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VIAJE APOSTÓLICO DE JUAN PABLO II A BRASIL

MISA INAUGURAL DEL X CONGRESO EUCARÍSTICO DE BRASIL

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Explanada del Estadio Castelão, Fortaleza
Miércoles 9 de julio de 1980

 

Señor cardenal Aloísio Lorscheider, arzobispo de Fortaleza,
mis amados hermanos en el Episcopado, en el sacerdocio,
hijos e hijas carísimos:

1. "Banquete sagrado en el cual Cristo es el pan, en el cual su pasión es por nosotros revivida: nuestra alma se llena de gracia y se nos ofrece en prenda la eternidad".

A partir de este momento, y durante varios días, Fortaleza se convierte, de modo especialísimo, en el cenáculo donde se celebra ese banquete de que habla la liturgia, cantando y afirmando la fe de la Iglesia en el Santísimo Sacramento.

Esta celebración nos recuerda nuevamente que el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contemple con indiferencia la suerte de los hombres, sus afanes, sus luchas y sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos, hasta el punto de enviarles a su Hijo, a su Verbo, "para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10).

Es ese Padre amoroso, que ahora nos atrae suavemente, por la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones (cf. Rom 5, 5).

¡Cuántas veces en nuestra vida hemos visto separarse a dos personas que se aman! Durante la horrenda y dura guerra, en mi juventud, vi partir a jóvenes sin esperanza de volver, a padres arrancados de casa sin saber si volverían algún día a encontrar a los suyos. Y en la hora de la partida, un gesto, una fotografía, un objeto que pasa de una mano a otra para prolongar de algún modo la presencia en la ausencia., Y nada más. El amor humano sólo es capaz de estos símbolos.

En testimonio y como lección de amor, en el momento de la despedida, "viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin" (Jn13, 1). Y así. en las vísperas de aquella última Pascua pasada en este mundo con sus amigos, Jesús "tomó el pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía. Y asimismo, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este es el cáliz de la Nueva Alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria mía" (1 Cor 11, 23-25).

Así, al despedirse, el Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, no deja a sus amigos un símbolo, sino la realidad de Sí mismo. Va junto al Padre, pero permanece entre nosotros los hombres. No deja un simple objeto para evocar su memoria. Bajo las especies del pan y del vino está El, realmente presente, con su Cuerpo y su Sangre, su alma y divinidad. Así, como decía un clásico de vuestra lengua (fray Antonio das Chagas, Sermões, 1764, pág. 220, San Cayetano): "juntándose un infinito poder con un infinito amor, ¿qué había de conseguirse sino el mayor milagro y la mayor maravilla?".

Cada vez que nos congregamos para celebrar, como Iglesia pascual que somos, la fiesta del Cordero inmolado y vuelto a la vida, del Resucitado presente en medio de nosotros, por fuerza hay que tener bien vivo en la mente el significado del encuentro sacramental y de la intimidad con Cristo (cf. Carta a todos los obispos de la Iglesia sobre el Misterio y culto de la Sagrada Eucaristía, 24 febrero, 1980, núm. 4).

2. De esta conciencia, madura en la fe, brota la respuesta más profunda y agradecida a la pregunta que orienta a la reflexión en este Congreso Eucarístico Nacional: "¿Dónde vas?". ¿Hacia qué horizontes se dirigen los esfuerzos con los que construyes fatigosamente tu mañana? ¿Cuáles son las metas que esperas alcanzar a través de las luchas, del trabajo, de los sacrificios, a que te sometes en tu vivir cotidiano? Sí; ¿hacia dónde va el hombre peregrino por el camino del mundo y de la historia? Creo que, si prestásemos atención a la respuestas, decididas o vacilantes, esperanzadas o dolorosas, que tales preguntas suscitan en cada persona —no solamente en este país, sino también en otras regiones de la tierra—, quedaríamos sorprendidos con la identidad sustancial que hay entre ellas. Los caminos de los hombres son, frecuentemente, muy diferentes entre sí, los objetivos inmediatos que se proponen, presentan normalmente características no sólo divergentes, sino a veces hasta contrarias. Y sin embargo, la meta última hacia la que todos indistintamente se dirigen es siempre la misma: todos buscan la plena felicidad personal en el contexto de una verdadera comunión de amor. Si tratarais de penetrar hasta en lo más profundo de vuestros anhelos y de los anhelos de quienes pasan por vuestro lado, descubriríais que es ésta la aspiración común de todos, ésta la esperanza que, después de los fracasos, resurge siempre en el corazón humano, de las cenizas de toda desilusión.

Nuestro corazón busca la felicidad y quiere experimentarla en un contexto de amor verdadero. Pues bien; el cristiano sabe que la satisfacción auténtica de esta aspiración sólo se puede encontrar en Dios, a cuya imagen el hombre fue creado (cf. Gén 1, 27). "Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti" (Confes. 1, 1). Cuando Agustín, de vuelta de una tortuosa e inútil búsqueda de la felicidad en toda clase de placer y de vanidad, escribía en la primera página de sus Confesiones estas famosas palabras, no hacía sino dar expresión a la exigencia esencial que surge de lo más profundo de nuestro ser.

3. Es una exigencia que no está destinada a la decepción y a la frustración: la fe nos asegura que Dios vino al encuentro del hombre en la persona de Cristo, en el cual "habita toda la plenitud de la divinidad" (Col 2, 9). Así, pues, si el hombre desea encontrar satisfacción para la sed de felicidad que le abrasa el corazón, debe orientar sus pasos hacia Cristo. Cristo no está lejos de él. Nuestra vida aquí, en la tierra, es en realidad un continuo sucederse de encuentros con Cristo; con Cristo presente en la Sagrada Escritura, como Palabra de Dios; con Cristo, presente en sus ministros, como Maestro, sacerdote y Pastor; con Cristo presente en el prójimo, especialmente en los pobres, en los enfermos, en los marginados, que constituyen sus miembros dolientes; con Cristo presente en los sacramentos, que son canales de su acción salvadora; con Cristo, huésped silencioso de nuestros corazones, donde habita comunicando su vida divina.

Todo encuentro con Cristo deja marcas profundas. Sean encuentros nocturnos, como el de Nicodemus; encuentros casuales, como el de la samaritana; encuentros buscados, como el de la pecadora arrepentida; encuentros suplicantes como el del ciego a las puertas de Jericó; o encuentros por curiosidad, como el de Zaqueo; o también, encuentros de intimidad, como los de los Apóstoles llamados para seguirlo; encuentros fulgurantes, como el de Pablo en el camino de Damasco.

Pero el encuentro más íntimo y transformador, hacia el cual se ordenan todos los otros encuentros, es el encuentro en la "mesa del misterio eucarístico, esto es, en la mesa del pan del Señor" (Carta a todos los obispos de la Iglesia sobre el Misterio y culto de la Sagrada Eucaristía, 11). Aquí es Cristo en persona quien acoge al hombre, maltratado por las asperezas del camino y lo conforta con el calor de su comprensión y de su amor. En la Eucaristía hallan su plena actuación las dulcísimas palabras: "Venid a Mí, todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré" (Mt 11, 28). Ese alivio personal y profundo, que constituye la razón última de toda nuestra fatiga por los caminos del mundo, lo podemos encontrar —al menos como participación y pregustación— en ese Pan divino que Cristo nos ofrece en la mesa eucarística.

4. Una mesa. No fue casualidad que el Señor, deseando darse por entero a nosotros, eligiera la forma de comida en familia. El encuentro en torno a una mesa dice relación interpersonal y posibilidad de conocimiento recíproco, de cambios mutuos, de diálogo enriquecedor. El convite eucarístico se hace así signo expresivo de comunión, de perdón y de amor.

¿No son estas las realidades de las que se siente necesitado nuestro corazón peregrino? No puede pensarse en una felicidad humana auténtica, fuera de este contexto de conciliación y de amistad sincera. Pues bien, la Eucaristía no sólo significa esta realidad, sino que la promueve eficazmente. San Pablo tiene una frase sumamente clara a este respecto: "Nosotros —observa— somos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan" (1 Cor 10, 17). El alimento eucarístico, haciéndonos "consanguíneos" de Cristo, nos hace hermanos y hermanas entre nosotros. San Juan Crisóstomo sintetiza así, con estilo incisivo, los efectos de la participación en la Eucaristía: "Nosotros somos ese mismo cuerpo. ¿Qué es en realidad el pan? El Cuerpo de Cristo. ¿Qué se hacen los que comulgan? Cuerpo de Cristo. De hecho, como el pan es el resultado de muchos granos que, aunque sigan siendo ellos mismos, sin embargo no se distinguen porque están unidos, así también nosotros nos unimos mutuamente con Cristo. No se alimenta uno de un cuerpo y otro de otro cuerpo distinto, sino todos del mismo cuerpo" (Comentario a la Primera Carta a los Corintios).

La comunión eucarística constituye, pues, el signo de reunión de todos los fieles. Signo verdaderamente sugestivo porque en la sagrada mesa desaparece toda diferencia de raza o de clase social permaneciendo solamente la participación de todos en el mismo alimento sagrado. Esa participación, idéntica en todos, significa y realiza la supresión de todo lo que divide a los hombres y efectúa el encuentro de todos a un nivel superior, donde toda oposición queda eliminada. La Eucaristía se hace de ese modo el gran instrumento de aproximación de los hombres entre si. Siempre que los fieles participan de ella con corazón sincero, no pueden dejar de recibir un nuevo impulso para una mejor relación entre sí, con el reconocimiento recíproco de los propios derechos y también de los correspondientes deberes. De esa forma, se facilita el cumplimiento de las exigencias pedidas por la justicia, debido precisamente al clima particular de relaciones interpersonales que la caridad fraterna va creando dentro de la propia comunidad.

Es instructivo recordar, a este respecto, lo que sucedía entre los cristianos de los primeros tiempos, a quienes los Hechos de los Apóstoles los describen "asiduos... en la fracción del pan" (Act 2, 42). De ellos se decía que "vivían unidos, teniendo todos sus bienes en común; pues vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos según la necesidad de cada uno" (ib., vv. 44-45). Con tal procedimiento, los primeros cristianos ponían en práctica espontáneamente "el principio, según el cual los bienes de este mundo están destinados por el Creador para atender las necesidades de todos, sin excepción" (cf. Pablo VI, Mensaje de Cuaresma de 1978). La caridad, alimentada en la común "fracción del pan", se expresaba con natural continuidad en la alegría de gozar juntos de los bienes que Dios generosamente había puesto a disposición de todos. De la Eucaristía brota, como actitud cristiana, fundamental, la repartición fraterna.

5. A este respecto y bajo esta luz, me viene espontáneamente al alma la difícil condición de aquellos que, por razones diversas, deben abandonar su tierra de origen y trasladarse a otras regiones: los emigrantes. La pregunta: "¿Dónde vas?" adquiere en su caso una dimensión especialmente realista: la dimensión de malestar y de soledad y, a menudo, la dimensión de incomprensión y de repulsa.

El cuadro de la movilidad humana, en este vuestro país, es amplio y complejo. Amplio, porque abarca millones de personas de todas las categorías. Complejo, por las causas que supone, por las consecuencias que provoca, por las decisiones que exige. El número de los que emigran dentro de esta inmensa nación alcanza, por lo que he podido saber, alturas que preocupan a los responsables; una buena parte de esos emigrantes va en busca de mejores condiciones de vida, saliendo de ambientes saturados de población, hacia lugares más deshabitados, o de mejores condiciones de clima, que ofrecen, por eso mismo, la posibilidad de un progreso económico y social más fácil. Y no son pocos también los brasileños que traviesan la frontera.

Pero Brasil, como también los otros países del continente americano, es una nación que ya dio mucho y debe mucho a la inmigración; quiero recordar aquí a los portugueses, los españoles, los polacos, los italianos, los alemanes, los franceses, los holandeses y tantos otros de África, del Medio y del Extremo Oriente, prácticamente del mundo entero, que aquí encontraron vida y bienestar. Y todavía hoy, no son pocos los extranjeros que piden trabajo y casa a este siempre generoso Brasil. En esta compleja situación, ¿cómo no pensar, por tanto, en el desarraigo cultural y tal vez lingüístico, en la separación, temporal o definitiva, de la familia, en las dificultades de inserción y de integración en el nuevo ambiente, en el desequilibrio socio-político, en los dramas sicológicos y en tantas otras consecuencias, especialmente, de carácter interior y espiritual?

La Iglesia en Brasil ha querido unir la celebración de este Congreso Eucarístico con el problema de las migraciones. "¿Dónde vas?". Es una pregunta a la cual cada uno debe dar su respuesta, que respete las legítimas aspiraciones de los demás. La Iglesia nunca se cansó ni se cansará de proclamar los derechos fundamentales del hombre: "el derecho a habitar libremente en el propio país, a tener una patria, a emigrar por el interior y hacia el extranjero y establecerse por motivos legítimos; o convivir en cualquier lugar con la propia familia; a disponer de los bienes necesarios para la vida; a conservar y desarrollar el propio patrimonio étnico, cultural, lingüístico; a profesar públicamente la propia religión, a ser reconocido y tratado en conformidad con la dignidad de persona en cualquier circunstancia" (Iglesia y movilidad humana, 1978, II, 3; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 4 de junio, 1978, pág. 9). Por ese motivo la Iglesia no puede eximirse de denunciar las situaciones que obligan a muchos a la emigración como lo hizo en Puebla (cf. Documento, núms. 29 y 71).

Es, sin embargo, necesario, que esta denuncia de la Iglesia sea confirmada con una acción pastoral concreta, que empeñe todas sus energías. Las de las Iglesias del punto de procedencia, a través de una preparación adecuada de quienes se disponen a emigrar. Las de las Iglesias del lugar de llegada, que deberán sentirse responsables de una buena acogida, que deberá traducirse en gestos fraternos para con los emigrantes.

Que esta fraternidad, la cual encuentra en la Eucaristía su punto más alto, se haga aquí una realidad cada día más vigorosa. Al lado de los indios, primeros moradores de estas tierras, los emigrantes, procedentes de todas las partes del mundo, formaron un pueblo sólido y dinámico que, amalgamado por la Eucaristía, supo afrontar y superar en el pasado grandes dificultades. Mi deseo es que la fe cristiana, alimentada en la mesa eucarística, continúe siendo el fermento unificador de las nuevas generaciones, de tal modo que Brasil pueda mirar serenamente su futuro y avanzar por el camino de un progreso humano auténtico.

6. Al comienzo de esta celebración cantasteis con entusiasmo: "Reuniste en un solo pueblo / emigrantes, nordestinos / extranjeros y nativos: / somos todos peregrinos".

Es una verificación plenamente ligada a la realidad. Sí; todos somos peregrinos; perseguidos por el tiempo que pasa, errantes por las veredas de la tierra, caminamos en las sombras de lo temporal en busca de la paz verdadera, de esa alegría segura que tanto necesita nuestro corazón cansado. En el banquete eucarístico, Cristo viene a nuestro encuentro para ofrecernos, bajo las humildes apariencias de pan y de vino, la prenda de aquellos bienes supremos hacia los cuales tiende nuestra esperanza. Digámosle, pues, con fe renovada:

"Nosotros formamos tu pueblo / que es santo y pecador: / crea en nosotros corazones nuevos / transformados por el amor".

Hombres de corazón nuevo, un corazón transformado por el amor: esto es lo que necesita Brasil para caminar confiado al encuentro de su futuro. Por eso, mi petición, mi deseo es que esta nación pueda prosperar siempre espiritual, moral y materialmente, animada con ese espíritu fraterno, que Cristo vino a traer al mundo. Que desaparézcanlo se reduzcan progresivamente al mínimo, en su interior, las diferencias entre regiones dotadas de especial bienestar material y regiones menos afortunadas. ¡Que desaparezcan la pobreza, la miseria moral y espiritual, la marginación, y que todos los ciudadanos se reconozcan y se abracen como auténticos hermanos en Cristo!

Todo eso será ciertamente posible si una nueva era de vida eucarística vuelve a animar la vida de la Iglesia en Brasil. ¡Que el amor y la adoración de Jesús Sacramentado sean, pues, la señal más luminosa de vuestra fe, de la fe del pueblo brasileño!

¡Oh Jesús Eucaristía, bendice a tu Iglesia, bendice a esta gran nación, y concédele la prosperidad tranquila y la paz auténtica! ¡Amén!

 

***

(Antes de rezar la oración final, el Santo Padre recordó la desgracia ocurrida al alba de ese mismo día cuando la multitud que esperaba junto al estadio de Castelão forzó una de las verjas, y tres personas resultaron muertas, quince heridas levemente y otras quince de mayor gravedad.)

Queridos hermanos y hermanas: Me acaban de informar sobre el triste accidente ocurrido esta mañana en el estadio. Me ha impresionado fuertemente, pues estos hermanos nuestros habían venido a participar en el Congreso Eucarístico. El hecho me ha causado inmenso dolor. Quiero expresar aquí mi pésame y condolencia. Deseo decir una palabra de consuelo a los heridos y a las familias afectadas. Os invito a rezar conmigo en sufragio del alma de las personas fallecidas. Dales, Señor, el descanso eterno. Descansen en paz en los esplendores de la luz perdurable.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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