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ORDENACIONES SACERDOTALES EN LA BASÍLICA
DE SAN PEDRO
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD JUAN PABLO II
Domingo 24 de junio de 1979
1. "Et tu puer propheta Altissimi vocaberis: Y tú, niño, serás llamado profeta
del Altísimo" (Lc 1, 76).
Estas palabras hablan del Santo de hoy. Con estas palabras el sacerdote
Zacarías saludó al propio hijo, después de haber recobrado la capacidad de
hablar. Con estas palabras saludó al hijo a quien puso el nombre de Juan por deseo propio y con sorpresa de toda la familia. Hoy la Iglesia nos recuerda
estos acontecimientos al celebrar la solemnidad del nacimiento de San Juan
Bautista.
También se le podría denominar el día de la llamada de Juan, hijo de Zacarías y
de Isabel de Ain-Karim, para ser el último profeta de la Antigua Alianza; para
ser el mensajero y el precursor inmediato del Mesías: Jesucristo.
He aquí que el que viene al mundo en circunstancias tan insólitas, trae ya
consigo la llamada divina. Esta llamada proviene del designio de Dios mismo, de
su amor salvífico, y está inscrita en la historia del hombre desde el primer
momento de la concepción en el seno materno. Todas las circunstancias de esta
concepción, como después las del nacimiento de Juan en Ain-Karim, indican
una llamada insólita.
"Praebis ante faciem Domini parare vias eius: Irás delante del Señor para
preparar sus caminos" (Lc 1, 76).
Sabemos que Juan Bautista respondió a esta llamada con toda su vida. Sabemos
que permaneció fiel a ella hasta el último aliento. Y este aliento lo consumó en
la cárcel por orden de Herodes, secundando el deseo de Salomé que actuaba bajo la
instigación de su vengativa madre Herodías.
Pero la liturgia hoy no menciona esto, reservando otro día para ello. La
liturgia hoy nos manda alegrarnos por el nacimiento del precursor del Señor.
Nos manda dar gracias a Dios por la llamada de Juan Bautista.
2. Cuando en este día, mis queridos diáconos y candidatos al presbiterado, os
presentáis en la basílica de San Pedro en Roma, deseamos alegrarnos también
todos nosotros por vuestra llamada a una participación ulterior del sacerdocio
de Cristo.
En el corazón de cada uno de vosotros ha inscrito Dios el misterio de esta
llamada. Podemos repetir con el Profeta: "Con amor eterno te amé, por eso te he
mantenido con favor" (Jer 31, 3).
En un cierto momento de la vida os habéis dado cuenta de esta llamada divina. Y
habéis comenzado a prepararos, habéis comenzado a caminar hacia su realización.
El camino hacia el sacramento del orden, que recibís hoy de mis manos, pasa a
través de una serie de etapas y de ambientes, de los que forman parte la casa
familiar, los años de la escuela elemental y media, como también los estudios
superiores, el ambiente de los amigos, la vida parroquial. Pero ante todo en
este camino se encuentra el seminario eclesiástico, al que va cada uno de
nosotros para encontrar una respuesta definitiva a la pregunta referente a su
llamada al sacerdocio. Allí va cada uno de nosotros a fin de que, encontrando de
manera cada vez más madura esta respuesta, pueda prepararse, al mismo tiempo,
para el sacramento del orden de modo profundo y sistemático.
Hoy contáis ya con todas estas experiencias. No preguntáis más como el joven
del Evangelio: "Maestro bueno, ¿qué he de hacer?" (Mc 10, 17). El Maestro ya os
ha ayudado a encontrar la respuesta. Vosotros os presentáis para que la
Iglesia pueda imprimir sobre esta respuesta su sello sacramental.
3. Este sello se imprime mediante toda la liturgia del sacramento del orden. Lo
imprime el obispo, que actúa con la fuerza del Espíritu Santo, y en comunión con
su presbiterio.
La fuerza del Espíritu Santo se muestra y se transmite por la imposición de las
manos, acompañada primero del silencio y luego de la oración. Como signo de la
transmisión de esta fuerza a vuestras jóvenes manos, serán ungidas con el
santo
crisma para que sean dignas de celebrar la Eucaristía. Las manos humanas no
pueden celebrar de otro modo sino con la fuerza del Espíritu Santo.
Celebrar la Eucaristía quiere decir congregar al Pueblo de Dios y construir la
Iglesia en su más plena identidad.
El momento que vivimos aquí juntos es de gran importancia, tanto para cada uno
de vosotros, como para toda la Iglesia.
La Iglesia ha orado por cada uno de estos llamados, que reciben
hoy el carácter
sacramental del presbiterado. La Iglesia desea que cada una de vosotros la
construya con el propio sacerdocio, con el propio servicio, que —por la
fuerza obtenida de Cristo— "recoge, no desparrama" (cf. Mt 12, 30).
4. La Iglesia también hoy ora. Oran vuestros padres, las familias,
los ambientes con los que ha estado vinculada vuestra vida hasta el momento,
vuestros seminarios, vuestras diócesis, vuestras congregaciones religiosas.
Roguemos al Señor de la mies, que ha llamado a cada uno da
vosotros como operario para
su mies, a fin de que perseveréis en esta mies hasta el fin.
Así como Juan, hijo de Zacarías y de Isabel de Ain-Karim, cuyo padre dijo el
día de su nacimiento: Et tu puer propheta Altissimi vocaberis (Lc 1, 76).
Que vuestra perseverancia sea el fruto de las oraciones que hoy elevamos.
¡Perseverad como profetas del Altísimo! ¡Perseverad como sacerdotes de
Jesucristo!
Dad frutos abundantes! Amén.
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