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MISA EN MEMORIA DEL PAPA JUAN PABLO I

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Basílica de San Pedro
Viernes 28 de septiembre 1979

 

Señores cardenales,
hermanos e hijos queridísimos:

1. Con ayuda de las lecturas de la liturgia de hoy queremos revivir ese día de hace un año, cuando Dios llamó a sí, tan inesperadamente al Papa Juan Pablo I. No tanto el día de hoy, cuanto la noche del 28 al 29 de septiembre marca el primer aniversario de la muerte de este sucesor en la Sede de San Pedro, que apenas pudo permanecer en ella 33 días desde su elección. "Magis ostensus quam datus"; se fue casi antes de que le diera tiempo de comenzar su pontificado. Ya hemos meditado esta su repentina partida, al visitar su pueblo natal, Canale d'Agordo, el 26 de agosto, esto es, el día en que, mediante los votos de los cardenales en cónclave, había sido llamado a ser Obispo de Roma. Hoy nos toca celebrar la Eucaristía por vez primera en el aniversario de su muerte.

2. Escuchando las lecturas de la liturgia, nos encontramos por dos veces ante la alternativa de la vida, que el corazón humano parece contraponer frecuentemente a la muerte.

Marta que se dirige a Cristo con las palabras: "Señor, si hubieras estado aquí. no hubiera muerto mi hermano" (Jn 11, 21).

Con frecuencia los hombres dicen ante el cadáver de las personas queridas: "¡Qué lástima que haya muerto; podía vivir aún...! ". Ciertamente, también tras la muerte inesperada de Juan Pablo I, muchos decían, pensaban, sentían así: "¡Podía vivir aún...!, ¿por qué se ha ido tan pronto?" Marta, hermana de Lázaro, pasa de su humano "podía vivir...; si tú, Cristo, hubieras estado aquí...", al acto de la más grande fe y esperanza: "Pero sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo otorgará" (Jn 11, 22). Sólo a Cristo podemos dirigirnos con estas palabras; sólo El ha confirmado que tiene poder sobre la muerte humana. Sin embargo, el corazón humano frecuentemente contrapone a la muerte —a esta muerte que ya se ha convertido en un hecho, a esta muerte que cada uno sabe, en definitiva, que es inevitable— una alternativa de posibilidad de la vida: podía vivir aún...

3. Dejemos, pues, que resuene una vez más la voz apostólica de San Pablo en esta meditación nuestra. También él contrapone la necesidad de la muerte a la posibilidad de la vida; pero lo hace de manera que corresponde plenamente a esta luz de la fe. esperanza y caridad que ardían en su corazón: "Por ambas partes me siento apretado, pues, de un lado, deseo morir para estar con Cristo, que es mucho mejor; por otro, quisiera permanecer en la carne, que es más necesario para-vosotros" (Flp 1, 23). El hombre que vive la fe como Pablo, que ama como él, en cierto sentido, se convierte en el dueño de la propia muerte. Esta nunca le sorprende.

En cualquier momento que venga, será aceptada como una alternativa de vida, como una dimensión que cumple su sentido. "Para mí la vida es Cristo, y la muerte ganancia" (Flp 1, 21). Si Cristo da todo el sentido a la vida, entonces el hombre puede pensar en la muerte así. ¡Puede esperarla así! ¡Y puede aceptarla así!

4. Penetremos con el pensamiento en las palabras de las lecturas litúrgicas de hoy y tratemos de buscar su significado. Percibimos que quieren prepararnos a la respuesta referente a esa muerte acaecida, hace un año, tan repentinamente y que hoy no sólo la recordamos, sino que, en cierto sentido, la revivimos. Estas lecturas quieren darnos la respuesta a la pregunta: ¿cómo moría Juan Pablo I?

Hagamos, además, una segunda pregunta: ¿Qué hubiera sido esta vida de no haberse interrumpido la noche del 28 al 29 de septiembre del año pasado? Y también encontramos la respuesta a esta pregunta en el texto de San Pablo: "...el vivir en la carne es para mí el fruto de apostolado" (Flp 1, 22). Así, pues, no sólo la vida da testimonio de la muerte, sino que también la muerte da testimonio de la vida.

5. Y este testimonio que la muerte de Juan Pablo I ha dado de su vida, se convierte al mismo tiempo en el testamento de su pontificado: "quedaré y permaneceré con vosotros para vuestro provecho y gozo en la fe" (Flp 1, 25).

¿Cuál es la palabra principal de ese testamento? Seguramente esta que habla del "gozo en la fe". El Señor concedió a Juan Pablo I 33 días en la Sede de San Pedro, para poder manifestar este gozo, esta alegría casi como de niño.

Este gozo en la fe es necesario para que puedan cumplirse las palabras ulteriores de este testamento: que podamos combatir unánimes por la fe del Evangelio (cf. Flp 1, 27). Efectivamente, recibimos dos caracteres indelebles: el de hijo de Dios, en el bautismo y el de confesor, dispuesto a combatir por la fe del Evangelio en la confirmación. Juan Pablo I, sucesor de Pedro, manifestó en su vida estos dos caracteres y los llevó bien impresos en su alma, ante la Majestad de Dios. Como todo cristiano auténtico.

6. Celebramos la Eucaristía: la liturgia de la muerte y de la resurrección de Cristo. Se hace particularmente elocuente cuando la celebramos con ocasión de la muerte del hombre, durante el funeral, o en el aniversario de la muerte. A este propósito no puedo menos de recordar cuanto dijo el venerado cardenal Decano, intérprete de la conmoción universal, durante la ceremonia fúnebre del año pasado, en la plaza de San Pedro: "Nos preguntamos: ¿Por qué tan pronto? El Apóstol nos previene con la conocida exclamación de admiración y adoración: '¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!... Porque ¿quién conoció el pensamiento del Señor?' (Rom 11, 33). Se plantea así, en toda su inmensa y casi aplastante grandeza, el insondable misterio de la vida y de la muerte" (cf. L'Osservatare Romano, Edición en Lengua Española, 8 de octubre, 1978, pág. 11).

Frente a este misterio, que es verdaderamente impenetrable e insoluble para la razón, al hombre no le llega ninguna palabra de respuesta por parte del hombre, ¿Qué otra cosa podemos oír, en orden a este misterio, fuera de lo que oyó Marta de los labios de Cristo? "Resucitará tu hermano... Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?" (Jn 11, 23. 25-26).

El Papa difunto respondió a esta pregunta con la fe de toda la Iglesia: ¡Creo en la resurrección de los muertos: creo, en la vida del mundo futuro! Y, al mismo tiempo, confesó con la fe personal de su vida: "Cristo será glorificado en mi cuerpo, o por vida, o por muerte" (Flp 1, 20).

"Porque lo sé: mi Redentor vive... / y después que mi piel se desprenda de mi carne..., / contemplaré a Dios" (Job 19, 25-26).

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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