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VÍSPERA DE LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Plaza de San Pedro
Sábado 20 de octubre de 1979

 

Queridísimos hermanos y hermanas.
Queridísimos jóvenes:

Con alegría grande y profunda presido la liturgia eucarística en esta vigilia de la "Jornada mundial de las Misiones", por encontrarme con todos vosotros, fieles de la diócesis de Roma; así me siento más íntimamente unido a todas las diócesis del mundo en esta ocasión tan importante y significativa, y sobre todo a los misioneros y misioneras que, esparcidos por las diversas partes del mundo, anuncian a los hombres con gozo y fatiga el Evangelio de la salvación.

Sí, queridísimos, ésta es una ocasión muy importante para nuestra vida espiritual y para nuestra diócesis: aquí, en el centro de la cristiandad, en esta Basílica Vaticana, sentimos los ecos de la Iglesia universal, percibimos las necesidades de todos los pueblos, participamos en los afanes de todos los que con ardor incansable caminan en nombre de Cristo, dan testimonio, anuncian, convierten, bautizan, fundan nuevas comunidades cristianas.

Meditemos brevemente y busquemos juntos, siguiendo las lecturas de la liturgia, la motivación, la condición y la estrategia de la actividad misionera de la Iglesia.

1. ¿Cuál es la motivación primera y última de esta obra?

He aquí la primera pregunta. Y la respuesta es sencilla y perentoria: la Iglesia es misionera por voluntad expresa de Dios.

Jesús habla muchas veces a los Apóstoles de su mandato, de su misión, del motivo de su elección: "No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16).

Antes de ascender al cielo, Jesús da a los Apóstoles, y por medio de ellos a toda la Iglesia, de manera oficial y determinante, la misión de evangelizar: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura" (Mc 16, 15). Y el Evangelista anota: "Ellos se fueron, predicando por todas partes" (Mc 16, 20).

Desde entonces los Apóstoles y los discípulos de Cristo comenzaron a recorrer los caminos de la tierra, a superar incomodidades y fatigas, a encontrar gentes y tribus, pueblos y naciones, a sufrir hasta dar la vida, para anunciar el Evangelio, porque es la voluntad de Dios y respecto a Dios sólo hay la decisión de la obediencia y del amor.

San Pablo escribía a su discípulo Timoteo: "Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad" (1 Tim 2, 4).

Y la verdad que salva es únicamente Jesucristo, el Redentor, el Mediador entre Dios y los hombres, el Revelador único y definitivo del destino sobrenatural del hombre. Jesús ha dado a la Iglesia la misión de anunciar el Evangelio; cada uno de los cristianos participa en esta misión. Cada uno de los cristianos es misionero por su naturaleza. Pablo VI, de venerada memoria, escribía en la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi: "La presentación del mensaje evangélico no constituye para la Iglesia algo de orden facultativo: está de por medio el deber que le incumbe, por mandato del Señor, con vistas a que los hombres crean y se salven. Sí, este mensaje es necesario. Es único. De ningún modo podría ser reemplazado. No admite indiferencia, ni sincretismo, ni acomodos. Está en causa la salvación de los hombres. Representa la belleza de la Revelación. Lleva consigo una sabiduría que no es de este mundo. Es capaz de suscitar por sí mismo la fe, una fe que tiene su fundamento en la potencia de Dios. Es la Verdad. Merece que el apóstol le dedique todo su tiempo, todas sus energías y que, si es necesario, le consagre su propia vida" (núm. 5). "Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar" (núm. 14).

A veces dicen algunos que no se puede imponer el Evangelio, no se puede hacer violencia a la libertad religiosa, que más bien es inútil e ilusorio anunciar el Evangelio a los que ya pertenecen a Cristo de manera anónima por la rectitud de su corazón. Ya Pablo VI respondía así claramente: "Sería ciertamente un error imponer cualquier cosa a la conciencia de nuestros hermanos. Pero proponer a esa conciencia la verdad evangélica y la salvación ofrecida por Jesucristo, con plena claridad y con absoluto respeto hacia las opciones libres que luego pueda hacer, lejos de ser un atentado contra la libertad religiosa, es un homenaje a esa libertad, a la cual se ofrece la elección de un camino que incluso los no creyentes juzgan noble y exaltante... Este modo respetuoso de proponer la verdad de Cristo y de su Reino, más que un derecho es un deber del evangelizador. Y es a la vez un derecho de sus hermanos recibir, a través de él, el anuncio de la Buena Nueva de la salvación" (Evangelii nuntiandi, 80).

Son palabras muy serias, pero sobre todo iluminadoras y estimulantes, que precisan una vez más cuál es la voluntad positiva de Dios y nuestra responsabilidad de cristianos.

2. Pero hagámonos una segunda pregunta: ¿Cuál es la condición esencial para la obra misionera?: Es la unidad en la doctrina.

Así oró Jesús antes de dejar este mundo: "No ruego sólo por éstos, sino por cuantos crean en mí por su palabra, para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 20-21).

Y San Pablo escribía con ansia a su discípulo Timoteo: "Porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos" (1 Tim 2, 5-6).

Efectivamente, si falta la unidad en la fe, ¿quién y qué se anuncia? ¿Cómo puede ser creíble, tanto más cuando la doctrina es tan misteriosa y la moral tan exigente? Las diferencias y los contrastes doctrinales sólo crean confusión, y al fin decepción. En una materia tan esencial y delicada como es el contenido del  Evangelio, no se puede ser jactanciosos, o superficiales, o posibilistas, inventando teorías y exponiendo hipótesis. La evangelización debe tener como característica la unidad en la fe y en la disciplina, y por esto, el amor a la verdad.

Meditemos las palabras equilibradas y profundas de Pablo VI: "De todo evangelizador se espera que posea el culto a la verdad, puesto que la verdad que él profundiza y comunica no es otra que la verdad revelada y, por tanto, más que ninguna otra, forma parte de la verdad primera que es el mismo Dios. El predicador del Evangelio será aquel que, aun a costa de renuncias y sacrificios, busca siempre la verdad que debe transmitir a los demás. No vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de causar sombro, ni por originalidad o deseo aparentar. No rechaza nunca la verdad. No obscurece la verdad revelada por pereza de buscarla, por comodidad, por miedo. No deja de estudiarla. La sirve generosamente sin avasallarla" (Evangelii nuntiandi, 78).

Agradezcamos a Pablo VI estas indicaciones tan límpidas y al mismo tiempo pidamos intensamente que todos estudien, conozcan, anuncien la verdad y sólo la verdad, dóciles al Magisterio auténtico de la Iglesia, porque la certeza y la claridad son las cualidades indispensables de la evangelización.

3. Finalmente, he aquí la última pregunta: ¿Cuál es la estrategia de la obra misionera? También para esta pregunta es sencilla la respuesta: ¡El amor!

¡La estrategia única e indispensable para la obra misionera es sólo el amor íntimo, personal, convencido, ardiente a Jesucristo!

Recordemos la exclamación gozosa de Santa Teresa de Lisieux: "¡Mi vocación es el amor!... ¡En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré amor..., así seré todo!" (Man. B.).

¡Así debe ser también para nosotros!

— El amor intrépido y valiente: ¡Tres cuartas partes de la humanidad todavía no conocen a Jesús! ¡Por esto la Iglesia necesita muchos y generosos misioneros y misioneras para anunciar el Evangelio! ¡Vosotros, jóvenes y muchachas: estad atentos a la voz de Dios que llama! ¡Tenéis delante y os invitan ideales estupendos de caridad, de generosidad, de entrega! ¡La vida sólo es grande y bella en cuanto se entrega! ¡Sed intrépidos! ¡La alegría suprema está en el amor sin pretensiones, en una pura donación de caridad a los hermanos!

— El amor es dócil y confiado en la acción de la "gracia". Es el Espíritu Santo quien penetra en las almas y transforma los pueblos. Las dificultades siempre son inmensas, y especialmente hoy los mismos fieles, envueltos en la historia actual, están tentados por el ateísmo, el secularismo, la autonomía moral. Por eso es necesaria una confianza absoluta en la obra del Espíritu Santo (cf. Evangelii nuntiandi, 75). Y por eso el cristiano es paciente y alegre en su labor misionera, aunque deba sembrar con lágrimas, aceptando la cruz y manteniendo el espíritu de las bienaventuranzas.

— Finalmente, el amor es ingenioso y constante, ejercitándose en los diversos tipos de apostolado misionero: apostolado del ejemplo, de la oración, del sufrimiento, de la caridad, aprovechándose de todas las iniciativas y medios propuestos por las Obras Misionales Pontificias, tan beneméritas y tan activas en Roma y en todas las diócesis.

4. Sin embargo, no puedo olvidar algunas situaciones de hecho, que hacen hoy más apremiante el deber misionero de toda la Iglesia y de todos nosotros que la formamos. Se registran varias formas de anti-evangelización que tratan de oponerse radicalmente al mensaje de Cristo: la eliminación de toda trascendencia y de toda responsabilidad ultraterrena; la autonomía ética al margen de toda ley moral natural y revelada; el hedonismo considerado como único y satisfactorio sistema de vida; y en muchos cristianos, una debilitación del fervor espiritual, un ceder a la mentalidad mundana, una aceptación progresiva de las opiniones erróneas del laicismo y del inmanentismo social y político.

Tengamos siempre presente el grito de San Pablo: "Caritas Christi urget nos!" (2 Cor 5, 14).

La ardiente exclamación del Apóstol adquiere una elocuencia especial y determina una especial solicitud en nuestro tiempo. Es el imperativo misionero el que debe despertar a todos los cristianos, a las diócesis, parroquias y diversas comunidades: ¡el amor de Cristo nos apremia a testimoniar, anunciar y proclamar la Buena Nueva a todos y a pesar de todo!

Precisamente en este tiempo debéis ser testigos y misioneros de la verdad: ¡Ningún miedo! El amor de Cristo os debe estimular a ser fuertes y decididos, porque "si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?" (Rom 8, 51).

Efectivamente, nadie "nos puede separar del amor de Cristo" (Rom 8, 35).

Pero debemos dirigir nuestra atención también a esos territorios y naciones del mundo, donde, por desgracia, no puede ser predicado el Evangelio, donde la actividad misionera de la Iglesia está prohibida. ¡La Iglesia sólo quiere anunciar la alegría de la paternidad divina, el consuelo de la redención realizada por Cristo, la fraternidad de todos los hombres! Los misioneros sólo quieren anunciar la paz verdadera y justa, la del amor de Cristo y en Cristo, nuestro hermano y salvador. ¡Pueblos enteros esperan el agua viva de la verdad y de la gracia, y están sedientos de ella! Roguemos para que la Palabra de Dios pueda correr libre y rápidamente (cf. Sal 147, 15) en todos los pueblos de la tierra.

5. Por esto la Iglesia misionera necesita ante todo ele almas misioneras en la oración: ¡Estemos cercanos a los evangelizadores con nuestra oración! Especialmente por las misiones debemos orar siempre, sin cansarnos. Oremos ante todo por medio de la Santa Misa, uniéndonos al Sacrificio de Cristo por la salvación de todos los hombres: ¡Que la Eucaristía mantenga firme y fervorosa la fe de los cristianos!

Pero roguemos también con constancia y confianza a María Santísima, la Reina de las misiones, para que haga sentir cada vez más en los fieles el afán de la evangelización y la responsabilidad del anuncio del Evangelio. Pidámosle en particular con el rezo del santo Rosario, con el fin de unirnos así y ayudar a los que se fatigan entre dificultades e incomodidades para dar a conocer y amar a Jesús.

¡María, que estaba presente con los Apóstoles, los discípulos y las piadosas mujeres, el día de Pentecostés, al comienzo de la Iglesia, permanezca siempre presente en la Iglesia, Ella, la primera misionera, Madre y apoyo de todos los que anuncian el Evangelio!

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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