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CONSAGRACIÓN EPISCOPAL DEL NUEVO ARZOBISPO METROPOLITA
DE FILADELFIA DE LOS UCRANIOS MONSEÑOR MYROSLAW LUBACHIVSKY

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Capilla Sixtina
Lunes 12 de noviembre de 1979

 

1. Con gran emoción me encuentro hoy ante el altar para realizar, juntamente con vosotros, venerables hermanos, el acto de la consagración episcopal del nuevo Metropolita de Filadelfia de los Ucranios.

Hace pocas semanas, durante mi viaje a los Estados Unidos, tuve la dicha de visitar su catedral en Filadelfia.

El encuentro con el arzobispo electo y con los obispos de la provincia eclesiástica de Filadelfia, con los sacerdotes, las religiosas y los fieles que se habían congregado en gran número junto con sus Pastores, fue para mí un acontecimiento que viví profundamente. En efecto, conozco de cerca la historia de vuestro pueblo y la historia de la Iglesia que, desde hace siglos, está vinculada a él. De aquí nace mi disposición para imponer hoy las manos, junto con vosotros, venerables hermanos, a aquel a quien el Espíritu Santo llama al ministerio episcopal. Al mismo tiempo lo llama a la unión con el Sucesor de Pedro y con toda la jerarquía de esta Iglesia, cuyo jerarca más eminente es nuestro venerabilísimo hermano el cardenal Josyf Slipyj.

2. Permíteme, pues, eminencia, que me dirija a ti de modo especial. No sólo los hijos e hijas de tu pueblo, sino toda la Iglesia y el mondo contemporáneo conocen tu testimonio nada común que, con tu vida difícil y particularmente con la prisión durante muchos años, has dado de Jesucristo y de la Iglesia, nacida de su cruz y resurrección. Esta prisión te arrancó de la querida sede de Lvov, para la que te había nombrado nuestro venerado predecesor Pío XII. Es consolador hacer resaltar que hoy te encuentras junto a nosotros, liberado hace ya muchos años, por la solicitud de mi venerado predecesor Juan XXIII y creado cardenal por Pablo VI. Por lo tanto, puedes dedicarte a tu pueblo en favor del cual has sido constituido, según las palabras de la Carta a los Hebreos (cf. Heb 5, 1).

Y continuamente eres constituido como el Pastor que da la vida por las ovejas (cf. Jn 10, 15), desterrado de esa Iglesia que, desde el año 1596, permanece en la unión con la Sede de San Pedro, manteniendo la propia fidelidad desde hace ya casi 400 años. Esta fidelidad, especialmente durante los últimos siglos, ha sido pagada y continúa siendo pagada con grandes sacrificios. Tu vida de Pastor es un ejemplo particular y una prueba de ello.

3. Deseo aprovechar la ocasión de hoy para manifestar la veneración que la Sede Apostólica y toda la Iglesia católica sienten por vuestra Iglesia. La fidelidad testimoniada a Pedro y a sus Sucesores nos obliga a una gratitud especial y también a una fidelidad recíproca respecto a quienes la conservan con tanta firmeza y nobleza de alma. Deseamos ofrecerles un tributo de verdad y de amor. Deseamos con todas las fuerzas aliviar las pruebas de quienes sufren precisamente a causa de su fidelidad. Deseamos de todo corazón asegurar la unidad interna de vuestra Iglesia y la unidad con la Sede de Pedro.

Permitid, eminencia, que exprese los mismos sentimientos al otro consagrante, el Metropolita Maxim Hermaniuk de Winnipeg, en Canadá, y a los representantes de la jerarquía de vuestra Iglesia aquí presentes, como también que manifieste mi estima y afecto a toda la Iglesia ucrania.

4. Celebramos la liturgia eucarística de la consagración en el día de la memoria de San Josafat, obispo y mártir, a quien vuestra Iglesia venera como Patrono especial. Sus reliquias, que desde el año 1963 están depositadas en la basílica de San Pedro, constituyen una motivación ulterior para este acontecimiento de hoy, en el que un nuevo Pastor es agregado al cuerpo de los obispos de vuestra Iglesia, recibiendo la ordenación en Roma junto a las reliquias de este Santo mártir. Hoy toda la Iglesia católica junto con vosotros venera a San Josafat.

5. Y tú, monseñor Lubachivsky, como nuevo Pastor de la grey, eres llamado a dar también testimonio de esa fidelidad que constituye parte tan grande de la tradición de tu pueblo. Como obispo católico, estás llamado a ser un signo de la fidelidad misma de Dios a su alianza, un signo del amor inmortal de Cristo a su Iglesia. Este es el ministerio que hoy se te confía: ofrecer incesantemente a los fieles el pan de la vida que, según las palabras del Concilio Vaticano II, se toma de la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (cf. Dei Verbum, 21).

Sí, mediante la palabra y los sacramentos sostendrás a tu pueblo en su fidelidad al Evangelio, y lo guiarás por el camino de la salvación. La Palabra de Dios será lámpara para sus pasos y luz en su camino (cf. Sal 119, 103). Y todos tus esfuerzos pastorales estarán dirigidos a este fin: esto es, a que la Palabra ele Dios sea la norma práctica del vivir cristiano, y dé frutos de justicia y santidad de vida en la comunidad a la que presidirás y servirás. Por medio de la celebración del sacrificio eucarístico, continuarás sosteniendo al pueblo en la alegría, confirmándolo en la paz, en la unidad y en el vínculo de la caridad. Esta, venerable hermano, es una gran misión, en la que serás heredero y custodio de una gran tradición, que es católica y a la vez ucrania. Por esto en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, te exhorto a seguir adelante en la continuidad apostólica y en la fidelidad de proclamar al pueblo el Evangelio de la salvación. Al regresar a Filadelfia, te ruego que transmitas a tus fieles mi saludo cordial y mi bendición.

6. Nuestra asamblea hoy ante la Majestad de Dios Omnipotente en la Santísima Trinidad sea confirmación nueva de este camino por el que prosigue vuestra Iglesia y vuestro pueblo en conexión con este gran milésimo aniversario del bautismo, para el que habéis comenzado los preparativos este año.

El amor de Dios Padre, la gracia del Señor Nuestro Jesucristo y la comunión del Espíritu Santo, por intercesión de la Santísima e Inmaculada Madre de Cristo, y de San Josafat y de todos los Santos, esté siempre con todos vosotros. Amén.

 

© Copyright 1979  Libreria Editrice Vaticana

 

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