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SANTA MISA EN LA CAPILLA DEL "GOVERNATORATO"
PARA EL PERSONAL
DE LA TIPOGRAFÍA POLÍGLOTA VATICANA Y DE "L'OSSERVATORE ROMANO"
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Viernes 30 de marzo de 1979
Queridísimos hermanos y amigos en el Señor:
Como en los años pasados, vosotros, empleados de la Tipografía Políglota
Vaticana y de L'Osservatore Romano, os habéis preparado con algunos días de
"ejercicios espirituales" para el cumplimiento del "precepto pascual"; y esta
mañana os habéis reunido aquí para encontraros comunitaria y personalmente con
Jesús, con el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, con el que es
nuestra "Pascua".
Y yo he acogido con mucho gusto la invitación de estar con vosotros para
participar en este rito místico y solemne, y hacer cada vez más cordiales y
personales las relaciones entre el Vicario de Cristo y los empleados de los
diversos organismos del Vaticano.
Estáis aquí para celebrar la "Pascua", según el precepto autorizado y materno de
la Iglesia y, queriendo dejaros un recuerdo que os sirva como reflexión y
exhortación a propósitos serios y constantes, me inspiro en las lecturas de la
liturgia de hoy.
1. En el capítulo séptimo del cuarto Evangelio, el Evangelista Juan registra
cuidadosamente la perplejidad de muchas personas de Jerusalén acerca de la
verdadera identidad de Jesús. Era la fiesta de los "Tabernáculos", en recuerdo
de la permanencia de los israelitas en el desierto; había gran movimiento de
gente en la Ciudad Santa, y Jesús enseñaba en el templo. Algunos decían: «¿No es
éste a quien buscan matar? Y habla libremente y no le dicen nada. ¿Será que de
verdad habrán reconocido las autoridades que es el Mesías? Pero de éste sabemos
de dónde viene; mas del Mesías, cuando venga, nadie sabrá de dónde viene».
Se trata de afirmaciones que indican la perplejidad de los judíos de aquel
tiempo: esperan al Mesías, saben que el Mesías tendrá algo oculto y misterioso,
piensan que incluso podría ser Jesús, dado los prodigios que realiza y la
doctrina que enseña; pero no están seguros de ello por el hecho de que la
autoridad religiosa oficial está contra El y, desde luego, querría eliminarlo.
Y entonces Jesús explica el motivo de la perplejidad y desconocimiento de su
verdadera identidad: ellos se basan solamente en sus características externas,
civiles y familiares, y no ven más allá de su naturaleza humana, no penetran la
envoltura de su apariencia: «Vosotros me conocéis y sabéis de dónde soy: y yo no
he venido de mí mismo; pero el que me ha enviado es veraz, aunque vosotros no le
conocéis. Yo le conozco, porque procedo de El y El me ha enviado».
Es un suceso histórico narrado por el Evangelio; pero es también el símbolo de
una realidad perenne: muchos no saben o no quieren saber quién es Jesucristo,
y permanecen perplejos y desconcertados. Aún más, como entonces en el templo,
después de su discurso, trataron de prenderlo, así tal vez algunos le impugnan
y le combaten. En cambio, vosotros sabéis quién es Jesús; ¡vosotros conocéis de
dónde ha venido y para qué ha venido!; vosotros sabéis que Jesús es el Verbo
Encarnado, es la segunda Persona de la Santísima Trinidad que ha asumido un
cuerpo humano, es el Hijo de Dios hecho hombre, muerto en la cruz por nuestra
salvación, resucitado glorioso y siempre presente con nosotros en la
Eucaristía.
Lo que Jesús decía a los Apóstoles en la última Cena vale también para todos los
cristianos iluminados por el Magisterio de la Iglesia: «Esta es la vida eterna:
que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo... He
manifestado tu nombre a los hombres que de este mundo me has dado... Ahora saben
que todo cuanto me diste viene de ti; porque yo les he comunicado las palabras
que tú me diste, y ellos ahora las recibieron, y conocieron verdaderamente que
yo salí de ti, y creyeron que tú me has enviado... Padre justo, si el mundo no
te ha conocido, yo te conocí, y éstos conocieron que tú me has enviado» (Jn 17,
3-9. 25).
La gran tragedia de la historia es que Jesús no es conocido, y por esto no es
amado, no es seguido.
¡Vosotros conocéis a Cristo! ¡Vosotros sabéis quién es! ¡El vuestro es un gran
privilegio! ¡Sabed ser siempre dignos y consciente de él!
De aquí nace vuestra alegría "pascual" y vuestra responsabilidad cristiana. E]
encuentro "pascual" con Jesús Eucarístico os dé la fuerza de profundizar en
este conocimiento de Jesús, de hacer de vuestra fe un punto firme de
referencia, a pesar de la indiferencia u hostilidad de gran parte del mundo en
el que debemos vivir.
2. El Libro de la Sabiduría (capítulo segundo), analizando las características
del hombre justo y del hombre malvado, traza de modo práctico cómo debe ser el
testimonio del cristiano consciente y coherente. El justo —dice el Libro de la
Sabiduría— proclama poseer el conocimiento de Dios y se declara hijo del Señor;
se gloría de tener a Dios por Padre.
¡Poseer el conocimiento de Dios! ¡Tener a Dios por Padre! ¡Son afirmaciones
enormes, que ponen en crisis a los filósofos! Pues bien, el cristiano sabe y
testifica que conoce a Dios como Padre, como Amor, como Providencia.
Dios es el Señor de la vida y de la historia, y el cristiano se abandona
confiadamente en su amor paterno.
— La vida del justo es diversa de la de los otros, y sus caminos son totalmente
diferentes, y así acaba siendo reprensión y condena para quienes no viven
rectamente, cegados por la malicia, y no quieren conocer "los secretos de Dios".
Efectivamente, el cristiano está en el mundo, pero no es del mundo (cf. Jn 17,
16); su vida debe ser necesariamente diversa de la de los que no tienen fe. Su
conducta, su estilo de vida, su modo de pensar, de elegir, de valorar las cosas
y las situaciones, son distintas, porque se realizan a la luz de la palabra de
Cristo, que es mensaje de vida eterna.
— Finalmente, también según el Libro de la Sabiduría, el justo afirma que es
dichosa su muerte, mientras los malvados «no esperan la recompensa de santidad,
ni estiman el galardón de las almas irreprochables» (Sab 2, 22).
El cristiano debe vivir en la perspectiva de la eternidad. Alguna vez su vida
auténticamente cristiana puede suscitar incluso la persecución abierta o
solapada: «Veremos si sus palabras son verdaderas. Probémosle con ultrajes y
tormentos, y veamos su moderación y probemos su paciencia». La certeza de la
felicidad eterna que nos espera hace fuerte al cristiano contra las tentaciones
y paciente en las tribulaciones. «Si me persiguieron a mí —dice el Maestro
divino—, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15, 20).
¡Deseo que el encuentro pascual con Jesús os traiga la alegría y la fuerza del
testimonio, convencidos de que, después del dolor terrible del Viernes Santo,
brotará la alegría gloriosa del Domingo de Resurrección!
3. Finalmente, la liturgia nos hace meditar también sobre la debilidad y
fragilidad humana y sobre la necesidad de confiar totalmente en la misericordia
de Dios: «El Señor está próximo a los contritos de corazón y salva a los de
espíritu abatido..., no será condenado quien se refugia en El» (Sal 33).
Siempre, pero especialmente en la sociedad moderna, tan convulsa y violenta,
el cristiano siente la necesidad de recurrir al Señor con la oración y mediante
los sacramentos.
Continuad, pues, también vosotros tomando luz y fuerza de los sacramentos de la
Penitencia y de la Eucaristía, en los que Dios «ha puesto el remedio para
nuestra debilidad»; acoged con alegría los frutos de la redención y
manifestadlos en vuestra vida cotidiana, en casa, en el trabajo, en el tiempo
libre, en las diversas actividades, convencidos de que quien recibe a Cristo
debe transformarse en El: «El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y
yo en él. Así como me envió mi Padre vivo, y vivo yo por mi Padre, así también
el que me come vivirá por mí» (Jn 6. 56-57).
¡Gran honor! ¡Compromiso sublime!
Con estos deseos, pidiendo la asistencia particular de María Santísima, deseo
de corazón a todos que vuestra vida y la de vuestros seres queridos pueda gozar
siempre y hacer gozar de la alegría de la Pascua cristiana.
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