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PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A POLONIA

MISA PARA LOS PEREGRINOS DE BAJA SILESIA Y SILESIA DE OPOLE

HOMILÍA  DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Santuario de Jasna Gora
Martes 5 de junio de 1979

 

1. Deseo dedicar, desde Jasna Góra, un especial recuerdo al santuario de Santa Eduvigis, en Trzebnica, en los alrededores de Wroclaw. Y lo hago por una razón concreta. La Providencia Divina, en sus inescrutables designios, eligió el día 16 de octubre de 1978 come, el día del cambio definitivo en mi vida. El 16 de octubre festeja la Iglesia en Polonia a Santa Eduvigis, y de ahí que me sienta particularmente obligado a dedicar hoy a la Iglesia en Polonia este recuerdo a la Santa que, además de ser patrona de la reconciliación con las naciones limítrofes, es también patrona del día de la elección del primer polaco para la Cátedra de Pedro. Deposito directamente este recuerdo en las manos de todos los peregrinos que hoy, en número tan elevado, han venido a Jasna Góra desde la Baja Silesia. Os pido que llevéis, de regreso a vuestras tierras, este voto del Papa al santuario de Trzebnica, que se ha convertido en su nueva patria de elección. Que se complete así la larga historia de las vicisitudes humanas y de las obras de la Divina Providencia, ligadas a aquel lugar y a toda vuestra tierra.

2. Santa Eduvigis, esposa de Enrique llamado el Barbudo, de la dinastía de los Piast, procedía de la familia bávara de los Andechs. Esa santa entró en la historia de nuestra patria e, indirectamente, en la de toda la Europa del siglo XIII, como la "mujer perfecta" (cf. Prov 31, 10) de la que habla la Sagrada Escritura. En nuestra memoria quedó fuertemente grabado el acontecimiento cuyo protagonista fue su hijo, el Príncipe Enrique el Pío. Fue él quien opuso una válida resistencia a la invasión de los tártaros, invasión que en 1241 atravesó Polonia viniendo del Este, de Asia, y deteniéndose solamente en Silesia, junto a Legnica. Enrique el Pío cayó, es verdad, en el campo de batalla, pero los tártaros se vieron obligados a retirarse y jamás llegaron ya tan cercanos al oeste en sus correrías. Tras el heroico hijo estaba su madre, que le infundía valor y encomendaba a Cristo crucificado la batalla de Legnica. Su corazón pagó con la muerte del propio hijo la paz y seguridad de las tierras a ella sometidas, así como de las fronterizas y de toda Europa Occidental.

Cuando ocurrieron estos acontecimientos, Eduvigis era ya viuda y, en tal estado, consagró el resto de su vida exclusivamente a Dios, entrando en la abadía de Trzebnica, por ella fundada. Allí terminó su santa vida en 1243. Su canonización tuvo lugar en 1267. Esa fecha es muy próxima a la canonización, en 1253, de San Estanislao, el Santo a quien la Iglesia en Polonia venera como Patrono principal desde hace siglos.

Este año, con motivo del IX centenario de su martirio en Skalka de Cracovia, deseo —como primer Papa hijo de la nación polaca, hasta hace poco sucesor de San Estanislao en la sede de Kraków y ahora elevado a la Cátedra de San Pedro precisamente el día de Santa Eduvigis— enviar a su santuario de Trzebnica este mi recuerdo que marca una ulterior etapa en la plurisecular historia, en la que todos participamos.

3. Con este recuerdo, añado especiales y cordiales augurios para todos los que intervienen en esta sacra Eucaristía que hoy celebro en Jasna Góra. Los santos, que hoy conmemoramos aquí ante Nuestra Señora de Jasna Góra, nos ofrecen, a través de los siglos, un testimonio de unidad entre los connacionales y de reconciliación entre las naciones. Deseo hacer votos también por esta unión y esta reconciliación. Y ruego por ello ardientemente.

La unidad ahonda sus raíces en la vida de la nación, igual que las ahondó en el difícil período histórico para Polonia por medio de San Estanislao, precisamente cuando la vida humana. en sus diversos niveles, responde a las exigencias de la justicia y del amor. El primero de esos niveles está constituido por la familia. Y yo, queridos connacionales, deseo rogar hoy con todos vosotros por la unidad de todas las familias polacas. Esa unidad tiene su origen en el sacramento del matrimonio, en aquella promesa solemne con que el hombre y la mujer se unen entre sí para toda la vida, repitiendo el sacramental "no te abandonaré hasta la muerte". Esa unidad surge del amor y de la mutua confianza, y son su fruto y premio el amor y la confianza de los hijos hacia sus padres. ¡Ay, si ese amor entre los esposos, entre padres e hijos se viera debilitado o resquebrajado! Conscientes del mal que lleva consigo la disgregación de la familia, roguemos hoy para que no suceda nada que pueda destruir la unidad, para que la familia siga siendo la verdadera "sede de la justicia y del amor".

Parecida justicia y amor necesita también la nación, si quiere estar interiormente unida, si quiere constituir una unidad indisoluble. Y aunque resulta imposible parangonar la nación —esa sociedad compuesta de muchos millones de personas— con la familia —que es, como se sabe, la más pequeña comunidad de la sociedad humana—, sin embargo la unidad depende de la justicia, que satisface las necesidades y garantiza los derechos y deberes de cada miembro de la nación. Hasta el punto de no permitir que surjan disonancias y contrastes a causa de las diferencias que llevan consigo los evidentes privilegios para unos y la discriminación para otros. Por la historia de nuestra patria sabemos cuán difícil es esta tarea; pero no por ello debemos eximirnos del gran esfuerzo, tendente a construir la justa unidad, entre los hijos de la misma patria. Ese esfuerzo debe ir acompañado del amor hacia esa patria, amor hacia su cultura y su historia, amor hacia sus valores específicos, que deciden sobre su posición en la gran familia de las naciones; amor, en fin, hacia los connacionales, hombres que hablan la misma lengua y son responsables en la causa común que se llama "patria".

Al rezar hoy, junto con vosotros, por la unidad interna de la nación, de la cual —sobre todo en los siglos XIII y XIV fue aclamado Patrono San Estanislao—, deseo encomendar a la Madre de Dios, en Jasna Góra, la reconciliación entre las naciones, de la que vemos una mediadora en la figura de Santa Eduvigis. Como la condición de la unidad interna en el ámbito de toda sociedad y comunidad, tanto nacional como familiar, es el respeto de los derechos de cada uno de sus miembros, así también la condición de la reconciliación entre las naciones es el reconocimiento y el respeto de los derechos de cada nación. Se trata sobre todo del derecho a la existencia y a la autodecisión, derecho a la propia cultura y a su multiforme desarrollo. Sabemos bien por la historia de nuestra patria lo que ha costado la infracción, la violación y la negación de esos inalienables derechos. Por eso, rogamos con mayor ardor por una duradera reconciliación entre las naciones de Europa y del mundo. Que esa reconciliación sea fruto del reconocimiento y del real respeto de los derechos de cada nación.

4. La Iglesia desea ponerse al servicio de la unidad entre los hombres, desea ponerse al servicio de la reconciliación entre las naciones. Esto corresponde a su misión salvífica. Abramos continuamente nuestro pensamiento y nuestros corazones hacia esa paz, de la que Cristo nuestro Señor habló tantas veces a los Apóstoles. lo mismo antes de su pasión que después de su resurrección: "La paz os deja mi paz os doy" (Jn 14, 27).

Que pueda este Papa. el cual os habla aquí desde la cumbre de Jasna Gora, servir eficazmente la causa de la unidad y de la reconciliación del mundo contemporáneo. No dejéis de sostenerlo en esto, con vuestras oraciones, en toda la tierra polaca.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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