casa para la vida familiar es enorme. Inmensa. Fundamental. Muchas
circunstancias condicionan el desarrollo correcto de la vida de una familia;
pero entre ellas ciertamente ocupa el primer puesto la casa familiar.
Vosotros sabéis que sobre este tema: "Una casa para cada familia", la diócesis
de Roma se ha comprometido a reflexionar en estos días de Cuaresma, con la
intención de sensibilizar las conciencias de los fieles y de favorecer en cada
uno y en la comunidad el asumir las oportunas decisiones aptas para contribuir
a la solución justa de problema tan grave.
Es una acción que debe encontrar correspondencia responsable y generosa por parte de todos. Por lo demás, constituye justamente objeto de
solicitud de las autoridades. Las casas se construyen para el hombre, para
satisfacer sus necesidades fundamentales. No se puede alterar esta finalidad
fundamental suya por otros fines o motivos. En una sociedad honestamente
solidaria no pueden faltar casas para las familias de las que depende el futuro
de esta misma sociedad.
Ni tampoco puede faltar la casa para Dios, para el Padre de los hombres y de
las familias. No ocurra jamás que nuestra civilización ceda a la tentación:
"Necesitamos casas, no necesitamos iglesias".
4. La casa es la morada del hombre. Es una condición necesaria para que el hombre
pueda venir al mundo, crecer, desarrollarse, para que pueda trabajar, educar, y
educarse, para que los hombres puedan constituir esa unión más profunda y más
fundamental que se llama "familia".
Se construyen las casas para las familias. Después, las mismas familias se
construyen en las casas sobre la verdad y el amor. El fundamento primero de
esta construcción es la alianza matrimonial, que se expresa en las palabras del
sacramento con las que el esposo y la esposa se prometen recíprocamente la
unión, el amor, la fidelidad conyugal. Sobre este fundamento se apoya ese
edificio espiritual, cuya construcción no puede cesar nunca. Los cónyuges, como
padres, deben aplicar constantemente a la propia vida de constructores sabios,
la medida de la unión, del amor, de la honestidad y de la fidelidad matrimonial.
Deben renovar cada día esa promesa en sus corazones y a veces recordarla también
con las palabras. Hoy, con ocasión de esta visita pastoral, yo les invito a
hacerlo de modo particular, porque la visita pastoral debe servir para la
renovación de ese templo que formamos todos en Cristo crucificado y resucitado.
San Pablo dice que Cristo es "poder y sabiduría de Dios" (1 Cor 1, 24). Sea El
vuestro poder y vuestra sabiduría, queridos esposos y padres. Lo sea para todas
las familias de esta parroquia. ¡No os privéis de este poder y de esta
sabiduría! Consolidaos en ellos. Educad en ellos a vuestros hijos y no permitáis
que este poder y esta sabiduría, que es Cristo, les sea quitado un día. Por
ningún ambiente y por ninguna institución. No permitáis que alguien pueda
destruir ese "templo" que vosotros construís en vuestros hijos. Este es vuestro
deber, pero éste es también vuestro sacrosanto derecho. Y es un derecho que
nadie puede violar sin cometer una arbitrariedad.
5. La familia está construida sobre la sabiduría y el poder del mismo Cristo,
porque se apoya sobre un sacramento. Y está construida también y se construye
constantemente sobre la ley divina, que no puede ser sustituida en modo alguno
por cualquier otra ley. ¿Acaso puede un legislador humano abolir los
mandamientos que nos recuerda hoy la lectura del Libro del Éxodo: «No matar, no
cometer adulterio, no robar, no decir falsos testimonios» (Ex 20, 13-16)? Todos
sabemos de memoria el Decálogo. Los diez mandamientos constituyen la
concatenación necesaria de la vida humana personal, familiar, social. Si falta
esta concatenación, la vida del hombre se hace inhumana. Por esto el deber
fundamental de la familia, y después de la escuela, y de todas las
instituciones, es la educación y consolidación de la vida humana sobre el
fundamento de esta ley, que a nadie es lícito violar.
Así estamos construyendo con Cristo el templo de la vida humana, en el que
habita Dios. Construyamos en nosotros la casa del Padre. Que el celo por la
construcción de esta casa constituya el núcleo de la vida de todos nosotros aquí
presentes; de toda la parroquia de la que es Patrono San José, Esposo de María,
Madre de Dios, Patrono de las familias, Protector del Hijo de Dios, Patrono de
la Santa Iglesia. Mañana, 19 de marzo, celebraremos su solemnidad litúrgica.
Continúe estando vuestra parroquia bajo su protección y se desarrolle como una
familia de Dios.
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Vaticana
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