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SANTA MISA EN EL DÍA DEL FERROVIARIO
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Centro
Roma-Smistamento
Jueves 8 de noviembre de 1979
Honorable señor Ministro;
señor director general,
técnicos y trabajadores de
los ferrocarriles del Estado;
queridísimos hermanos y hermanas:
1. Con gran alegría y satisfacción me encuentro hoy entre vosotros para
celebrar la "Jornada del Ferroviario", que se festeja cada año en
todos los departamentos ferroviarios de Italia. recordando aquel lejano 3 de
octubre de 1839, cuando se inauguró el primer ferrocarril italiano: la línea
Nápoles-Portici. Como me han confirmado en los saludos que acabamos de oír, se
trata de una fiesta de familia durante la cual se entregan medallas y diplomas de ancianidad, distintivos de
honor y mérito a los inválidos por causa del servicio, así como testimoniales a
las familias de los llorados caídos en el trabajo.
Agradezco de corazón al señor Ministro Luigi Preti las palabras que me ha
dirigido; agradezco también al Director general de los ferrocarriles
del Estado y al representante del personal la acogida que me han dispensado,
interpretando los sentimientos de todos los presentes y dejando patentes la
actividad, sacrificios, expectativas y esperanzas de toda vuestra benemérita
clase.
Estar presente en este lugar, en este encuentro junto con vosotros, como amigo y
como padre, en vuestra "Jornada", es una circunstancia que inscribo entre la más importantes de mi ministerio pastoral. Por esta razón es tan sentida
y viva mi gratitud a todos vosotros, dirigentes, empleados y obreros, que me
habéis invitado a una ceremonia tan significativa y rica en sentimientos
humanos y sociales.
En realidad, pensando en el gran número que sois y en el espíritu típico que os
distingue y caracteriza entre las clases de la sociedad, os considero como una
sola familia. A todos vosotros aquí presentes, a los compañeros que, a lo largo
de la red de toda la península siguen, en este mismo momento, la fiesta
continuando en su trabajo, va el saludo, la felicitación, la estima del Papa,
con la seguridad de que todos están presentes en su oración y en las intenciones
de esta celebración. Dirijo también un saludo especial —como es bien
comprensible—a los ferroviarios que han venido de Polonia para esta
circunstancia, abrazando en ellos a todos sus colegas que trabajan en la
patria.
¡Cuántas veces en mi vida me he servido del trabajo tan valioso e indispensable
de los ferroviarios! ¡Cuántas veces me he entregado, sereno y confiado, a
vuestra pericia y diligencia, seguro de llegar a la meta! Pues bien, no sólo en
mi nombre, sino también en nombre de todos los viajeros y de toda la comunidad,
que utiliza vuestros servicios, recibid, queridos ferroviarios, mi saludo más
cordial, mi complacencia y mi gratitud.
2. Al escuchar los saludos que me han dirigirlo, aparece ante nuestros ojos en
primer lugar un admirable conjunto de personas, grande y bien determinado: se
trata de todo un servicio, integrado y subsidiario, de jefes de estación, jefes
de trenes, maquinistas, conductores, revisores, encargados de señalización,
guardagujas, guardavías, mecánicos, personal del tren, ayudantes,
administradores, funcionarios, etc. Detrás de vosotros aparece un mecanismo
igualmente complejo y bien determinado: el mundo de las vías, de los cruces, de
los faros, de las locomotoras y vagones de las estaciones y apeaderos, de las
centrales de cambio, de los dispositivos de señalización, etc. ¡Cuánto camino
desde la vieja locomotora hasta las maravillas de las modernas máquinas
electrónicas!
Todo esto es fruto del pensamiento humano y de la "providencia" humana, en el
sentido de ese "prever" inteligente, por el que el hombre, según Santo Tomás, es
providencia para sí mismo. Efectivamente, las conquistas aludidas en el campo
ferroviario sirven a los hombres: facilitan entre ellos los traslados, las
comunicaciones y los contactos, que son indispensables para su vida y acción.
Antiguamente no existía este importante medio de comunicación, que es una
realización que se remonta a los primeros decenios del siglo pasado: desde hace
150 años, gracias a la "providencia" humana, se tiene a disposición
el tren, que se ha convertido así en uno de tantos signos del genio humano y en
un componente ordinario de la vida diaria. Mejor diría: este medio de
comunicación ahora ya forma parte de la civilización y pertenece
inseparablemente a ella, gracias también al continuo perfeccionamiento de las
máquinas y de los servicios.
Es verdad que hoy ha sido ya "superado" por otros medios
—por
ejemplo, la aviación—, sin embargo, no ha perdido su significado
fundamental.
Mirando esta obra de la "providencia" humana, es decir, la invención, la
actividad que tiende hacia una finalidad, he aquí que tenemos ante los ojos esa
imagen de la Providencia divina que nos da el Evangelio de hoy: la solicitud por
una oveja extraviada, por un dracma perdido. Una y otra simbolizan la solicitud
por el hombre, por su bien material y espiritual, temporal y eterno. Es la misma
solicitud que vosotros tenéis para con los viajeros, hombres como vosotros,
hermanos vuestros.
Por esto deseo que cada uno de vosotros sepa volver a encontrar en esta forma
de servicio al hombre, que es el ferrocarril, su puesto, su "medida interior"
en este servicio del que nos habla el Evangelio de hoy.
La "providencia" humana es espejo e imagen de la "Providencia"
divina, y brota de ella.
Todo esto ciertamente depende de la eficiencia técnica, pero,
en definitiva, depende del hombre. De cada uno de los hombres, que, a base de
este medio de la técnica, sirve a los otros hombres.
He aquí, hermanos, "la verdad del Señor que permanece para siempre", basada
como está sobre el hecho de que nosotros hombres, que vivimos aquí abajo, tenemos un Padre común que está en el cielo. Paternidad de Dios y amor de Dios, fraternidad de los hombres y amor de los
hombres: son cuatro puntos cardinales de nuestro credo y de nuestro
comportamiento cristiano. Así ha enseñado Cristo hace 20 siglos, así repite
hoy su humilde Vicario.
3. Este hombre, del que hablo, pertenece a una comunidad particular, a una gran familia. Es la gran familia de los "ferroviarios", que hoy celebra
su fiesta.
La vida del ferroviario, teniendo como finalidad el servicio y, por lo tanto,
ordenada al bien común de la gran familia humana, se desarrolla en forma tan
organizada que constituye una verdadera y propia "comunidad profesional".
¿Qué leyes morales —me refiero a las leyes morales personales, sociales y
profesionales— deben dirigir a una comunidad tal, para que pueda cumplir el
gran deber que se le impone, y desarrollar esa "parte" que le
corresponde en la realización del bien común? ¿Qué es necesario para que se
gobierne a sí misma según los principios del orden social y de la cooperación?
Sería demasiado largo ilustrar aquí estas normas: me limitaré,
por esto, a recordar los criterios fundamentales que deben inspirarlas según
la luz del Evangelio. Vosotros sois sensibles y exigentes en cuestión de
justicia: tenéis mucho interés por el puesto de trabajo, la seguridad en el trabajo
(para que no haya que lamentar los lutos, que tan frecuentemente, incluso este
año, han afectado dolorosamente a vuestra gran familia), la tutela de
vuestros derechos, el respeto recíproco entre las personas, la eliminación de
los actos arbitrarios. Estos son otros tantos ejemplos en los que puede ser
invocado positivamente el precepto del amor en defensa de la misma norma de la
justicia y para completarla, la cual, por lo demás, como está impresa por Dios
en el corazón del hombre, encuentra así tina plenitud superior en el Evangelio.
Efectivamente, en él la justicia es la cumbre de las virtudes morales, como
reguladoras de las relaciones no sólo con Dios, sino también con los hombres y
con nosotros mismos, hasta llegar al campo más alto de la fe y de la gracia,
para sublimarse en caridad.
Estoy profundamente convencido y quiero esperar, amigos y hermanos, que vosotros
estéis de acuerdo conmigo, al juzgar que una fidelidad coherente a los valores
primarios de la caridad y de la justicia según el Evangelio sea una cura
sumamente eficaz para los males viejos y nuevos de la sociedad humana; cuando se
respeten estos valores, nunca se realizará lo que hemos leído hace poco en San Pablo, esto es, que se juzga al hermano, o se lo desprecia (cf
Rom 14,
10).
4. El Papa viene para participar en esta gran fiesta de los "ferroviarios"
para descaros todo esto. Pero sobre todo desea ser para vosotros el que expresa
la gran gratitud que deben mostraros todos aquellos a quienes servís: el público que viaja, el que se
detiene en las estaciones ferroviarias, el comercio, el turismo, que encuentran facilidad gracias a la red ferroviaria.
Hoy quiero ser el intérprete de este "gracias", que se eleva hacia los ferroviarios italianos
y hacia los de todo el mundo.
Y en nombre de todos, hoy aquí rindo honor a las fatigas de la vida de los ferroviarios: a sus continuos desplazamientos, a los horarios molestos y
nocturnos, a los peligros, a las preocupaciones. que repercuten también en las
familias.
Y por esto dirijo también mi pensamiento a vuestros seres queridos, a las
esposas, a los hijos que están en la cima de vuestros pensamientos y por quienes sostenéis el duro trabajo cotidiano. Decidles que el Papa piensa en ellos,
los bendice y ruega por ellos.
5. Un último pensamiento me sugiere aún vuestra vida. El viajar continúo, ¿acaso
no es imagen de otro viaje que nos iguala a todos? ¿Acaso no es la vida del
hombre sobre la tierra una vía, un recorrido, una trayectoria, comprendida
entre un punto de partida y otro de llegada? Sí, cada uno de nosotros es un
viajero según una metáfora conocida: y lo importante —cómo recuerda incluso el nombre de la estación principal de Roma— es llegar felizmente al "término" de
nuestra carrera, creyendo en ella, según las palabras de San Pablo, dispuestos a
recibir la recompensa del Señor (cf. 2 Tim 4, 7-8);
Esta imagen del camino constituye la vida misma de la Iglesia que se esfuerza en
servir aquí abajo al hombre de manera integral, para conducirlo a través del mundo hasta Cristo, a Dios, a la vida eterna. En nuestro viaje constituye
motivo de verdadero consuelo tener presente lo que el Salmo responsorial de la
Misa de hoy nos hace recitar: "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién
temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?" (Sal 27.,
1). He aquí por qué mi palabra se convierte en deseo sincero y cordial para que
cada uno de vosotros y de nosotros tenga la fuerza suficiente y la gracia
necesaria para no perder nunca de vista el punto final del camino y, sobre todo,
para poder alcanzarlo. Por lo demás, esta ardiente esperanza nuestra está ya
desde ahora en disposición de animar y sostener nuestro esfuerzo cotidiano, en
el que se esconde no sólo la espera, sino también la experiencia de una
gozosa comunión con Dios.
6. Queridos hermanos: Vosotros habéis invitado hoy aquí,, a vuestra fiesta. que
es al mismo tiempo profesional, social y familiar, al Obispo de Roma. En el
centro de vuestro lugar de trabajo habéis construido el altar para que pueda
celebrar sobre él el Sacrificio de Cristo. Pues bien, ¿qué queréis manifestar
con todo esto? Ciertamente vuestra fe en la Eucaristía. Efectivamente, en ella
nosotros "damos gracias a Dios" por todos los bienes de la creación y de la
redención, y al mismo tiempo le "restituimos" estos bienes por medio de
Cristo, a fin de que se conviertan para nosotros, para cada uno de nosotros, en
una fuente de salvación.
Precisamente esto es lo que quiero hacer hoy aquí con vosotros. En cuanto
cristianos, sois un pueblo particular, un "sacerdocio real" (1 Pe 2, 9), con el
que se presenta hoy ante vosotros el Obispo y Sacerdote, para elevar a Dios, "in
persona Christi", todo lo que forma parte de vuestra vida, de vuestra vocación,
de vuestro trabajo.
Esto es lo que importa: la ofrenda a Dios. Así es posible dar a la propia
fatiga el valor más pleno, que retorna hacia vosotros como restituido por los
frutos que se derivan de este Sacrificio, cuyo signo es la "comunión", es decir,
la unión estrecha con Cristo y entre nosotros, que es prenda de la vida eterna.
Confío estos deseos a María Santísima para que os asista y os proteja en todo
vuestro cometido, pero sobre todo en el viaje hacia Dios, meta y fin último del
hombre. Amén.
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