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BEATIFICACIÓN DEL SACERDOTE LUIS ORIONE,
LA RELIGIOSA MARÍA ANA SALA Y EL LACIO BARTOLO LONGO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Plaza de San Pedro
Domingo 26 de octubre 1980

 

Queridísimos hermanos e hijos:

¡"Gaudeamus omnes in Domino, hodie, diem festum celebrantes sub honore Beatorunt nostrorum"!

Así podemos cantar justamente hoy, en esta grandiosa solemnidad, mientras nuestros espíritus se elevan en la contemplación de la gloria celestial alcanzada por los tres nuevos Beatos: Don Luis Orione, Sor María Ana Sala y Bartolo Longo.

1. Es día de fiesta porque la Iglesia nos dice que ellos entran oficialmente en el culto de los fieles cristianos y se les puede invocar y rezar, como partícipes ya de la felicidad eterna. Es día de fiesta, porque la Iglesia por medio de ellos nos indica de modo autorizado y seguro la meta de nuestra vida y el camino para alcanzarla, recordándonos con San Pablo que "los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros" (Rom 8, 18): y es día de gran fiesta porque la Iglesia universal, y en particular Italia, se alegran juntamente con los Hijos de la Divina Providencia, con las Religiosas de Santa Marcelina y con los ciudadanos de Pompeya y Nápoles, por el honor que públicamente se tributa a estos tres modelos de la fe y de la caridad.

Sí, el Señor está cercano a nosotros y nos hace comprender por medio de ellos su voluntad acerca de nuestro destino terreno y eterno: la salvación y ja santificación del hombre, creado "en justicia y santidad verdaderas" (Ef 4, 24). Los tres nuevos Beatos, a quienes invocamos hoy, por caminos diversos y por pruebas dolorosas, han combatido el buen combate, han mantenido la fe, han perseverado en la caridad, alcanzando así el premio (cf. 2 Tim 4, 7). Y ahora, junto con la multitud de los Santos, son para nosotros luz y aliento, ayuda y consuelo; ellos caminan con nosotros y para nosotros, como maestros y amigos; ellos son un don del Altísimo, con su ejemplo, su palabra, su intercesión.

Por ello suba, en este momento, a Dios, autor de la gracia, nuestra emocionada gratitud.

2. Recojámonos ahora para reflexionar de modo especial sobre el mensaje singular que cada uno de los tres Beatos propone a nuestra meditación.

Don Luis Orione se nos presenta como una maravillosa y genial expresión de la caridad cristiana.

Es imposible sintetizar en pocas frases la vida azarosa y a veces dramática de aquel que se definió, humilde pero sabiamente, "el maletero de Dios". Pero podemos decir que fue ciertamente una de las personalidades más eminentes de este siglo por su fe cristiana, profesada abiertamente, y por su caridad vivida heroicamente. Fue sacerdote de Cristo total y gozosamente, recorriendo Italia y América Latina, consagrando la propia vida a los que sufren más, a causa de la desgracia, de la miseria, de la perversidad humana. Baste recordar su activa presencia entre los damnificados por el terremoto de Mesina y Mársica. Pobre entre los pobres, impulsado por el amor de Cristo y de los hermanos más necesitados, fundó la Pequeña Obra de la Divina Providencia, las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad y, luego, las Sacramentinas ciegas y los Eremitas de San Alberto.

Abrió también otras casas en Polonia (1923), en los Estados Unidos (1934) y en Inglaterra (1936), con verdadero espíritu ecuménico. Después quiso concretar visiblemente su amor a María, erigiendo en Tortona el grandioso santuario de la Virgen de la Guardia. Me resulta conmovedor pensar que Don Orione tuvo siempre una predilección particular por Polonia y sufrió inmensamente cuando mi querida patria, en septiembre de 1939, fue invadida y destrozada. Sé que la bandera polaca blanca y roja, que en aquellos trágicos días llevó triunfalmente en procesión al santuario de la Virgen, está colgada todavía en la pared de su pobrísima habitación de Tortona: ¡Allí la quiso él mismo! Y en el último saludo que pronunció, la tarde del 8 de marzo de 1940, antes de trasladarse a San Remo, donde moriría, dice también: "Amo tanto a los polacos. Los he amado desde chico; los he amado siempre... Amad siempre a estos hermanos vuestros".

El secreto y la genialidad de Don Orione brotan de su vida, tan intensa y dinámica: ¡Se dejó conducir sólo y siempre por la lógica precisa del amor! Amor inmenso y total a Dios, a Cristo, a María, a la Iglesia, al Papa, y amor igualmente absoluto al hombre, a todo el hombre, alma y cuerpo, y a todos los hombres, pequeños y grandes, ricos y pobres, humildes y sabios, santos y pecadores, con particular bondad y ternura para con los que sufrían, los marginados. los desesperados. Así enunciaba su programa de acción: "Nuestra política es la caridad grande y divina que hace el bien a todos. Que sea nuestra política la del 'Paternóster'. Nosotros sólo miramos a salvar almas. ¡Almas y almas! Esta es toda nuestra vida; éste es nuestro grito y nuestro programa; ¡toda nuestra alma y todo nuestro corazón!". Y exclamaba así con acentos líricos: "¡Cristo lleva en su corazón a la Iglesia y en su mano las lágrimas y la sangre de los pobres; la causa de los afligidos, de los oprimidos, de las viudas, de los huérfanos, de los humildes, de los rechazados: detrás de Cristo se abren nuevos cielos: es como la aurora del triunfo de Dios!".

Tuvo el temple y el corazón del Apóstol Pablo, tierno y sensible hasta las lágrimas, infatigable y animoso hasta la intrepidez, tenaz y dinámico hasta el heroísmo, afrontando peligros de todo género, tratando a altas personalidades de la política y de la cultura, iluminando a hombres sin fe, convirtiendo a pecadores, siempre recogido en continua y confiada oración, acompañada a veces de terribles penitencias. Un año antes de la muerte, había sintetizado así el programa esencial de su vida: "Sufrir, callar, orar, amar, crucificarse y adorar". Dios es admirable en sus Santos, y Don Orione es para todos ejemplo luminoso y consuelo en la fe.

3. Sor María Ana Sala nos enseña la fidelidad heroica al carisma particular de la vocación.

Habiendo ingresado en las Religiosas Marcelinas a las 21 años, comprendió que su ideal y su misión debían ser únicamente la enseñanza, la educación, la formación de las niñas en la escuela y en las familias.

Sor María Ana fue sencilla y totalmente fiel al carisma fundamental de su congregación. Tres grandes enseñanzas brotan de su vida y de su ejemplo: la necesidad de la formación y de poseer un carácter bueno, firme, sensible, equilibrado; el valor santificante del compromiso en el deber asignado por la obediencia y la importancia esencial del trabajo pedagógico.

Sor María Ana quiso adquirir virtudes de capacidad en máximo grado, convencida de que en tanto se puede dar en cuanto se posee; y se apasionó por su cargo de maestra, santificándose en el cumplimiento del propio trabajo cotidiano. Puso en práctica el mensaje de Jesús: "El que es fiel en lo poco, es también en lo mucho" (Lc 16, 10). Aprendan de la nueva Beata, sobre todo las religiosas, a ser alegres y generosas en su trabajo, aun cuando sea oculto, monótono, humilde. Aprendan todos los que se dedican a la tarea educativa para no asustarse jamás ante las dificultades de los tiempos, sino para comprometerse con amor, paciencia y preparación en su misión tan importante, formando y elevando los espíritus a los supremos valores transcendentes. Particularmente hoy la escuela necesita educadores sabios, serios, preparados, sensibles y responsables.

4. Finalmente, he aquí también a Bartolo Longo, el fundador del célebre santuario de Pompeya, adonde fui con profunda devoción, ahora hace un año; él es el apóstol del Rosario, el laico que ha vivido totalmente su compromiso eclesial.

Bartolo Longo fue instrumento de la Providencia para la defensa y el testimonio de la fe cristiana y para la exaltación de María Santísima en un período doloroso de escepticismo y anticlericalismo.

Todos conocen su larga vida, inspirada por una fe sencilla y heroica y densa de episodios sugestivos, durante la cual, brotó y se desarrolló el milagro de Pompeya. Comenzando por la humilde catequesis a los campesinos del Valle de Pompeya, y por el rezo del Rosario ante el famoso cuadro de la Virgen, hasta la erección del estupendo santuario y la institución de las obras de caridad para los hijos e hijas de los encarcelados, Bartolo Longo llevó adelante con ánimo intrépido una obra grandiosa que todavía hoy nos deja asombrados y admirados.

Pero, sobre todo, es fácil notar que toda su existencia fue un intenso y constante servicio a la Iglesia en nombre y por amor de María.

Bartolo Longo, Terciario de la Orden Dominicana, y fundador de la institución de las religiosas "Hijas del Santísimo Rosario de Pompeya", puede ser definido realmente "el hombre de la Virgen": por amor a María se convirtió en escritor, apóstol del Evangelio, propagador del Rosario, fundador del célebre santuario en medio de enormes dificultades y adversidades; por amor a María creó institutos de caridad, se hizo mendigo para los hijos de los pobres, transformó a Pompeya en una ciudadela de bondad humana y cristiana; por amor a María soportó en silencio tribulaciones y calumnias, pasando a través de un largo Getsemaní, confiando siempre en la Providencia, obediente siempre al Papa y a la Iglesia.

El, con el Rosario en la mano, nos dice también a nosotros, cristianos de finales del siglo XX: "¡Despierta tu confianza en la Santísima Virgen del Rosario! ¡Debes tener la fe de Job! ¡Santa Madre adorada, yo pongo en ti todas mis aflicciones, todas mis esperanzas, toda confianza!" (11 de marzo de 1905).

5. Queridísimos:

Hoy la Iglesia propone a nuestra meditación y a nuestra imitación a un sacerdote, a una religiosa y a un laico: resulta verdaderamente sintomática esta coincidencia de los tres "estados" de vida. Se puede decir que es una llamada y un estímulo para todas las clases que forman el Pueblo de Dios, que constituyen la Iglesia peregrina hacia el cielo: todos estamos llamados a la santidad; para todos hay las gracias necesarias y suficientes; nadie está excluido. Como ha subrayado el Concilio Vaticano II: "Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad... Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, y obedientes a la voz del Padre, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, a fin de merecer ser partícipes de su gloria" (Lumen gentium, cap. V, núm. 40, b; núm. 41, a). Y también: "Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado" (Lumen gentium, 42, e).

Don Orione, Sor María Ana Sala y Bartolo Longo, al recordarnos esta doctrina fundamental, nos dan una lección de suprema importancia: la necesidad de la propia santificación, procurada con seriedad, sinceridad, humildad y constancia: "Buscad primero el Reino de Díos y su justicia", advertía Jesús (Mt 6, 33).'

La tentación más engañosa y que se repite siempre, es la de querer cambiar la sociedad, cambiando solamente las estructuras externas; querer hacer feliz al hombre en la tierra, satisfaciendo únicamente sus necesidades y sus deseos. Los nuevos Beatos, a quienes rezamos hoy, dicen a todos, sacerdotes, religiosos y laicos, que el compromiso primero y más importante es el de cambiarse a sí mismo, santificarse a sí mismo, en la imitación de Cristo, en la metódica y perseverante ascética cotidiana: lo demás vendrá como consecuencia.

¡Elevemos confiados nuestra oración a los nuevos Beatos, que ya han alcanzado la gloria eterna del cielo: Don Luis Orione, Sor María Ana Sala, Bartolo Longo, interceded por la Iglesia, a la que habéis amado tanto!

¡Ayudadnos, iluminadnos; acompañadnos en nuestro camino, siempre adelante, con María!

¡Extended vuestra mirada y vuestro amor a toda la humanidad, necesitada de certeza y salvación!

¡Y esperadnos en la gloria del cielo, que ya poseéis!

¡Amén! ¡Amén! ¡Aleluya!

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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