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MISA PARA LOS EMPLEADOS DE SERVICIOS
TÉCNICOS DEL VATICANO
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Iglesia de San Esteban de los Abisinios, Ciudad del Vaticano
Jueves 27 de marzo de 1980
Queridísimos:
Habéis tomado parte en los ejercicios espirituales y los
termináis esta mañana con la comunión pascual. Y me da verdadera alegría
presidir esta Eucaristía y ofrecer la Misa por vosotros y con vosotros para
manifestaros así mi afecto y agradecimiento.
A la vez que saludo cordialmente a los dirigentes y a todos,
os digo que valoro grandemente esta manifestación comunitaria de fe y
edificación mutua. Me complace mucho vuestra participación en esta tanda breve
de ejercicios espirituales, porque en estos tiempos sobre todo, se acusa cada
vez más la necesidad de reflexionar para mantener firme y convencida la fe
cristiana con todo su contenido doctrinal y todas sus exigencias morales.
Pues hoy en día se necesita fe iluminada, profunda,
coherentemente personalizada, y sólo puede ser así gracias a la reflexión,
para no dejar que la altere o la arrastre la furia impetuosa de las
opiniones, costumbres y mentalidad corriente.
Continuad, pues, meditando de vez en cuando las verdades supremas reveladas por Jesús y enseñadas
por la Iglesia, que iluminan de manera única y decisiva nuestro destino;
empeñaos en ser hombres cada vez más convencidos de la verdad de la fe. Esto
es lo que reclaman los tiempos; esto es lo que exige el Señor a cada uno en su
profesión y trabajo.
A esta primera exhortación relacionada con vuestros ejercicios
espirituales, uno ahora otra que es propia de la circunstancia particular de
vuestra comunión pascual.
¡Sed hombres de oración! Para declararse auténticamente tal,
el cristiano debe ser “practicante”, es decir, debe vivir en “gracia” de Dios,
observando todos los mandamientos y cumpliendo concreta y constantemente el
precepto de la caridad. Sólo mediante el esfuerzo de la oración confiada y
perseverante, es posible llevar vida de gracia y caridad. El mundo está en
crisis también porque no se ora, o se ora poco y mal.
La comunión pascual que recibiréis esta mañana, os impulse a
renovar con generosidad propósitos de vida interior intensa sostenida por la
oración y, especialmente, por la Eucaristía y la devoción a María Santísima.
Queridísimos: Habéis meditado estos días sobre Jesucristo, luz
espiritual nuestra. El nos ha revelado cuál es nuestro destino verdadero,
eterno y responsable; con su pasión y muerte de cruz nos ha redimido y nos ha
dado la vida sobrenatural; con su presencia eucarística nos acompaña en
nuestro viaje terreno, y cual amigo divino nos, ayuda en las dificultades y nos perdona con su misericordia infinita.
Habéis llegado a convenceros aun más de que la única salvación
del hombre y de la sociedad de hoy y de siempre, es Jesús, el Redentor divino;
en efecto “tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo unigénito, para que
todo el que crea en El no perezca” (Jn 3, 16).
Es impresionante leer en el Evangelio que ante la afirmación
categórica de su divinidad, “los judíos tomaron piedras para arrojárselas” (Jn
8, 59). Era Jesús, era el Omnipotente, el Salvador, el Mesías, el Amigo
verdadero de todo hombre, el Consolador... ¡Y querían apedrearle! Por
desgracia, es lo que sucede a veces también en nuestra época moderna.
Pero El sigue siendo “luz en las tinieblas”, Pan de vida,
Redentor del hombre, Juez de los tiempos. Y de la creación del universo así
como de la historia de los hombres, resulta de modo estupendo y misterioso que
la salvación reside únicamente en Cristo, en Cristo crucificado.
En casa y en el trabajo, sed testigos convencidos y valientes
de las verdades salvíficas que habéis meditado.
Y la alegría pascual, que brota sobre todo del encuentro con
Jesús eucarístico, os acompañe siempre. Con la fuerza de mi oración y mi
bendición cordial.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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