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CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN LA SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Castelgandolfo
Jueves 5 de junio de 1980

 

¡Alabado sea Jesucristo!

"Tu alabanza y gloria". Queridos hermanos, hermanas, connacionales y peregrinos:

Muchas son las canciones polacas en las que adoramos la Eucaristía, el Santísimo Sacramento y el Sagrado Corazón. Estas dos ideas están enlazadas entre sí. Entre todas las canciones que, sobre todo hoy, resuenan por las calles de nuestras ciudades, en Cracovia y en otras, precisamente ésta alaba a Dios, le rinde gloria, declara que esta alabanza llena todo el universo. La alabanza de Dios. "Tu alabanza y gloria, eterno Señor nuestro, no cesará por toda la eternidad. A Ti hoy rendimos adoración y elevamos hacia Ti, nosotros tus siervos, el cántico junto con las milicias celestiales". Así cantamos caminando con la custodia, llevada por el cardenal, el obispo o un sacerdote. Caminamos dando gracias a la omnipotencia de Dios por el don "grandioso" de su "grandeza". Se trata de una canción antigua. Basta leer las palabras que la componen para comprenderla. Pero, como tantas canciones antiguas polacas, está llena de contenido teológico. Y quizá ésta sea la más llena de ese contenido que inunda la fiesta que hoy celebramos: la fiesta del Corpus Domini.

En este día adoramos a Dios por aquel don que penetra toda la creación. Adoramos a Dios porque se ha dado a todo lo creado y, sobre todo, porque ha llamado a la existencia a todo cuanto existe. Damos gracias también a Dios por el don de la existencia, el primero que nos ha dado; le damos gracias por el misterio de la creación. Damos gracias a Dios por el don de la redención que realizó por medio de su Hijo; y se las damos muy especialmente porque su redención se perpetúa y se renueva. Esto es la Eucaristía; esto es el Corpus Domini.

Cantando esta canción, que contiene en sí tan excelente sentido teológico, salimos hoy del Wawel, de la catedral, por las calles de Cracovia, en una procesión que ya desde el año pasado sale de nuevo sobre Rynek y vuelve nuevamente a la catedral. Así ocurre también en otras ciudades: en Varsovia. en Gniezno, en Postdam, en Wroclaw y por todas partes. Este es nuestro Corpus Domini polaco.

El Corpus Domini es la fiesta de la Iglesia universal; es la fiesta de todas las Iglesias en la Iglesia universal. El Corpus Domini, entre nosotros en Polonia, contiene una riqueza especial. Alguien diría que la riqueza de la tradición. Es justo. Pero se trata de una tradición escrita con la riqueza de los corazones polacos. Por ahí comienza. Los corazones polacos están agradecidos a Dios desde hace muchas generaciones por todos sus dones: por el don de la creación, de la redención, de la Eucaristía.

Están agradecidos a Dios por la Eucaristía, por el Cuerpo del Señor. En este don se expresa la redención y la creación. Es precisamente ésta la tradición interior del corazón polaco. Por eso los polacos están tan apegados a la fiesta del Corpus Domini, celebrada precisamente este día, el jueves después de la Santísima Trinidad, en que fue instituida la fiesta por la Iglesia hace muchos siglos y enriquecida después en la vida de cada una de las Iglesias y de cada nación, por la tradición de los corazones.

Deseo agradeceros el que hayáis venido aquí precisamente en este día y porque me dais la posibilidad, al menos en parte, de vivir esta fiesta cracoviana del Corpus Domini polaco aquí en Roma e incluso fuera de Roma, en Castelgandolfo. Me alegra mucho vuestra presencia, que me recuerda la mía en Polonia hace ahora justamente un año, en Mogila, en Nowa Huta, en Kalwaria Zebrzydowska y también en otros sitios. Este encuentro es para mí una especie de nueva visita, densa de un significado profundo y personal, porque viéndoos aquí, encontrándome con vosotros, celebrando con vosotros este maravilloso Corpus Domini en Castelgandolfo, pero en polaco, mi pensamiento y mi corazón vuelven hacia atrás, al año pasado, a tantos y tantos años de mi vida, llenos de la tradición polaca del Corpus Domini, desde los tiempos de mi juventud, en mi ciudad natal, en Wadowice. Y me doy cuenta, precisamente hoy, precisamente gracias a vuestra presencia, de cómo mi corazón, primero de adolescente, después de joven, de sacerdote, de obispo, participaba en esta maravillosa tradición del "corazón polaco" el cual, desde siglos, siente que a Dios hay que darle gracias por la Eucaristía. Y celebrando la Eucaristía le agradecemos el don que hay en nosotros y para nosotros. Por todo. Por la creación, por la redención, por nuestra existencia y por nuestra participación en el misterio de la salvación, por Cristo y por la Iglesia. Es precisamente ésta la gratitud de la gente que vive sistemáticamente de la vida eucarística, pero también de todos los que se dan cuenta de ello. Por eso, en el transcurso del año hay un día en que cantamos esta gratitud con el corazón rebosante, saliendo de nuestra intimidad. En efecto, esa gratitud es algo íntimo, profundo y, en cierto modo, es justo que permanezca sobre todo en nuestro interior. Pero se trata de un día, uno al año, en el que deseamos exteriorizar esa gratitud y llevarla por las calles de nuestras ciudades y hacer de esta gratitud culto público; y todos deberían reconocer este culto público. Este es precisamente el Corpus Domini; tal es su significado para nosotros; y este significado lo ha tenido, lo tiene y lo debería tener para toda la Iglesia.

Me alegra que, gracias a vuestra presencia, pueda darme cuenta nuevamente de todo esto. Por vuestra presencia, puedo prepararme mejor todavía al servicio del Corpus Domini en Roma, ante la Iglesia romana, ante toda la Iglesia.

¡Que Dios sea vuestra recompensa!

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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