 |
ORDENACIÓN SACERDOTAL DE 45 JÓVENES
DIÁCONOS
HOMILÍA DE SU
SANTIDAD JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Domingo 15 de junio de 1980
1. Carísimos:
Es necesario que os encontréis a vosotros mismos. Es necesario que encontréis la
grandeza justa del momento que vivís, a la luz de las palabras de Cristo, que
habéis escuchado en el Evangelio de hoy.
Cristo dirige su oración al Padre. Ora en alta voz, ante los Doce que El había
elegido. Ora en el Cenáculo, el Jueves Santo, después de haber instituido el
sacramento de la Nueva y Eterna Alianza. Esta oración se llama comúnmente la
"oración sacerdotal". Dice así:
"He manifestado tu nombre a los hombres que de este mundo me has dado. Tuyos
eran, y tú me los diste... No pido que los tomes del mundo, sino que los
guardes del mal" (Jn 17, 6. 15).
"Santifícalos en la verdad, pues tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al
mundo, así yo los envié a ellos al mundo, y yo por ellos me santifico, para que
ellos sean santificados en la verdad" (Jn 17, 17-19).
2. Los que en este momento vais a recibir la ordenación sacerdotal, escuchad
estas palabras, porque se refieren a vosotros. Hablan de vosotros. Brotan
directamente del Corazón de Cristo, que se reveló ante sus discípulos como
sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza... y se refieren a vosotros. Y hablan de
vosotros. Dicen lo que sois —en lo que os vais a convertir—, lo que debéis ser.
Escuchad bien estas palabras y grabadlas profundamente en vuestros corazones,
porque deben constituir durante toda la vida el fundamento de vuestra
identidad sacerdotal.
3. Por lo tanto, ante todo:
— sois "escogidos del mundo y entregados a Cristo".
Dentro de poco, esto se realizará definitivamente. Seréis "tomados de entre los
hombres" (como dice la Carta a los Hebreos 5, 1), "tomados del mundo" y
"entregados a Cristo". ¿Por quién? Por el Padre. No por los hombres, aunque "de
entre los hombres" y ciertamente también por obra de varios hombres: vuestros
padres, vuestros coetáneos, vuestros educadores..., en particular quizá por obra
de otros sacerdotes: muchos o sólo alguno, mediante quien se os reveló la
Voluntad divina...
Pero, en definitiva, siempre y exclusivamente: por el Padre.
El Padre os
entrega hoy a Cristo, lo mismo que le entregó aquellos primeros Doce, que
estuvieron con El en la hora de la última Cena. Así también a vosotros: "os
toma del mundo y os da a Cristo". Esto se va a realizar precisamente dentro de
poco en el corazón mismo de la Iglesia, mediante mi servicio sacramental.
4. En la liturgia de la Palabra se ha leído la descripción de la vocación de un
Profeta, la llamada de Jeremías, para que podáis recordar una vez más cómo se ha
desarrollado vuestra propia llamada, de qué modo se ha revelado Dios a cada uno
de vosotros con su gracia, cómo ha llamado a cada uno de vosotros...
El Profeta se defendía, se excusaba, tenía miedo. Quizá muchos de vosotros han
experimentado lo mismo. En la vocación presbiteral hay siempre un misterio,
frente al que se encuentra el corazón humano, misterio atrayente y al mismo
tiempo nada fácil: fascinosum et tremendum. El hombre debe sentir miedo, para
que luego se manifieste tanto más la potencia de la llamada, y tanto más
límpidamente se ponga de relieve que es el Señor quien llama, y que el llamado
actuará no por la propia voluntad ni por la propia fuerza, sino solamente por la voluntad y la fuerza de Dios mismo. "Y ninguno se toma por sí este honor,
sino el que es llamado por Dios", como afirma la Carta a los Hebreos (5, 4) en
su texto clásico sobre el sacerdocio.
5. Así, pues, es preciso conservar en este momento y durante toda la vida, un
sentido profundo de las justas proporciones. Es preciso conservar la humildad:
"llevamos este tesoro en vasos de barro para que la excelencia del poder sea de
Dios y no parezca nuestra" (2 Cor 4, 7). Sí. Es necesario conservar la humildad.
También es ella la fuente de un celo auténtico. El celo, efectivamente, no es
más que la profunda gratitud por el don, que se expresa en toda la vida y en el
propio comportamiento. ¡Sed, pues, fervorosos! ¡No os concedáis reposo en el
celo! La verdad interior de vuestro sacerdocio ministerial se irradie sobre los
otros, en particular sobre los jóvenes, de modo que también ellos sigan vuestras
huellas. La Iglesia, mediante aquellos a los que ordena sacerdotes, llama
constantemente a nuevos candidatos al camino del ministerio sacerdotal. Vuestra
ordenación va acompañada de mi oración y, juntamente, de la de toda la Iglesia
por las vocaciones sacerdotales.
6. "No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal...
Santifícalos en la verdad" (Jn 17, 15. 17). Sí. Sois "tomados de entre los
hombres", "entregados a Cristo" por el Padre, para estar en el mundo,
en el
corazón de las masas. Sois "instituidos en favor de los hombres" (Heb 5, 1). El
sacerdocio es el sacramento, en el que la Iglesia se manifiesta como la
sociedad del Pueblo de Dios, es el sacramento "social". Los sacerdotes deben
"convocar" a cada una de las comunidades del Pueblo de Dios en torno a sí, pero
no para sí. ¡Para Cristo!, "pues no nos predicamos a nosotros mismos, sino a
Cristo Jesús, Señor; y cuanto a nosotros nos predicamos siervos vuestros por
amor de Jesús" (2 Cor 4, 5).
Por esto debéis ser fieles. Debe transparentarse en vosotros el sacerdocio de
Cristo mismo. En vosotros debe manifestarse Cristo, Buen Pastor. Debe hablar,
mediante vosotros, su voluntad y sólo su voluntad.
Mirad lo que dice también el Apóstol: "Desechando los tapujos vergonzosos, no
procediendo con astucia, ni falsificando la Palabra de Dios, manifestamos la
verdad y nos recomendamos nosotros mismos a toda humana conciencia ante Dios"
(2 Cor 4, 2). Sí. Cada uno de los hombres tendrá derecho de juzgaros por la
verdad de vuestras palabras y de vuestras obras, en el nombre de ese "sentido
de la fe", que se da a todo el Pueblo de Dios como fruto de la participación en
la misión profética de Jesucristo.
7. Y por esto vuelvo una vez más a esas espléndidas palabras de Pablo de la
segunda lectura de hoy, y por esto los deseos más cordiales que hoy tengo para
vosotros, y que tiene toda la Iglesia conmigo, vuestro Obispo, son éstos: Dios,
que mandó que de las tinieblas brillase la luz, brille en vuestros corazones,
para hacer resplandecer el conocimiento de la gloria divina que brilla sobre el
rostro de Cristo (cf. 2 Cor 4, 6). Este es el primer deseo.
Y el segundo es que vosotros, investidos de este ministerio por la misericordia
de que habéis sido objeto, no desfallezcáis (cf. 2 Cor 4, 1).
Cristo está con vosotros. Su Madre es vuestra Madre. Los santos, cuya
intercesión invocamos hoy, están con vosotros. La Iglesia está con vosotros. Si
vaciláis en algún momento, recordad que en el Cuerpo de Cristo están las
potentes fuerzas del Espíritu, capaces de levantar a cada uno de los hombres y
sostenerlo en el camino de la vocación. En el camino al que lo ha llamado Dios
mismo.
8. Estos son los pensamientos que nacen de la meditación sobre la Palabra de
Dios, que nos ofrece la Iglesia en este momento solemne. ¡Y ahora acercaos! Que se realicen en cada uno de vosotros las palabras
de la oración sacerdotal de Cristo: las palabras que pronunció en el Cenáculo,
en el umbral de su misterio pascual. Que se realicen estas palabras: Padre, "como tú me enviaste al mundo, así yo los envié a
ellos al mundo, y yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en
la verdad" (Jn 17, 18-19). Amén.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
|