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CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
CON ANTIGUOS ALUMNOS DEL PONTIFICIO COLEGIO BELGA

HOMILÍA DEl SANTO PADRE JUAN PABLO II

Capilla de Santa Marta, Vaticano
Sábado 31 de marzo de 1979

 

Queridos amigos:

La Eucaristía que celebramos juntos hoy es el signo de una unidad particular con Cristo, Sacerdote único y eterno, que "por su propia sangre entró una vez en el santuario" (Heb 9, 12). Cristo mismo está siempre presente en la Iglesia "hasta la consumación del mundo" (Mt 28, 20). Vive en ella y reúne al Pueblo de Dios en torno a la mesa de la Palabra y la Eucaristía. Vive en ella por nuestro servicio sacerdotal.

Al encontrarnos hoy aquí reunidos en torno al altar en esta comunión que formarnos en otros tiempos en el Colegio Belga de Roma, nuestros corazones rebosan de gratitud por el don da la vocación sacerdotal, porque nos ha elegido para que vayamos y demos fruto (cf. Jn 15, 16), porque al confiarnos sus misterios nos ha confiado hombres que tienen la "redención por la virtud de su sangre" (Ef 1, 7). Contemplando todo esto con ojos de fe, palpamos nuestra indignidad y estamos siempre dispuestos a repetir: "Somos siervos inútiles" (Lc 17, 10). Experimentamos continuamente también la grandeza del don y damos gracias a Dios por este don. "Dad gracias a Yavé porque es bueno" (Sal 105, 1).

Hoy deseamos manifestarnos mutuamente esta gratitud. El Señor quiere que sepamos ser agradecidos a los hombres, que miremos nuestra vida bajo el punto de vista de los dones recibidos por medio de los hombres, de nuestros hermanos. Por ello quisiera hoy volver la mirada a los años que nos han visto congregados entre las paredes del antiguo Colegio Belga, situado en el número 26 de la "Via del Quirinale", cerca de la iglesia de San Andrés, donde murió y yace San Estanislao de Kotska, Patrono de la juventud.

Unos treinta años nos separan de aquel entonces. Podríamos ceder a las leyes del tiempo que, entre otras cosas, nos inducen a olvidar. Pero la voz del corazón es más fuerte y nos exige conservar las cosas en la memoria y volver a pensar en ellas con gratitud. Agradezcamos hoy a Cristo el que nos haya concedido la gracia de encontrarnos juntos en aquel período importante de nuestra vida, cuando todavía estábamos en los primeros años de nuestro sacerdocio o nos preparábamos a él. "Ecce quam bonum et quam iucundum habitare fratres in unum: Ved cuán bueno y deleitoso es habitar en uno los hermanos" (Sal 132, 1).

Damos gracias a Dios que nos dio la posibilidad de ser hermanos unos de otros; y la gratitud entre nosotros es recíproca. Nos hizo posible vivir la fraternidad que une a hombres procedentes de distintas familias, distintas naciones, diferentes continentes, pues así éramos los allí reunidos entonces. Decimos gracias por lo que cada uno de nosotros ha sido para los demás en aquel tiempo, y por lo que todos han sido para todos. Gracias por el modo en que hemos compartido con los otros las cualidades de la inteligencia, el carácter y el corazón; gracias por el lugar que ocupaban en este intercambio recíproco los estudios que realizábamos, y también las experiencias apostólicas y pastorales a que nos entregábamos cada uno. Gracias por lo que era para nosotros la Roma sacra que aprendimos a conocer de modo sistemático como capital de la antigüedad y capital de la cristiandad. Gracias por lo que era la experiencia de Europa, del mundo, de la patria de cada uno, que entonces se estaba recobrando de los sufrimientos después de la segunda guerra mundial.

Pienso en fin en lo que eran para nosotros nuestros superiores; nuestro venerado rector, el cardenal de Furstenberg, aquí presente hoy entre nosotros; y también nuestros obispos que venían a visitarnos al Colegio, como asimismo otros hombres de Iglesia, apóstoles de aquel tiempo, como el sacerdote Cardijn; sin contar los doctos profesores, los predicadores de retiros, los directores de conciencia. ¿Qué fueron ellos para nosotros?

De todo esto quisiéramos hablar a Cristo mismo en primer lugar, comenzando por esta concelebración, por esta liturgia. Esta concelebración nos da ocasión también de comunicarnos unos a otros. Deseamos igualmente renovar el espíritu que recibimos por "la imposición de las manos" (2 Tim 1, 6), y esta unión de corazones cuyo secreto conoce el mismo Señor. Amén.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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