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EXEQUIAS DEL CARDENAL ALBERTO DI JORIO

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Basílica de San Pedro
Jueves 6 de septiembre de 1979

 

Señores cardenales,
venerables hermanos,
queridísimos hijos e hijas:

Nos encontramos reunidos hoy para la celebración litúrgica de los funerales del llorado cardenal Alberto di Jorio, llamado por Juan XXIII, de feliz memoria, a formar parte del Sacro Colegio desde 1958. Todo el arco de su larga vida estuvo al servicio del Señor v de la Iglesia. De modo especial entregó gran parte de sí a esta Sede Apostólica, por la que gastó sus mejores energías.

Tenemos, por tanto, un deber de gratitud para con él, que cumplimos una vez más hoy, aquí, públicamente ante el Señor.

Toda su existencia terrena se puede sintetizar en torno a estas tres características: fue un buen sacerdote, administrador diligente, bienhechor generoso. De la primera es índice la múltiple actividad del sagrado ministerio, que ejerció desde los primeros años de presbiterado; prueba de la segunda son los varios decenios de servicio, tanto al Vicariato de Roma, como a la Santa Sede; documentos elocuentes de la tercera son las varias iniciativas de promoción social, cultural y eclesial. Se trata de cualidades buenas y de obras buenas, que el Señor ciertamente aprecia, tal como alabó, aunque sea en términos de parábola, al siervo bueno y fiel, que había hecho fructificar ampliamente los talentos recibidos, no guardándolos para él, sino devolviéndolos multiplicados a su señor (cf. Mt 25, 14-21). Pues bien, la recompensa por un servicio tan prolongado, fiel y fecundo, no puede menos de dársela el Señor mismo, y nosotros estamos aquí precisamente para implorársela grande y beatificante.

La liturgia misma nos orienta a esta finalidad, y enriquece aún más nuestra meditación mediante las lecturas bíblicas que acabamos de escuchar. Las tres están centradas en el tema de la comunión con Dios, que comienza ya en esta vida, mediante la redención que nos ha proporcionado Cristo, y florece después en la vida futura, sin ocaso, más allá de la historia.

En el Evangelio de Juan, Jesús afirma solemnemente que es voluntad explícita del Padre celeste "que todo el que ve al Hijo y cree en El tenga la vida eterna" (6, 4). Pero en el sentido de San Juan, la "vida eterna" no está reservada sólo al futuro del más allá, sino que se realiza ya desde ahora en la adhesión de fe al Logos divino, encarnado en este mundo, de manera que en lo íntimo de nuestra existencia histórica, tan densa de compromisos, de actividades, de preocupaciones, se convierte en principio secreto, pero dinámico, de fermentación y transformación de todo nuestro ser y obrar. Este es el principio cristiano y sacerdotal que dirigió e inspiró ciertamente la existencia del eminente difunto y que debe estar en la base de la vida de cada uno de los bautizados.

La posibilidad misma de esta maravillosa realidad viene del hecho de que, como anuncia San Pablo en la segunda lectura, "siendo pecadores, murió Cristo por nosotros" (Rom 5, 8), alterando incluso las reglas humanas del heroísmo, que puede llevar a lo sumo "a morir por un justo" (ib., 5, 7). Lo que Cristo ha hecho en la cruz es, por una parte, motivo eficaz de nuestra salvación y reconciliación con Dios (cf. ib., 5, 10), pero, por otra, debe convertirse también en estímulo y parámetro de nuestro comportamiento cotidiano: dar la vida por los hombres, nuestros hermanos, y en particular por los más pobres, los menos considerados, esos que están marginados por cálculos demasiado humanos. Y aquí precisamente es donde, en definitiva, brilla la belleza del cristianismo, esto es, en un amor totalmente gratuito, privado de motivaciones aparentes, desinteresado y por lo tanto purísimo. Este es el comportamiento del mismo Dios.

Por estas premisas es por lo que tienen gran relieve las palabras de la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría: "Las almas de los justos están en las manos de Dios...; los fieles a su amor permanecerán con El" (3, 1. 9). El cristiano es "justo" no por fuerza propia y endógena, sino por un libre y adorable don divino, pero que se convierte en inspirador y promotor de actividad, es decir, principio de caridad en la vida diaria. Y, de hecho, por aquí se mide el ser "fieles" a Dios, porque ser fieles a su amor, en concreto sólo es posible mediante nuestro amor. Y ¿qué es la vida después de la muerte, sino precisamente el triunfo definitivo de una comunión indestructible y recíproca? Por esto "permanecerán con El en el amor" los que ya en esta existencia histórica viven o han vivido conforme a esta meta suprema, que no está sólo cronológicamente al término de la carrera terrestre. sino que idealmente ya la sobrepasa, más aún, informa desde dentro la totalidad de nuestras jornadas.

Por esto recemos al Señor para que el alma del cardenal Alberto di Torio, rescatada por Cristo y gastada en favor de la Santa Iglesia en aras de la caridad, participe efectiva y totalmente de la luz, de la paz y del amor sin fin.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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