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HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
EN EL VENERABLE COLEGIO INGLÉS DE ROMA
Jueves 6 de diciembre de 1979
Hermanos e hijos en Cristo Jesús:
He venido a celebrar con vosotros el IV centenario del Venerable Colegio Inglés,
para conmemorar con vosotros y vuestros compatriotas en vuestra casa los cuatro
siglos, durante los cuales los jóvenes que se preparan al sacerdocio han vivido
aquí la fe católica. Desde este histórico edificio de la ciudad de Roma, estos
jóvenes han partido, como sacerdotes, para transmitir la fe a generaciones de
creyentes de Inglaterra y Gales.
En el contexto sagrado de esta liturgia eucarística, quiero rendir homenaje a
esta fe salvadora en Jesucristo y honrar a todos aquellos cuyas vidas
estuvieron ancladas en esta fe, a aquellos, que manteniendo sus ojos fijos en
Jesús, el Hijo de Dios, estuvieron dispuestos a confesar su fe (cf. Heb
12, 2; 4, 14).
La fe viva en Jesucristo ha sido la piedra angular de este Colegio y de todas
sus actividades desde la época de su fundación por obra de mi predecesor
Gregorio XIII en 1579. La fe de los que fueron vuestros predecesores aquí,
continúa inspirándoos con el ejemplo de sus vidas. Vuestra herencia es muy
grande; un completo martyrum candidatos exercitus honra los comienzos de vuestro Colegio, y se extiende a lo largo de todo
un
siglo, desde los tiempos de San Ralph Sherwin en 1581 hasta San David Lewis en
1679. Estos mártires, como supremos testigos de la fe, os hablan hoy desde esta
capilla, y desde cada uno de los rincones de esta casa. Y la misma Iglesia
corrobora su testimonio y os exhorta a "considerando el fin de la vida, imitad
su fe" (Heb 13, 7).
De este modo, queridos hijos y hermanos, este momento de gozosa celebración y
conmemoración solemne, se convierte en un tiempo de reflexión orante y en un día
desafiante para el resto de vuestras vidas. Como vuestros predecesores, también
vosotros estáis llamados a ser sacerdotes de Jesucristo, siervos de su
Evangelio, y testigos ante vuestro pueblo de la fe católica pura, tal como la
transmitieron los Apóstoles, la proclamó el Magisterio de la Iglesia, y la
testimoniaron los mártires y confesores de todas las épocas. Estáis llamados a
manifestar vuestro testimonio cristiano en esta coyuntura histórica a través de
la palabra y el ejemplo. Dios os llama aquí y ahora, en las circunstancias
actuales de la Iglesia y del mundo. Cristo y su Iglesia os piden, sin embargo,
afrontar el reto de esta hora, no sólo con vuestras propias posibilidades o con
una mera sabiduría humana, sino con el poder del Evangelio. Con palabras de San
Pablo, debéis empuñar el escudo de la fe, el yelmo de la salvación y la espada
del Espíritu, que es la Palabra cíe Dios (cf. Ef 6, 16-17). Vuestro testimonio individual y colectivo de la fe no debe
ser esencialmente diferente del testimonio dado por vuestros mártires, un
testimonio de la fe de la Iglesia universal, un testimonio que conduzca a los
otros a Cristo, un testimonio que no ceda cuando, como nos dice Jesús en el
Evangelio, venga la lluvia, se desborden los torrentes, soplen los vientos, y la casa se desplome (cf.
Mt 7, 27).
Precisamente porque poseemos la completa armadura de Dios y estamos enraizados
en la fe, nos sentimos fuertes en el Señor y en la fortaleza de su poder;
pertrechados para proclamar todo el misterio del Evangelio y para dar
testimonio, en el sucederse de esta generación de la plenitud de la verdad
católica.
Este es el primer aspecto del reto que se os lanza hoy: ser testigos de la fe.
Cristo os llama y os enviará por medio de su Iglesia a una misión eclesial, a dar testimonio de
la fe en un lugar en que quizás nunca habíais soñado estar, y del modo que
jamás habíais pensado. Así pues, debéis aprender de la historia de vuestro
Colegio y, en particular, de las vidas de vuestros mártires la apertura, la
disponibilidad y la serenidad. Hoy en esta liturgia, Isaías os dirige a cada uno
de vosotros su profética exhortación: "Confiad siempre en Yavé, pués Yavé es la
Roca eterna" (Is 26, 4), y yo os repito a vosotros estas palabras: Confiad en
el Señor; confiad en el Señor para llevar a cabo vuestra misión de testigos de
la fe, fe en Jesucristo.
Es bueno caer en la cuenta de que también estáis llamados a ser testigos en esta generación de la vitalidad de la juventud de la Iglesia,
a ser testigos del poder y de la eficacia de la gracia de Cristo para cautivar
los corazones de los jóvenes de hoy. El mundo necesita pruebas concretas de que
Cristo puede atraer hacia sí mismo a esta generación: Y vosotros debéis mostrar
que habéis comprendido el sentido de la vida en el contexto del amor de Cristo y
de su llamada. Estáis llamados a testimoniar que, entre las mil y una
atracciones y opciones que el mundo presente ofrece, vosotros habéis sido
"cautivados" por Cristo, hasta el punto de abandonar lo demás para convertiros
en sus compañeros y sus discípulos, para abrazar su misión y, finalmente, su
cruz; y para experimentar el poder de su Resurrección.
La consideración de nuestro ser testigos de la fuerza de la gracia de Cristo,
nos conduce de por sí a lo que se encuentra en la cúspide de nuestro verdadero
ser: nuestra propia libertad. Sólo ejerciendo esta libertad, el gran don que Dios nos ha entregado, podremos
responder adecuadamente a su invitación, a la llamada de su gracia, y al amor
que nos ofrece. Este es el reto que se os presenta hoy a cada uno de vosotros:
rendir vuestros corazones y vuestras voluntades a Cristo bajo la acción del
Espíritu Santo, para entregaros libre, total y perseverantemente a Cristo. El
Señor Jesús pide la respuesta y la entrega de vuestra libertad. Las palabras del
Salmo os ayudan a responder: "Pronto está mi corazón, oh Dios, está mi corazón
dispuesto" (Sal 57, 8).
Queridos hermanos e hijos: así pues, estáis llamados a dar testimonio de
vuestra fe católica en toda su pureza, estáis llamados a ser testigos de la
victoria del amor de Cristo, no como un poder abstracto, sino como algo que
afecta a vuestras propias vidas y consagra vuestra propia libertad. Ciertamente
éste es un momento en que todos debéis tener gran confianza. Aquel que comenzó
en vosotros la obra buena —aquel que comenzó una obra buena en este Colegio
hace 400 años— la llevará a cabo a través del poder de su Espíritu (cf. Fil
1, 6) para gloria de su nombre, honor de su Evangelio y para bien de toda su
Iglesia.
Y María, la Reina de los Mártires, la Virgen Fiel, que estuvo al lado de
vuestros mártires y de todos vuestros predecesores, estará con cada uno de
vosotros, para que vuestro testimonio sea auténtico en fe y santidad. Ella os
asistirá en la tarea que os corresponde corno verdaderos discípulos de su Hijo,
miembros fieles de la Iglesia y estudiosos diligentes del Concilio Vaticano II
y de todos los Concilios anteriores. De un modo especial encomiendo a su
intercesión el testimonio que debéis dar, en la verdad y el amor, ante
vuestros hermanos anglicanos en el diálogo providencial —que ha de ser
sostenido por la plegaria y la penitencia— orientado a la restauración de la
plena unidad en Jesucristo y en su Iglesia.
Y así, anclados en la fe y comprometidos en la santidad de vida, tratad de
realizar con alegre confianza una nueva etapa de vuestro Colegio. Sacrificio y
generosidad, oración y estudio, humildad y disciplina, serán tan importantes
para vuestro futuro, como lo fueron para vuestro pasado.
Innumerables hombres, mujeres y niños mirarán a vosotros para encontrar a
Cristo. Desde lo profundo de su ser os dirán con las palabras del Evangelio:
"Queremos ver a Jesús" (Jn 12, 21). Como el Apóstol Felipe debemos mostrar a
Jesús al mundo, a
Jesús y no a un sustituto, porque no hay salvación en otro nombre
(cf. Act 4, 12). Como podéis ver claramente, el destino de vuestra patria se halla
ligado al éxito de la misión de esta institución. La aportación que debéis dar
al mundo depende de cómo deis testimonio de la fe y del poder de la gracia de
Cristo en vuestras propias vidas.
Mis queridos hermanos, hijos y amigos: Este Colegio, por la gracia de Dios, es,
después de 400 años, tan dinámico como siempre, y lo que representa es más
relevante que nunca. Y así seguirá siendo con tal que vosotros
continuéis poniendo en práctica lo que el mismo Jesús os manifiesta cuando dice:
Predicad mi Evangelio. Proclamad mi palabra. Haced presente mi sacrificio. Sí,
sed mis testigos. Permaneced en mi amor hoy y siempre. Amén.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice
Vaticana
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